La semana pasada, luego de haberme enterado por una nota en los diarios de la visita a Aguascalientes del poeta Javier Sicilia, me apunté con mi amigo el Pbro. Porfirio Galindo, inquieto, entusiasta, trabajador, pensante, párroco de Sta. Teresa de Ávila en el fraccionamiento Casa Blanca, en donde fue la charla del poeta, por cierto, con la asistencia del Excmo. Sr. Obispo de Aguascalientes, José María de la Torre Martín. Mientras lo escuchaba vino a mi mente el recuerdo de las lecturas en una biblioteca de mi infancia.

A la biblioteca de la Santa Iglesia Catedral Basílica se accedía por la calle de la República, entre olores de orines, de diesel de los camiones Flecha Roja, y los pregones de los vendedores de condoches, de morelianas, de atole, los gritos de los cargadores que con sus placas brillantes, su chamuco y su mecapal se disputaban la clientela, casi enfrente de la entrada del Teatro Morelos, se accedía por una escalera pronunciada y más o menos oscura y con un fuerte olor de santidad, actualizando aquella pícara cuarteta de Francisco de Quevedo y Villegas: “Murió en no sé qué ciudad/ un fraile sesudo y grave/ en olor de santidad/ si era santo no se sabe/ pero que olía es verdad”. Olor que quizás provendría de la cera quemada en las funciones religiosas, o quizás de la bibliotecaria que según recuerdo no era particularmente pulcra, aunque dicho en su descargo, en mis mocedades no había tanta gente particularmente pulcra. El acervo de la biblioteca era realmente pobre, algunos devocionarios, varias novenas, seguramente más de algún libro de horas, y no creo que una Biblia, que por entonces se decía que para su lectura se requería tener permiso especial de la iglesia o ser protestante. Como no tenía permiso y no era protestante, no me interesaban las novenas (excepto los Tigres de Aguascalientes de la Liga Central de Baseball), y el libro de horas me parecía particularmente aburrido, no había más opción que leer las vidas ejemplares, vidas de santos del Santoral Católico, ilustradas en el formato de los cuentos de entonces, de Walt Disney o de Walter Lantz. Había algunas particularmente interesantes, las de los cruzados, por ejemplo, otras trascendentes, Domingo de Guzmán, Iñigo de Loyola, otras edificantes el mínimo y dulce Francisco de Asís, el entonces beato Fray Martín de Porres, o la de “Felipillo será Santo”, Felipe de Jesús. Otras como el Santo Cura de Ars Juan María Vianney, que llevó una vida discreta, apegada a su ministerio, ejemplar por practicar sus enseñanzas y ser un confesor humano, sensible y misericordioso (bella palabra, la capacidad de sentir la miseria de los demás, que te conmueve el corazón). Años después, el padre Agustín Martínez de la Orden mendicante de San Agustín, establecida en 1244 bajo el pontificado de Inocencio IV que agrupó a varias comunidades eremitas, llegado a Aguascalientes por decisión de sus superiores, como reprensión por alguna humana debilidad a las que nadie ni un ministro religioso es ajeno, solía decir que en el mundo moderno, con las acechanzas de los enemigos del alma, el ser bueno casi significaba el ser santo.

Todo esto pensaba mientras escuchaba la intervención de Javier Sicilia, con un dolor que rezumaba, un dolor más allá de la pérdida de un hijo en las atroces circunstancias en que pereció a manos de un grupo de sicarios que respondieron brutalmente a la caballerosa defensa que hacía el joven Sicila de sus amigas injuriadas por los asesinos pelafustanes. Como creyente practicante de la Iglesia Católica se duele del mal y se duele de lo que considera una actitud apática de su Iglesia, de la Jerarquía, precisó, que no ha sostenido en su concepto una actitud digna, de entereza, de condena de las decenas, de las centenas, de los millares de víctimas desaparecidas por la impunidad, por la corrupción, por la indolencia, por la falta de caridad.

La muerte del hijo, quizás la pérdida más grande para una mujer o para un hombre, removió en Sicilia al luchador atávico que, de un modo o de otro, todos llevamos dentro. Se enfrentó a los asesinos, se enfrentó a las burocracias, se enfrentó a la corruptela, se enfrentó a siglos de una historia dolorosa de traiciones, de impunidades, de corrupciones.

Su dolor, el dolor de la pérdida del hijo, no ha sido relegado, no ha sido amainado, ha sido complementado por el dolor rabioso frente a una sociedad que puede contemplar con un gesto compasivo por un instante la pérdida dolorosa del vecino, para un instante después ensimismarse en “Laura de América”, en los ratoncitos verdes del Piojo, o en los conciertos gratuitos de los Bandoleros de la detestable música (?) grupera. La justa indignación frente a la autoridad que se encumbra en promesas y se conduele en la medida media necesaria para parecer comprometida pero no comprometerse, parecer interesada pero no interesarse, parecer preocupada, pero ocuparse de su permanencia a costa del dolor, de la injusticia, de la ominosa distancia.

Sicilia, vestido sencillamente, con un lenguaje sencillo, con un dolor sencillo y una indignación sencilla, llega con sencillez a la gente, la enfrenta a la realidad lacerante de un gobierno que no ha tenido respuestas para la violencia, ni para las desapariciones forzadas, ni para la pobreza generalizada, ni para la injusticia social, mientras un grupo, un pequeño grupo, la oligarquía dominante se enriquece oprobiosamente con negocios lícitos, con negocios cuasi lícitos, con negocios ilícitos, con negocios inhumanamente ilícitos.

Su lucha es contra el status quo, contra el gobierno, contra la jerarquía eclesiástica, contra la delincuencia organizada, contra la apatía de una sociedad que puede aguantar con disimulos decenas de asesinatos diarios durante décadas sin que la indignación desborde los límites de una vida sedentaria y descomprometida. Su tesis, puede uno compartirla o no, es que participar en las elecciones es legitimar un proceso y un resultado, el que sea. No votar es desautorizar el proceso, desautorizar la autoridad, exhibir la antidemocracia y la falta de legitimidad de un gobierno por el que se vota sin saber por qué se vota, a lo sumo por quien se vota. Uno puede no compartir su postura pero no puede no respetarla.

Dn. José María de la Torre Martín puso un colofón interesante: “Javier –le dijo– te voy a decir algunas cosas que luego los periodistas, a los que tú bien conoces, deforman u ocultan, pero te quiero decir como dijo el Papa Francisco a la presidente de Argentina, Cristina Fernández, reza por mí, pero no reces en contra, reza a favor….”

Velada interesante, velada impactante, velada estrujante, velada edificante. Al término al filo de la media noche en la casa del Pbro. Porfirio Galindo, luego de una charla amable, me despedí con un abrazo amoroso de Javier Sicilia y le platiqué de las Vidas Ejemplares de la biblioteca de Catedral; le dije me emociona abrazar a una persona de una vida ejemplar, ejemplar por su lucha en pos de la dignidad, la dignidad de la persona humana.

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