El Heraldo de Aguascalientes

Y tener que irle a Argentina…

Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 

Rechiflao en mi tristeza…Tango “Mano a mano” de Celedonio Flores.

No me imagino a un brasileño cantando el tango que, como todo buen tango tiene que terminar a moco tendido, pero menos me lo imagino en una batucada después del repaso futbolístico que ayer los alemanes les dieron en Belo Horizonte, y como fueron 7 pudieron haber sido 14, según me platicaron. Yo sólo tuve que ver los últimos 15 minutos por necesaria solidaridad con dos aficionados que habían cifrado sus ilusiones iberoamericanas en Brasil, luego de que México fue eliminado, Colombia fue eliminado, Costa Rica fue eliminado, y a duras penas Argentina pasó a la siguiente ronda; después de la derrota brasileña filosóficamente se consolaron, y pensar, dijeron, que tendremos que irle a Argentina.

Estuve viendo esos últimos quince minutos y llegué a la conclusión que deberían haberle hecho una auditoría al equipo alemán y de paso amonestar al árbitro por la manifiesta falta de visión y por la ignorancia de la aritmética. Estoy seguro que Alemania jugó por lo menos con 22 jugadores. Los oscuros (del uniforme) se multiplicaban y a cada jugada concurrían dos o tres, mientras los oscuros (de la piel y del talante) desconcertados veían como los enemigos se reproducían como Hidra de Lerna, que por cierto tenía 7 cabezas, como 7 fueron los pinchazos dados en el orgullo futbolístico del Brasil. Es cierto que cuando el santo se voltea ni la santería puede enderezar las cosas y la verdad es que el grandote hermano país sudamericano no ha visto la suya en los tiempos recientes. Si en lugar del cuadro que el seleccionador nacional del Brasil presentó, hubiera acudido a los que tienen la fuerza y el poder para transformar al hombre y la naturaleza, la alineación podría haber sido así: Orula, Elegua, Ògún, Ochosi y Osún; Obatalá, Yemayá y Ochún; Changó (el capitán), Babalú Ayé y Aggayú, todas orishas de la Yuruba y otro gallo le hubiera cantado aunque a decir verdad estaría en chino, o por mejor decir en alemán, que las orishas pudiesen con las walkirias, pero nada cuesta soñar.

Cuando me gustaba el fútbol mi equipo era el San Lorenzo de Almagro, ligeramente por encima del Real Madrid que entonces lidereaba la “saeta rubia” el centro delantero Alfredo Di Stéfano y un poquitito más arriba del América del señor Del Valle que jugaba en la liga intermedia en Aguascalientes. No era el caso irle al Guadalajara (mi papá era chiva de corazón) imposible apoyar al América con un entrenador como Nacho Trelles y descorazonado de las derrotas heroicas del Atlante del general Núñez no tuve alternativa que elegir al cuadro del barrio de las Flores en Buenos Aires, que tenía la ventaja de usar los mismos colores que los Potros de Hierro (oxidado seguramente) del “Aclante”. Desde entonces apoyar a un equipo argentino sería impensable, por más que entre mis héroes infantiles figurase Alberto Etcheverry campeón goleador con el Universidad y con el León o José Miguel Marín Acotto “el gato” o “el superman” que fue cinco veces campeón defendiendo la portería del Cruz Azul. Y ahora… no tengo alternativa “Arriba Argentina”.

Es claro que un partido de fútbol especialmente en la Copa del Mundo es más que un partido de fútbol, se juega el orgullo nacional (eso dicen), se juega el pellejo, se juega el corazón y quien sabe cuantas cosas mas, según las hiperbólicas y estupidizantes narraciones de la mayoría de los cronistas deportivos, (la minoría son “mas piores” y ya se sabe que “pior” es peor que peor). Luiz Felipe Scolari declaró horas antes de la debacle de su equipo: “…tenemos que dedicarnos a lo que tenemos que hacer, en el nombre mío, de todos los jugadores y de todo el pueblo brasileño. Vamos a jugar por nuestro país, por todo lo que imaginamos o soñamos…” Con una declaración de esas y con unos chiquiadores y un paliacate, o con un estandarte o con una levita y una chistera, en México estaría listo para ser héroe nacional. El técnico alemán por su parte, menos conciente de su camino a la inmortalidad se ocupó de cosas banales frente a la trascendencia del Mundial, preocupado por el calor y por el número de sustituciones pareció no darse cuenta de que en ese partido se jugaría mas que un marcador entre dos equipos, sino las glorias nacionales, Joachim Löw se preocupaba mas por la hora de inicio del partido que por lo que se pondría en juego en la cancha.

La apuesta de la presidente del Brasil Dilma Roussef fue sin duda un movimiento arriesgado. No obstante que el tamaño de la economía brasileña la coloca en el séptimo lugar mundial, se han agudizado las contradicciones sociales y las protestas se habían agravado. La decisión presidencial de pelear por la sede el mundial en este año y de los Juegos Olímpicos en 2016 fue muy criticada por los opositores que consideraron que los gastos que implicaba la organización y construcción de la infraestructura para ambos eventos no se compensaría con los ingresos y por el contrario se estaría desviando la atención de los auténticos problemas nacionales. La inversión se ha dicho, vendría mejor si se enfocara a las necesidades reales del país y no a la organización de eventos que tendrían un tinte de populismo.

Los propios aficionados al fútbol imprecaron a la Presidente en el acto inaugural de la Copa del Mundo coreando un canto ofensivo que se repitió ayer luego de la ventaja de 5-0 en la primer medio tiempo del partido. Seguramente un resultado favorable al Brasil y en su caso el hipotético triunfo en el Mundial habría dado a la Presidente un apoyo sensible en su intento de lograr la reelección en contra de quien se apuntó como su más probable contrincante, el senador Aecio Neves. Algunos analistas políticos brasileños plantearon que la eventual derrota del Brasil podría llevar a un estallido de descontento que incluso podría no sólo frustrar la tentativa de reelección sino ocasionar protestas de tal magnitud que anticiparan la salida del gobierno de la Roussef, que no sólo no ha podido mantener el ritmo de crecimiento y estabilidad de su antecesor, compañero y mentor de la Unión de la izquierda Luiz Inacio Lula de Silva, sino que enfrenta una economía en crisis y una alta tasa de inflación. El costo de 11 mil millones de dólares que significa el ser el anfitrión de la justa deportiva será un precio demasiado alto por el fracaso de su equipo nacional.

El pueblo brasileño, al menos el futbolero que es la mayoría, se encuentra, según las primeras noticias en un auténtico estado de shock, quizás como algún aficionado dijo: sabíamos que íbamos a perder, pero no de esta manera. Las cañas que celebraron el pase a la semifinal se trocaron en lanzas y las manifestaciones callejeras han retomado los coros insultantes en contra de la Presidente. La frustración, la impotencia, el oprobio, mayor aún que el tan sonado “maracanazo” en que la selección de Brasil perdió 2-1 ante la de Uruguay en 1950, no es nada ante la vergüenza de esta goliza que es la peor que una selección de Brasil haya sufrido. Perdió Brasil y seguramente perderá Rousssef. Lo dicho, a menudo en un partido de fútbol se juega algo más que fútbol.

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