Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Nuestro país es uno cuya cultura fílmica se vio forjada generalmente mediante aquellos armoniosos embelesos producto de charros cantores enamoradizos, por lágrimas que regaban la siembra de tristezas urbanas entre ricos y pobres y por las carcajadas arrebatadas mediante una lingüística coloquial que sólo esos comediantes producían gracias a sus poses, apropiaciones y arquetipos exagerados. Pero también, tratándose de una nación vinculada a una profunda espiritualidad que la llevó a contemplar la realidad de su propia mística mediante creencias, mitología oral a modo de leyendas y celebraciones de tono tanatológico que durante un día completo de noviembre fundamentan la comunión entre vivos y muertos como si no existiera un inframundo que los separara. Por ello también en nuestra industria cinematográfica resultó inevitable la incursión del terror en la confección de su propia identidad como herramienta de identificación cultural y componente integral en la fundamentación de una ideología que allanaba su camino después del movimiento revolucionario. El cine fantástico no sólo representa una catarsis y fuga a la audiencia que se le entrega, también moldea, contribuye y propaga elementos propios de la cultura revistiendo de identidad a sus modelos narrativos, incluso si éstos se asisten de las expresiones fuereñas. De este modo, México ha legado algunos genuinos clásicos del terror a la cinematografía mundial, reconocidos como tales por público y eruditos, validados por su exitoso paso histórico ante los aterrados y mesmerizados ojos de quienes las gozamos. Estos son sólo algunos de los numerosos miedos procreados en pantalla directamente desde una sensibilidad nacional que no sólo disfruta el asustarse, lo exige.

“DOS MONJES” (1934) – El cine sonoro llegó a nuestro país trayendo sollozos de una “Santa” y, poco después gemidos y gritos de angustia. El cine de terror testifica su longevidad como un ejercicio estilístico y cuasi lírico mediante los tempranos esfuerzos de directores como Fernando de Fuentes, quien con su “Fantasma del Convento” (1934) se alejó de los profundos retratos revolucionarios y aprovechó las posibilidades plásticas del rústico blanco y negro de la época al exponer sus propiedades macabras en esta intrigante historia sobre tres amigos transformados por un enigmático monje y su convento. Pero fue Juan Bustillo Oro (1904-1989) quien aprovechó con maestría las enseñanzas del Expresionismo Alemán para relatar la historia de un crimen desde dos puntos de vista, los dos monjes del título con el marco de una sombría y tétrica abadía. Bustillo Oro conjura una imaginería de pesadilla mediante composiciones y movimientos de cámara elegantes e inquietantes, saturando el cuadro con ricos claroscuros que invitan al temor. “Dos Monjes” es una obra maestra técnica y argumental que aún logra perturbar en su punto climático, cuando el verdadero criminal debe pagar en un delirio de desasosiego y angustia plástica cortesía del fotógrafo Agustín Jiménez.

“EL VAMPIRO” (1957) – Bela Lugosi es la representación icónica del chupasangre delicado y armonioso mientras que Christopher Lee erotizó al mito a la vez que le dotó de conducta bestial. Pero fue Germán Robles quien, mediante una interpretación que mediaba la insolencia aristócrata y la sensualidad de un lánguido latin lover, legaría a los anales del vampirismo fílmico, uno de los hematófagos más temibles y enigmáticos con su conde Karol de Lavud, quien no sólo asola la región de los Sicomoros y seducirá a una joven Ariadna Welter que está de huésped forzada en su ominosa hacienda, también deberá medir fuerzas con el antipático Abel Salazar, gran propulsor del horror nacional pero desgraciadamente desprovisto de carisma, gracia y tablas histriónicas. Esto funciona a favor del antagonista, pues la interpretación de Robles crece a lado del diminuto Salazar. Todo un clásico favorecido por la crítica mundial.

“EL ESCAPULARIO” (1968) – El director y guionista Servando González (“Yanco”, “Los De Abajo”) aportó con una breve pero sustanciosa filmografía a la aproximación social del cine de género. “El Escapulario” se nutre del romanticismo gótico a la Poe para confeccionar una antología unificada por el accesorio religioso al que se le atribuye cualidades sobrenaturales. La historia, ubicada en “la provincia del México de ayer”, encuentra su diégesis en una mujer moribunda (Ofelia Guilmáin) que narra cascadamente a un sacerdote la historia trágica de sus cuatro hijos y el vínculo con el escapulario. González retrata con elocuencia y mucho sentido de la plástica las anécdotas procurando que la psicología de sus protagonistas prevalezca con el fin de turbar al espectador ante sus inesperados destinos en un ritmo in crescendo. Bellamente fotografiada y espléndidamente actuada, “El Escapulario” es una película que debería rebasar su estatus de culto y consolidar su lugar en los anales del cine mexicano más sobresaliente.

“MÁS NEGRO QUE LA NOCHE” (1975) – Todo filme firmado por Carlos Enrique Taboada debería verse, pues este cineasta defeño comprendía a la perfección la articulación del suspenso tanto en su narrativa como en la técnica para crear algunas de las atmósferas y situaciones más escalofriantes del terror patrio. La mayor testificación de ello es “Más Negro que la Noche”, clímax de una trilogía compuesta por dos cintas no menos valiosas tituladas “Hasta el Viento Tiene Miedo” (1968) y “EL Libro de Piedra” (1969) donde Taboada muestra una pericia sin igual sacando enorme provecho de las sombras, silencios y la misma cultura mexicana, sobrepasando los aspectos más folclóricos de nuestros miedos para madurarlos mediante una perspectiva sofisticada alimentada por movimientos fílmicos de la época (particularmente el auge del horror europeo gracias a estudios como Hammer y Amicus y el emergente “giallo” italiano) que calzaron muy bien con las pretensiones visuales y temáticas del director. Esta cinta en particular lo lleva a puntos de genuino delirio presentando escenas tan logradas en su manufactura de miedo helado (la biblioteca de noche, la mansión asolada por los mullidos del felino “Bécquer”, etc.) mientras las protagonistas son asesinadas una a una por el rencoroso espíritu de la tía de una de las chicas, además de ese emisario gatuno que su sola presencia rivalizaba en escalofríos a la siniestra faz de Tamara Garina como la tía difunta gracias a ese pelaje, efectivamente más negro que la noche. Obra excelsa donde las haya.

“CAZADOR DE DEMONIOS” (1983) – Cuando la denominada “realidad de goma” comenzó a acaparar la atención del cinéfilo debido a los avances a zancadas que se lograron en cuanto a la aplicación de maquillajes y efectos especiales en los filmes sajones gracias al trabajo de individuos como Rick Baker, Rob Bottin y Stan Winston, el cine de género comenzó a ser decodificado como una experiencia que debía aportar espectacularidad visual a la par que inquietud mental, y así Freddy Krueger y compañía comenzaron un reinado de terror que prosigue (ahora bajo el amparo del CGI) al llevar a la realidad lo que antaño sólo era sugerido, de formas cada vez más gráficas y grotescas. El cine nacional se adaptó sin demora y produjo varios proyectos bajo estos lineamientos, siendo “Cazador de Demonios” el más logrado gracias a una sólida dirección de Gilberto de Anda quien debutaba con esta producción sobre un doctor (Rafael Sánchez Navarro) y el jefe de policía de un pequeño pueblo (Roberto Montiel) desconcertados por las muertes cada vez más brutales de sus habitantes sin saber que se trata de un nahual, criatura mítica semejante a un hombre lobo que se alimenta de carne humana. Sus ataques son retratados con fiereza, pero el desarrollo es cuidado y no pierde de vista la integridad emocional y psicológica de sus personajes, por lo que el ejercicio termina siendo entretenido y francamente espeluznante, en particular una muy lograda secuencia donde el nahual se almuerza a un jovencito en los polvosos caminos del pueblo. No se encuentra en DVD pero amerita una sesión de desvelo en el Tubo.

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