Como es costumbre, en la semana que cumplo años hago una pausa a los temas jurídicos y políticos que alimentan a Sin Jiribilla y desperdicio estas líneas para escribir mis desvaríos.

Así, advirtiéndole el inminente desencanto y disculpándome por el malgasto de su tiempo, le confieso que en el camino andado, el de la pluma ha encontrado un sinfín de pensamientos acerca del sentido de las cosas.

Entre raciocinios e intuiciones que con el paso uno se va topando, se han ido formando incipientemente algunas ideas que terminan por definir lo que soy, por explicarme y hasta por justificarme.

Queda mucho por reflexionar, al momento son pocas las conclusiones, por cada respuesta, se generan mil preguntas y por cada conclusión, se reduce sólo una apreciación, pero en fin, como peor es nada, aquí van algunas:

Con el tiempo comprendí que ninguna radicalización por buena o mala que parezca podrá ser acertada, que la obstinación por los blancos y los negros, por los llenos y los vacíos, a menudo termina envenenando a la mente y asfixiando a la razón.

He visto que la libertad es lo fundamental pero que la igualdad es su presupuesto, que en los ejercicios donde se jerarquiza de forma absoluta uno del otro, irremediablemente emerge la injusticia.

Pensando con el corazón y sintiendo con la mente, concluí que la ciencia siempre tendrá la razón pero que no sólo de razón vive el hombre; que la razón no colma el espíritu, al contrario, lo vuelve terreno firme pero árido, o como el hielo, sólido pero frío.

Descubrí que la misericordia puede equivocarse y la justicia no, que el temor por lo justo es muestra de hipócrita y convenenciera humanidad, que el hombre que defiende lo justo jamás podrá ser recriminado.

Encontré que los sentimientos son humanos y que el suprimirlos es lo mismo que suprimirnos. Que el buscar el placer no es ni delito ni pecado, que sacrificar lo que queremos y olvidar lo que somos sólo fortalece el exterior pero debilita el interior.

Aprendí que la responsabilidad es con uno mismo, con lo que se persigue, con lo que se defiende, que ni se vive de reconocimientos ni se muere de señalamientos.

Concluí que el enemigo del pensamiento es la soberbia pero también la humildad, que el hablar es igual de importante que el escuchar, que siempre se valdrá dudar y que entre más se estudia más se ignorará.

Confirmé que la única y verdadera dignidad se construye de la congruencia entre el pensar y el hacer; que no hay mayor tranquilidad que la transparencia de lo que se es y que no hay peor traición que el aparentar por agradar.

Sentí que la vida solo tiene sentido compartiéndola, que la felicidad solitaria es un simple espejismo y que en cambio, la felicidad compartida es pura y verdadera.

Corroboré el consejo del caballero de la triste figura, “el camino es mejor que la posada”; la vida no es dejar pasar, vivir se trata de intentar, pudiendo fracasar; de zarpar, pudiendo naufragar; corroboré, pues, que merece más respeto el que se equivoca y lo reconoce que el que lo mira y no lo intenta.

Y ya para finalizar, en estos veintiocho años y contando, comprendí que amar es alimentar el alma; comprendí que entre más se ama, más se tiene.

Gracias por acompañarme un año más con su lectura.

@licpepemacias