El pasado miércoles, alrededor de las 11:30 horas, un coche se detuvo frente a la oficina de la revista Charlie Hebdo en el distrito 11 de París. Dos hombres armados preguntaron a personal de mantenimiento dónde estaba la oficina de la revista y abrieron fuego, matando a uno de los trabajadores, inmediatamente se dirigieron a la sala de redacción, abriendo fuego y matando a 10 personas, para después huir, al salir se confrontaron con la policía y asesinaron a un agente más.

Esta lamentable situación ha conmocionado al mundo entero, al tratarse de un crimen de odio con base en un fanatismo religioso. Irónicamente, Francia ha sido un país cuna de la libre manifestación de las ideas y la revista Charlie Hebdo era prueba de ello con sus publicaciones satíricas; sin embargo, para algunas personas este tipo de publicaciones “atentan” contra sus divinidades, puesto que constituyen blasfemias en contra de sus dogmas, razón por la cual (en el mundo musulmán) debe castigarse a estos blasfemos.

Si bien, en varios países musulmanes las leyes civiles y religiosas van de la mano, y las “ofensas” a lo “sagrado” se castigan con cárcel o inclusive con la muerte, en Francia esto no es así, por lo que aquellos que viven en esa sociedad, deben respetar su normatividad, pero sobre todo la libertad de todos aquellos que no profesan sus doctrinas, prevaleciendo en todo momento el respeto a la libertad de expresión. Matar de forma cobarde a periodistas por su forma de pensar, atenta contra todos los postulados de los estados democráticos modernos.

Ahora bien, lo que para algunos puede considerarse una blasfemia para otros no, razón por la cual no podemos criminalizar expresiones o sátiras que pueden “ofender” a algún sector, puesto que de ser así, simplemente no acabaríamos.

Ofender a Dios, Alá, Jesús, Mahoma, etc., para algunos puede ser una verdadera blasfemia, para otros no, y no por ello debe castigárseles, todos tenemos derecho a decir lo que nos plazca, y hablando de religión, lo que para unos es una verdad absoluta, para otros no lo es.

En sociedades fundamentalistas, se han establecido normas inquisidoras en cuanto a lo que respecta con la libertad de expresión y de creencias, en estas sociedades, la libre manifestación de las ideas es inconcebible, estas líneas que escribo serían motivo de castigo; sin embargo, tal parece que los fundamentalistas no conformes con lo que ya es vigente en sus naciones, buscan imponer más allá de sus fronteras su forma de pensar, y es ahí donde entran en conflicto con las sociedades occidentales. En los estados modernos, no así en los islámicos, la ley civil y la religiosa se encuentran separadas, existen escuelas laicas y el marco normativo se sustenta en principios éticos y valores universales, y no en una religión en particular.

Aunque en nuestro país, este tipo de actos parecen distantes, no podemos pasar por alto a todos aquellos FUNDAMENTALISTAS políticos, católicos, cristianos, que con tal de imponer su “razón”, su “verdad”, su “dogma”, agreden a todos aquellos que difieren de su forma de pensar puesto que solo ellos son poseedores de la verdad.

Todo acto que atente contra la libertad debe reprocharse, estos crímenes duelen a todo el mundo y debe condenarse ese actuar, pero además, debemos tener presente que la intolerancia no es exclusiva de la materia religiosa, y así como existen fundamentalistas religiosos existen fundamentalistas políticos, y esa forma de imponer las ideas siempre es nociva para una sociedad democrática. ¡Viva la libertad de expresión!

Como es costumbre, les agradezco el valor de su lectura y los espero una vez más la próxima semana.

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