Usted disculpará la extemporaneidad de esta postal navideña, que llega a sus ojos cuando ya la Iglesia Católica declaró concluido el tiempo de navidad, los nacimientos fueron debidamente guardados, junto con árboles anglosajones y las luces; y más bien se hacen cuentas de los tamales que habrá que mandar hacer para, el día de la Candelaria, pagar el haber obtenido un Niño Dios en la rosca pero, ¿qué quiere?, luego hay temas que lo persiguen a uno, y no lo dejan en paz hasta que mente, manos y ojos los agotan.

Ahí está que por enviarle estas postales navideñas interrumpí la serie sobre el Centenario de la Convención de Aguascalientes –que remataré la próxima semana–, y omití platicarle de los dones Aquiles Elorduy y Eduardo J. Correa, cosa que tenía pensado hacer en la última entrega del año anterior, y que espero llevar a cabo dentro de 15 días.

En fin, que al menos deseo encontrar la indulgencia de su interés para con este último rayo de una luz navideña que palidece de manera evidente. Así que corre y se va…

El sábado 20 de diciembre vi una pastorela que bien podría calificar como extrema… Con decirle que el diablo era un narcotraficante que les encargó a los pastores llevarle al Niño Dios su regalo, una cajita llena de polvito vacilador, y la Virgen tuvo una discusión con San José porque no quería nombrar a su hijo Jesús, porque todo el mundo le iba a decir Chuchito… Por otra parte, ¿tienen sexo los ángeles? porque el de esta pastorela era un homosexual.

¡Ajua, un güerco va a nacer! tuvo temporada en la ex Escuela de Cristo, a cargo del Grupo de Difusión del Centro de Estudios Teatrales, supongo que del ICA, cuyos integrantes actuaron dirigidos por el patriarca en Aguascalientes de estos menesteres, el maestro Jesús Velasco. El texto es original del dramaturgo capitalino Tomás Urtusástegui, quien tiene en su haber ¡18 pastorelas! Vi este montaje en diciembre de 1998, si la memoria no me engaña, en San Luis de Letras, una comunidad del municipio de Pabellón de Arteaga, con el grupo de teatro de la Casa de la Cultura de esa demarcación, dirigido por un profesor de apellido Arredondo, cuando encabezaba a la institución el economista Mario Molina Meraz. Me acuerdo también que esta obra iba a presentarse en Aguascalientes como parte de las actividades de arranque del gobierno del panista Felipe González González, pero a final de cuentas alguien se arrugó por aquello de la trama, y no hubo tal.

Por cierto que el diccionario de la RAE no registra la palabra güerco, sino huerco, y dice que proviene del latín orcus, orco. Significa “persona que está siempre llorando, triste y retirada en la oscuridad“, y tiene para México la siguiente acepción: “muchacho, hombre que está en la mocedad”. Esto me llama la atención, porque invariablemente relacioné la palabra con la manera familiar, cariñosa, en que se refieren en el norte a los niños pequeños, y esto ya es una pista sobre la ruta que sigue este montaje, porque en el texto de Urtusástegui tanto los pastores como el diablo son norteños, de Monterrey, y el viaje que deben realizar para conocer al recién nacido será al D.F.

El narco demonio les pide que le lleven su regalo al infante, la caja con cocaína, que en realidad es para los papás, pero alguien da el pitazo y los pastores son interceptados por agentes federales, y enviados a la cárcel, de donde los rescata, no el ángel, sino el diablo, no por caridad para con estos provincianos, sino para seguirle la pista a su carga blanca, y entre tanto, en el D.F. les roban su vehículo, etc.

Con el involucramiento de estos elementos, Urtusástegui rompe con la ortodoxia pastoril, dado que los vaqueros, que por cierto son ricos ganaderos del norte, llegan a su destino para encontrar a unos peregrinos más interesados en los regalos que le llevan al niño que en la adoración, y enfrascados en la discusión por el nombre del recién nacido, y es que en rigor no eran los auténticos María y José sino los narcotraficantes que esperan la carga que el demonio les envía.

El espectáculo tuvo lugar en la entrada de la ex Escuela de Cristo, y en verdad resultó una experiencia muy gratificante, fresca, con un montaje bien actuado. Hace 16 años esta pastorela iba a presentarse aquí, pero alguien decidió que quizá fuera impropio; políticamente incorrecto, y tal vez fuera mejor que nadie la viera, para no provocar un escándalo. Ahora, por fortuna, el trabajo se presentó tal y como se programó; al menos en eso hemos crecido.

Luego recorrí la renovada Plaza de Armas, y me encontré con el gran teatro del mundo; la vida en movimiento… De todos los rumbos de la ciudad había venido la gente para posesionarse del espacio, y disfrutar de unas horas de esparcimiento; de la iluminación de temporada, de una golosina, fruta y/o fritura, de la música del organillero, de los payasos que buscaban niños que “estén con los brazos cruzados, las piernas cruzadas, los ojos cruzados y el ombligo hecho bolas”, del danzante conchero, o simplemente del flujo interminable de personas de todas edades.

Entre las sedes de los gobernantes civiles un grupo de teatreros desarrollaba su rutina, rodeado de un público que festejaba sus gracejadas… Cuando llegué se rendía homenaje a SGM, la reina de la Feria de San Marcos, Eduviges VI, que le entregó la corona a Filomena XIV –¿o fue al revés?–, acompañada la solemnidad con las notas de La cabrona, porque también había músicos. Era el grupo Lotería teatro, supongo que de esos que hacen teatro callejero y pasan la charola para los que gusten cooperar.

Ver a los teatreros y a su nutrido auditorio me recordó aquellas representaciones de grupos del Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística (CLETA); las burlas al gobierno, a quienes lo encabezan, la referencia a medidas “dolorosas pero necesarias”, y las carcajadas de la gente en pago de los agravios. ¿Y luego? ¿Luego qué pasa? Nada; todo el mundo para su casa…

No sé a ciencia cierta si era una pastorela, porque llegué cuando ya había iniciado, pero sí me quedó claro que uno de los diablos era un diputado que aprobaba nuevos impuestos, y otro era quien los cobraba…

Terminó la representación y, tal y como hicieron muchas personas, deposité una moneda en el sombrero que me ofrecieron. A cambio recibí un “gracias, chulo”… Lástima que quien esto dijo era un hombre… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).

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