Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

Perdone usted la insistencia con el tema del mausoleo dedicado a Jesús F. Contreras, construido en la parte sur del Museo de Aguascalientes. Usted disculpará, pero considero que evoca algo que me parece de lo más interesante, que se relaciona con nuestras ideas sobre el arte, en caso de que las tengamos.
Iniciaré mi argumentación con el planteamiento de una pregunta retórica: ¿es este edificio una obra de arte? En mi inútil opinión sí, por su diseño, por la forma de sus muros y techo; por las imágenes que genera, pero ni que fuera yo sumo sacerdote de las artes de Aguascalientes, así como para andar canonizando cosas, mientras que la mayoría de las personas piensa que no, que aquello es un pegote, un esperpento, un adefesio, un insulto para el museo, etc.¿Quién tomará la decisión sobre si es o no una obra de arte y decidirá su suerte; sobre si merece nuestra admiración o nuestro repudio? ¿Las autoridades, “el pueblo”, algún crítico de arte; alguien que venga de fuera? ¿Teresa del Conde, Jorge Juanes, el espíritu de Raquel Tibol, el de mister Robert Hughes?
Si en verdad alguien está pensando en deshacerse de la estructura -cosa que desde luego no me consta, aunque sí que se ha hecho la propuesta públicamente-, de entrada tendrá que asumir una posición en torno a este asunto, para luego actuar en consecuencia.
Pero no es eso lo que quiero plantear en esta ocasión, sino la probabilidad de que en el mediano o largo plazo cambie la apreciación de esta obra tan vilipendiada, siempre y cuando sobreviva. En mi argumentación acudiré a dos dimensiones. La primera tiene que ver con el hecho de que vivimos una serie de trasformaciones en nuestros valores y nuestra visión de las cosas, de tal manera que desde una perspectiva cultural es posible que algo que fue valioso en el pasado ahora ya no lo sea, y viceversa. En los meses recientes fui al mausoleo en un par de ocasiones, con estudiantes de las carreras de música y de artes escénicas de la UAA. En general a todos les gustó, aunque ciertamente batallaron para apoyar con argumentos su afirmación.
Por otra parte, habíamos realizado una gira por los principales museos de la ciudad, y a la hora de la recapitulación, me llevé la sorpresa de la vida, porque varios jóvenes dijeron que les había gustado más, no la obra de Saturnino Herrán, la de Contreras, o la de Posada, sino el Arte Joven expuesto en el Museo de Arte Contemporáneo.
Este hecho me dio pie para preguntarme -más cuestionamientos retóricos- si este asunto del disgusto que a muchos provoca la edificación no será tanto un tema estético, sino más bien generacional; algo que nos chocó a muchos adultos, pero no a los jóvenes. Dicho de otra forma: ¿cómo y por qué un objeto se convierte en una obra de arte? ¿Puede variar su estatus con el tiempo? Esto me lleva al otro lado de mi reflexión, el histórico: ¿cómo ocurrió que los grabados de un hombre tan humilde que murió en el anonimato, se convirtieron en piezas de museo, fuente de admiración, discusión, libros, exposiciones, poesía, música?
Un caso relativamente reciente es el de los dos primeros murales del Palacio de Gobierno, que en su momento fueron intensamente criticados, pero que con el paso de los años pasaron a engrosar el patrimonio de Aguascalientes. Por su parte el autor pasó de ser un provocador, lambiscón, etc., a un “maestro”, y no sólo eso, sino que en 1989 fue invitado nuevamente a pintar en el mismo lugar dos obras que son bastante malas.
En rigor las intervenciones sobre el patrimonio constituyen una práctica relativamente común en todo el mundo.
Aquí podríamos mencionar el ciprés de la catedral y las dos naves laterales del templo, la escuela Manuel Pérez Treviño, el edificio de departamentos que está al norte del templo de San Antonio, frente al museo; el agregado del Museo Posada; la remodelación de la plaza, impugnada como lo fue en su momento lo realizado en el Posada; los techos de los patios del Palacio de Gobierno, que oscurecieron la sede del Ejecutivo estatal, aparte de afearla, y la llevada y traída construcción del mausoleo de Contreras, que constituyó una violenta intervención en el Museo de Aguascalientes.
El revuelo que ha causado este hecho da cuenta de cuanto hemos cambiado como sociedad porque, justamente, este alboroto ha puesto de manifiesto la conciencia que existe en torno al valor del patrimonio arquitectónico, en una situación que hace unos 40 o más años quizá habría pasado desapercibido. Le ofrezco un ejemplo de lo anterior. A reserva de investigar un poco al respecto, que yo recuerde, jamás se discutió en su momento el citado edificio de departamentos que está frente al museo. Mejor estaba el edificio anterior, con sus detalles Art Deco.
Por cierto, ya que mencioné el ciprés de la catedral, hace unos 15 años escuché que existe un proyecto para eliminarlo, en parte porque corresponde a un estilo arquitectónico diverso al del conjunto de la catedral -es italiano y de mármol-. Independientemente de la certeza de tal planteamiento, el ciprés forma parte de la sede episcopal desde hace poco más de un siglo. Nadie que viva tiene memoria de cómo era antes de que se construyera y, que yo sepa, no existen fotografías que muestren el altar mayor sin él, pero el hecho es que la estructura se integró al conjunto, y eso habla a su favor. Por eso a los malquerientes del mausoleo les urge que desaparezca.
En fin. Por lo pronto ya estoy cómodamente instalado en mi sillón favorito, palomitas de maíz y refresco a la mano, a la espera de lo que pase con el mausoleo o deje de pasar, que sería otra forma de pasar… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).

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