Por J. Jesús López García

64. Hotel PragaEl mundo del futuro del parque Disneyland original en Anaheim, California, puede producir alguna sonrisa condescendiente por lo que la modernidad prometía en los años cincuenta del siglo pasado, mucho de ello cotidiano y ya superado, y casi todo con una imagen muy diferente a lo que realmente se produjo.

La relación de la modernidad con el futuro es estrecha, pues la modernidad promete un mejor presente respecto a nuestro pasado, y un mejor futuro respecto al presente. No es casual que uno de los movimientos arquitectónicos y artísticos de las vanguardias de inicios del siglo XX se haya denominado futurismo, sin embargo lo que ocurre con los objetos, proyectos y concepciones de ese promisorio mañana, una vez que los tiempos cronológicos pasan y los progresos técnicos suceden y siguen su progreso, es adquirir una pátina extraña de vejez surgida precisamente del hecho de no haber sido concebidos para continuar, o bien para caducar al lado de un artefacto más actualizado.

Esa extrañeza en materia arquitectónica no es perjudicial en sí misma, ni en otras facetas de la producción humana -el caso de los objetos “vintage” tiene un amplio mercado-. El tiempo parece cubrir con homogeneidad lo que anteriormente era visto como insalvable diferencia, e incluso, parece decantar los acervos existentes de modelos poco afortunados. La palabra parece ser intencional, ya que entre lo que se destruye, sustituye o se modifica también se cuenta con inmuebles de gran valía, y por el contrario, aún sobreviven otros tantos que a pesar de su edad avanzada siguen manifestando su pobreza original.

Se requiere considerar que entre el cúmulo edificado en Aguascalientes existen fincas del siglo XX con un lenguaje fácilmente identificable con tradiciones protomodernas; obras construidas con técnicas y materiales contemporáneos pero con planteamientos estéticos de etapas pretéritas. Lo anterior es útil para ilustrar la dificultad que hay en la clasificación edificatoria con base en su imagen, ubicación, constitución física y estilo, pues en el siglo XX no todo fue realizado bajo premisas modernas de composición arquitectónica.

Concentrándonos en los edificios adscritos a códigos formales y estéticos de la modernidad de la década de los cincuenta -situación que en la arquitectura aguascalentense se prolongó hasta fines de los años sesenta-, muchos de ellos han sufrido adaptaciones que añaden elementos contrarios a su diseño original, como tejas, cornisas y recubrimientos, que les produce un daño mayor que a los inmuebles, también modernos, pero con tendencias naturales al ornamento: los correspondientes al Art Déco, pues la pureza compositiva exenta de adorno, así como de elementos de poco uso no era fortuita, era casi programática.

Tras una vuelta en los años setenta y ochenta a formas del pasado anterior a la modernidad contemporánea expresada en frontones triangulares, columnas alusivas a órdenes clásicos, entablamentos y a la profusión volumétrica, los planteamientos de sencillez en el diseño regresan, y entre sus lados positivos, es la revaloración de esa paradoja que son los viejos edificios modernos.

Entre esos inmuebles modernos pueden ahora apreciarse elementos que en su tiempo atenuaban su modernidad: planos tratados para propiciar una textura menos simple, herrerías diseñadas con patrones intrincados, pero también esquemas de composición en que se favorecía la horizontalidad, las formas neutras, la funcionalidad espacial y el contacto virtual entre el exterior y el interior.

Edificios así son gradualmente revalorados por dueños, autoridades, profesionales y público en general. La necesidad de dar un pretendido toque “colonial” al centro de nuestra ciudad, paulatinamente se desvanece gracias al conocimiento arquitectónico local, donde solamente una muy reducida porción corresponde a esa etapa remota; otra un poco más grande al último cuarto del siglo XIX e inicios del XX, y su mayor parte a lo demás del pasada centuria moderna que ahora es parte fundamental de lo que nos pertenece. No conviene se excluya la arquitectura por “vieja”, se requiere aquilatarla por moderna y enfocarla bajo una luz crítica para iluminar con ella, el desarrollo de la arquitectura por venir.

Negar la expresión natural de los inmuebles mediante artificios es una manera de maquillar un episodio de la historia, lo que no ayuda a su comprensión y entendimiento de las consecuencias actuales. La modernidad al estilo siglo XX es ya parte del pasado, progresivamente se ha progresado para revalorar su arquitectura, aceptando que muestren con dignidad el avejentamiento de sus premisas intelectuales, que cosa curiosa, es la mejor vía para preservarlos.