Viejos ensayos para una ciudad nueva

Por J. Jesús López García

Hacia fines del siglo XIX la dimensión de la ciudad de Chicago cambió radicalmente: su situación como capital del Medio Oeste norteamericano cobró un ímpetu con base en tres factores por orden de aparición, el primero fue que dado su carácter de punto estratégico para el reparto de los productos agrícolas del país vecino, producción altamente tecnificada y por ello de gran rendimiento; los otros dos elementos llegaron casi emparejados, ya que el «Gran Incendio» que inició en la zona de establos de la ciudad y que la redujo a cenizas, coincidió con la enorme afluencia de inmigrantes procedentes desde buena parte de Europa.

Con esa catástrofe monumental, la metrópoli de alrededor de 500,000 habitantes recibió un impulso en su reconstrucción –fenómeno por el cual aparecería la famosa Escuela de Chicago, que aglutinaba a los mejores constructores de aquel momento en los Estados Unidos de Norteamérica– que en alrededor de dos años contaba ya con cerca de dos millones.

Debido a la industria siderúrgica de la no muy lejana Pennsylvania, el uso del acero facilitó la construcción de edificios en altura que potenciaron el negocio inmobiliario de repetir la venta de un lote conforme a la repetición de pisos que sobre él se hiciere, el invento del elevador terminó por salvar finalmente el problema de accesibilidad. Con esa configuración de ciudad ideada por los profesionales de Chicago y seguida muy de cerca por Nueva York, se pudo incrementar el efecto de urbanización que desde el Renacimiento se venía perfilando, perfeccionándose en las ciudades burguesas de los países bajos y quedando como modelo mundial de lo que una capital debía hacer.

Más allá de gustos arquitectónicos, pertinencia inmobiliaria o imagen urbana, la densificación de los asentamientos humanos ha sido una causa lo mismo de cohesión que de conflicto, sin embargo a lo largo del tiempo, una metrópoli con imagen de ciudad termina por preservar la evocación de sus moradores y arraigar su recuerdo en un sitio; para ello la escala de las edificaciones es determinante.

Si bien más allá de los 4 o 5 metros de altura no es algo que en las construcciones se aprecie de manera precisa, si queda en la percepción la masa de los edificios de una manera general; es decir, tal vez no observemos con detenimiento lo que ocurre de un segundo piso para arriba, pero sí nos queda la sensación de estar de alguna manera protegidos por la masa de un paralelepípedo alto. Esto define un paisaje artificial, el de la ciudad, que actualmente es el que representa al hábitat que más seres humanos ha acogido: paradójicamente, nuestro medio físico artificial, la metrópoli, es posiblemente lo más natural para la existencia humana, definiéndola en sus usos, costumbres y medios de subsistencia.

Por otra parte, el levantamiento en altura favorece el contacto de usuarios de toda clase, fijos o flotantes, donde el uso doméstico o el intercambio de bienes y servicios se dan la mano con el exterior, aboliendo la separación y fomentando el equilibrio entre lo íntimo particular y lo público. En Aguascalientes se construyen edificios de altura en un promedio de dos por década, tomando por esa categoría a los edificios de más de diez niveles, sin embargo los volúmenes de tres o seis niveles también favorecen ese paisaje urbano que da carácter a las poblaciones.

Muchos de esos inmuebles en nuestra ciudad fueron construidos desde mediados del siglo pasado y siguen dando al lugar donde se erigen, una personalidad muy particular. Edificios como el que podemos admirar en la calle Ramón López Velarde #116 esquina con Pedro Parga de características formales relacionadas al Art Déco, confieren al sitio una escala, que sin ser aplastante para quien transita por el rumbo, ofrece una percepción de altura que sobrepasa lo meramente doméstico. En el nivel de la calle comercios de varios giros han ido sucediéndose, joyería, ropa o en la esquina la vieja tienda de abarrotes «La Providencia», ofreciendo una muestra de la versatilidad de usos y ocupaciones que estos bloques ofrecen. En la parte superior, niveles destinados a dos apartamentos habitacionales, uso que luego compite con el de almacenamiento u oficinas, establecen otras pautas de habitabilidad, zafándose de la casa unifamiliar que requiere de mucho espacio y mantenimiento de las redes públicas de infraestructura –en grupo– para desplegarse en conjuntos horizontales que cada vez son más vistos como poco sustentables.

Este edificio ubicado en pleno Centro Histórico acalitano, es un ejemplo claro de cómo superando cierta altura, el inmueble sirve también como un hito en dos sentidos: para fijar referencias espaciales en una cartografía urbana, y para establecer asideros en el recuerdo de quienes hemos vivido o visitado asiduamente el núcleo de la ciudad de Aguascalientes en donde se concentran más estos edificios cuya proporción en altura excede a la de su planta, que van tejiendo la cartografía de la memoria. Para dar fe de lo expuesto, sólo se requiere transitar por las calles primigenias de Aguascalientes para disfrutar nuestro patrimonio.