Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“No se equivoquen…él debe ser detenido”
Abraham Van Helsing (Anthony Hopkins), “Drácula, de Bram Stoker”

Por cada amenaza que acecha en la ficción, surge un opositor idóneo. En el caso de los vampiros, sus Némesis no sólo se adaptan en el combate a tan formidable reto, además poseen una característica que raya en lo irónico: suelen ser simples y vulnerables humanos, por lo que su férrea postura contra los hijos de la noche los eleva al estatus de héroes, pues deben asistirse de un coraje excepcional y refinado sentido de la supervivencia si desean triunfar frente a un enemigo que los supera en todo sentido. Si bien en los relatos de fuente literaria o meramente cinematográficos la titularidad suele posarse en los pálidos hombros de los antagonistas hematófagos, son sus adversarios humanos los que al final tornarán los vientos a favor de la salvaguarda mundial y, en un descuido, hasta logran colarse en los anales de la cultura pop a filosa punta de estaca. Por supuesto, la imagen que brota de manera espontánea a la mente cuando se alude a tales paladines es la del avejentado y muy sagaz científico neerlandés Abraham Van Helsing, creado por el escritor romántico Bram Stoker tanto para frenar los reprobables intentos de un Conde Drácula en ciernes por dominar la mente y espíritu de una virginal Mina Harker como fungir de instructor en los hábitos y costumbres de los wampyr, erudición que lo calificaba como el sujeto idóneo para tan agotadora empresa. Muchos actores lo han interpretado en teatro, cine y televisión, aunque probablemente quien se lo apropió por derecho al mimetizarse con el personaje en la memoria de los cinéfilos fue el extinto Peter Cushing, quien le diera vida en varias producciones inglesas maquinadas por la Hammer Fillms durante los 60’s y 70’s, siempre presto a aniquilar al Conde (interpretado a su vez la mayoría de las veces por el extraordinario Christopher Lee) con su engañosa estampa de hombrecillo quebradizo pero de incontables recursos mentales que lo colocaban a la par del poderoso vampiro. Mas, en una época rebosante de posmodernidad donde se nos plantea que incluso el 16º presidente de los Estados Unidos (mejor conocido como Abraham Lincoln) pudo medir fuerzas con los hijos de la noche en alguna fantástica ucronía histórica, bien vale la pena el recordar a aquellos otros valientes hombres y mujeres que han sacrificado su valioso tiempo libre para erradicar a este azote sobrenatural en numerosas producciones que se escurrieron agradablemente por el paladar cinéfilo y dejando un secundario efecto de culto.
Fue Roman Polansky quien, en plan de mofa al subgénero, planteó las hilarantes posibilidades subyacentes en la caza y persecución vampírica en su clásica “Danza de los Vampiros” (E.U., 1967) interpretando al poco avispado Alfred, aprendiz en estas lides del exterminio vampiril del Profesor Abronsius (Jack MacGowran). Una desacralizante mirada a un tema generalmente tratado con solemnidad y entereza gótica que vería una suerte de réplica 7 años después con “Capitán Kronos; Cazador de Vampiros”(Clemens, G.B., 1974), otra producción de la Hammer con título explicativo que destaca por una equilibrada y muy artesanal dirección e interpretaciones atípicas en esta clase de filmes pues el protagonista, Horst Janson, desdeña cualquier matiz de matinee en su trabajo e imprime rigor en su caracterización, brindando una actuación notable y legando un personaje memorable.
En los 80’s los cazavampiros se vieron beneficiados por un realce en películas notables que conjugaron el horror con el humor, despuntando entre una marejada de efectos especiales y repartos variados en producciones que también se enfilaron a la celebridad por su presencia, como fue el caso de “La Hora del Espanto” (Holland, E.U., 1985) y su secuela de 1988, pues la desopilante participación de Roddy McDowell como forzado héroe ante una serie de horripilantes circunstancias (que involucran ser asediado por sanguinarios vampiros al tratar de ayudar a un adolescente asediado por su vecino, un monstruo seductor muy bien interpretado por Chris Sarandon) enaltece una cinta de por sí notable ante su trabajada factura y desarrollo visual, mientras que los improvisados matavampiros de “Los Muchachos Perdidos” (Schumacher, E.U., 1987) interpretados por Corey Haim, Feldman y Jamison Newlander logran afrontar su desesperada situación (verse sitiados en una reducida casa por los ya-saben-qué) en base a divertidos sketches rockanrollescos, un poco más excesivos que el humor planteado por Joss Whedon en su guión para la cinta “Buffy La Cazavampiros” (Kuzui, E.U., 1 992), tibia comedia de pretensiones satíricas sobre una arquetípica chica del Valle californiano (Kristy Swanson) que descubre pertenece a un extenso linaje de aniquiladores de vampiros, por lo que entrenada al respecto por, ni más ni menos, que Donald Sutherland y contender al rey Nosferatu encarnado por Rutger Hauer en una producción que fracasó estrepitosamente en taquilla pero perduró gracias a una mema serie de televisión estelarizada con ciertas deficiencias mentales por la extraviada Sarah Michelle Gellar y un reparto de apoyo igualmente babieca pero que, aún así, aguantó varias temporadas. En cuanto al Mesías artemarcialista visto en “Jesus Christ Vampire Hunter” (Demarbre, E.U., 2001), baste decir que su alianza con un posmoderno Santo, el Enmascarado de Plata (por supuesto no Rudy Guzmán, sino un tal Jeff Moffet) para detener a los vampiros que se han adueñado de California es una de esas psicotónicas experiencias sólo aptas para adoradores del absurdo y el humor guarro.
En una línea más seria, otras producciones han logrado actualizar la senda marcada originalmente por Van Helsing pero con una variante importante: sus personajes pueden estar a la altura de la malevolencia de sus objetivos al cumplir su misión sin altruismos humanitarios o deberes morales. El mejor ejemplo es “Vampiros” (1996), un western moderno dirigido con mucha habilidad por John Carpenter donde James Woods, contratado por el Vaticano, se deshace de la plaga vampiresca por un precio, siguiendo un código de conducta amoral y muy lejano a los estrictos lineamientos teocéntricos del buen doctor Abraham. Más violentos son los personajes sustraídos del cómic, manga y videojuegos como las sagas de “Blade”, “Vampire Hunter D”, “Blood” y “Bloodrayne”, los cuales pertenecen a la categoría del “Dhampiro”, sujetos de ascendencia mestiza al ser engendrados por madre / padre vampiro(a) y humano(a). Cada una con su respectiva mitología y logros en cuanto narración y propuesta, aunque destacan “Blade II” (2002) por la frenética dirección de Guillermo del Toro y su destacado reparto y el anime “Vampire Hunter D”, muy evocativo y atmosférico.
Todos estos adalides de la causa humana, sin embargo, aún deben superar la prueba principal: lograr colocar su certera estaca en el corazón de Edward Cullen y así apagar su relumbrante cutícula para siempre, tal vez de esa forma el público logre recordar que, no hace mucho, los vampiros existieron para antagonizar a los hombres como oscuros reflejos de nuestra capacidad de deshumanización, no para seducirnos con diálogos babiecas. El que logre arrasar con esta molesta especie vampírica, alcanzará las loas de la multitud y mi eterno agradecimiento.
Nota: Los títulos mencionados se encuentran disponibles en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.
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