Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Después de la dilución en la moralidad de los personajes de ficción durante la década de los 80’s ante el ensalzamiento de la justicia aplicada a punta de bazuca por la administración Reagan y sus alter egos fílmicos, era natural que tal sensibilidad conductual se trasminara a los cómics, donde el antiheroísmo dejó su huella por todos los 90’s, atestiguado por el éxito de ventas en títulos con vigilantes fascistoides a la “Harry el Sucio” (Punisher), extraterrestres nihilistas adoradores de la violencia extrema (Lobo), mutantes dibujados con rasgos físicos desmesurados y dentaduras perpetuamente feroces (Wolverine, Fuerza X) o con ribetes sobrenaturales que les dotaban de harta oscuridad existencial (GhostRider, Spawn). Tanto Marvel como DC se regodearon con estos y muchos otros personajes ante su masiva aceptación popular, pero uno de ellos perduraría tanto por sus características antagónicas como por tratarse del reflejo brutal de uno de los superhéroes más adorados por los fans: Venom, quien debutara en 1987 en las páginas de “El Asombroso Hombre Araña” cortesía del guionista David Michelinie y el entonces rebelde y muy apreciado dibujante Todd McFarland.
Concebido como la antítesis del arácnido neoyorquino, Venom es un parásito extraterrestre con la consistencia de un chicle masticado que requiere la unión simbiótica con un ser vivo (preferentemente humano) para subsistir, encontrándolo en un desprestigiado foto reportero llamado Eddie Brock, quien lo acepta y a su vez utiliza como instrumento de venganza por considerar a El Hombre Araña como el responsable de su ruina profesional en el periodismo, a la vez que el simbionte tiene cuentas que ajustar con el trepamuros al haber sido rechazado por él en el pasado, pues resulta que el extraterrestre extrae las peores emociones de su portador.
Por décadas la Marvel intentó realizar una película sobre el personaje, fracasando miserablemente en su inducción fílmica mediante la estrepitosamente fallida tercera parte de las cintas sobre El Hombre Araña, dirigidas con pasmosa flojera por Sam Raimi. Varios arranques en falso después ya tenemos en cartelera la fantasía cristalizada de incontables seguidores de esta editorial con el estreno de “Venom”, el debut como estelar del famoso antihéroe que no forma parte oficial del Universo Cinematográfico de Marvel y que trata de consolidar una franquicia nueva paralela a la del arácnido. Los resultados en taquilla avalan esta noción, pero solo esperemos que la siguiente posea más sustancia que el raquítico argumento de esta cinta poblada por caricaturas bidimensionales, acercándose más a un sobreesfuerzo por vender globalmente a un personaje entendido tan solo por geeks sin atender las necesidades básicas de una trama, como un conflicto sólido, motivaciones válidas o nudos dramáticos de interés. Y no vale la excusa de que tan solo se trata de una adaptación de cómic, pues de varias se han conjurado filmes interesantes y potentes (v.g. “Capitán América y El Soldado del Invierno”).
Tal vez lo único rescatable es la participación del actor inglés Tom Hardy, quien no solo le dota de verosimilitud a su débil personaje sino acude a un timing y ritmo cómicos que no le conocíamos pero que cuajan adecuadamente. Su papel es el de Eddie Brock, afamado reportero investigador tan comprometido a su causa que sacrifica la relación con su novia Anne (Michelle Williams) al robarle de su computadora información confidencial y comprometedora sobre un multimillonario llamado Carlton Drake (Riz Ahmed), quien se ha topado con los simbiontes extraterrestres y los tiene apresados en un laboratorio. Cuando Eddie acude a dicho lugar a petición de una científica consternada por los sacrificios humanos efectuados ahí, al tratar de acoplar a los parásitos alienígenas con personas para que éstos sobrevivan, termina absorbiendo uno que se autodenomina “Venom”. Una vez fuera de las instalaciones, ambos tratarán de eludir los embistes de Drake al tratar de recuperar el simbionte empleando todos los recursos del extraterrestre, incluyendo investir con su propio ser a Eddie para tomar una forma grotesca, salivante, dentuda y lengualarga que devora las cabezas de quien los antagonice.
Como espectador, es frustrante que un director con posibilidades para la comedia y la acción como Ruben Flesicher (“Tierra de Zombis”) no encuentre el tono adecuado para un proyecto que involucra monstruos del espacio, persecuciones y peleas para quedarse con un desparpajo narrativo digno de amateurs sin centro o eje dramático relevante más que el encuentro accidental de dos seres dispares que deben convivir a la fuerza, sin conflictos relevantes o rasgos psicológicos interesantes. Curiosamente es la dinámica entre Eddie y Venom la que mejor funciona por una afortunada química, producto de jocosos diálogos y la actuación de Hardy, quien no se deja vencer por las banalidades del guion e incluso parece disfrutar su rol filtrando ese gozo al público. Desafortunadamente no son demasiadas estas interacciones y es más lo que padecemos al villano e interés romántico de pacotilla que a esta pareja dispareja, aflojando todo el interés por la sencilla trama. A pesar de todos los esfuerzos a nivel de producción,“Venom” simplemente no logra adherirse al espectador.

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