Por J. Jesús López García 

En la arquitectura aquicalidense existen ejemplares con una clara vocación urbana, ello se aprecia en su capacidad para generar en su entorno una experiencia metropolitana más completa que la que puede suscitar un distrito donde las actividades se reducen a un espectro relacionado con usos de suelo homogéneos prevalecientes.

Los edificios con tendencia urbana son aquellos que hacen frente a una situación más compleja, circunstancia que involucra utilidades heterogéneas, flujos de personas de diversas procedencias y sectores, un medio construido múltiple y más comprometido, así como un tránsito rodado más concentrado.

Es claro que estos inmuebles plantean retos más atrayentes pues lo mencionado se une a las dimensiones que requieren para desempeñar sus funciones y ser costeable al cliente, con lo que tenemos una estructura y unas instalaciones de mayor calado, que además son propicias para profesionalizar a la mano de obra y los cuadros de prestadores de servicios que intervienen en las obras, además de aportar excelentes experiencias a los arquitectos, ingenieros, y dado el caso, urbanistas.

El sitio en donde se ubican es un lugar demandante, un punto que requiere soluciones y donde los edificios que ahí se ubiquen –a diferencia de un fraccionamiento habitacional o una avenida comercial donde los inmuebles son relativamente inciertos–, tienen el potencial para consolidar un enclave urbano funcional, generoso con el usuario o el transeúnte, detonador de nuevas modalidades de uso y/o de modernas actividades productivas, o por el contrario, capacidad para deteriorar el mismo territorio, ahuyentar modalidades de uso vigentes y desvirtuar la significación de su entorno.

Es común que nos aproximemos a los edificios sin prestarles mucha atención, y es que la vivencia que se experimenta en esos sitios de la ciudad es intensa y ello no da mucho margen para la apreciación detenida de la arquitectura que produce, promueve o participa activamente de esa exaltación. Ejemplos como los que conforman el crucero de las calles 5 de Mayo y Allende que poseen en sí mismos los usos de servicios, comercio y vivienda, apelan a una funcionalidad estratificada de manera vertical de acuerdo a los grados de accesibilidad: lo más público a nivel de calle, lo más privado en los niveles más altos, y en la zona media, servicios dirigidos a usuarios específicos.

Además, por sus dimensiones, los inmuebles propician una escala y unas proporciones del espacio público que genera una percepción del lugar como ámbito urbano, abierto a la experiencia múltiple de habitar en comunidad bajo perspectivas tan diversas como actores encontramos en las inmediaciones.

Los edificios aludidos realizados principalmente en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, con excepción del antiguo edificio del Banco de México, no son los únicos de su tipo, encontramos varios diseminados en la ciudad de fechas de factura diferentes. Pero este crucero donde se encuentran constituidos de tal manera que se percibe ahí lo más próximo que hay en Aguascalientes de la vivencia de una ciudad moderna, una metrópoli que no desdeña al tránsito vehicular –si bien la rampa de salida del paso a desnivel no es un resultado muy afortunado–, pero donde la verdadera riqueza es la capacidad de atraer la diversidad de la gente; en ello la arquitectura juega un papel importante merced a su compromiso con la ciudad. Los bloques podrán parecer anónimos al transeúnte común, pero al margen de sus aciertos arquitectónicos, el principal logro es la conformación de un trozo de ciudad, que a la fecha es reconocible como uno de los nodos urbanos más dinámicos de Aguascalientes.

No es necesario el desplantar sobre el territorio en la ciudad edificios de gran altura para tener la sensación de un urbanismo contemporáneo a nuestra actualidad, bastan algunos niveles con frentes generosos, y sobre todo, sitios de confluencia ciudadana diversa para crear no sólo esa sensación, sino por encima de ella, la experiencia de vivir en una comunidad moderna que demanda la dosificación de usos de suelo y de la que los edificios son ejemplo. Acusando las huellas de la época y las modificaciones que el paso del tiempo sugiere, el momento actual es propicio para pensar en densificar la ciudad desde el centro. Esos edificios vuelven a ser una opción viable para devolver a nuestro Aguascalientes algo que se ha venido perdiendo a través de su creciente extensión territorial: su vocación urbana.