Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Si la experiencia de acudir al cine debe mostrar equivalencia con aquellas que experimentamos siendo niños y participar, mediante la (abundante) capacidad de asombro que poseíamos en aquel momento, de narrativas fantásticas donde lo imposible es moneda corriente, entonces “Valerian y La Ciudad de los Mil Planetas” cumple sobradamente, pues la imaginación empleada en la construcción de la digitalizada y barroca puesta en escena interplanetaria es desbordante, siendo éste uno de los deleites visuales del año. Pero si el cine debe ser también una experiencia que compense las exuberancias plásticas con ciertas recompensas de índole intelectual y argumentalmente creativas para que el placer no se limite a lo ocular, entonces aquí falla miserablemente, ya que la historia se deja aplanar por el aturdimiento estilístico, generando una trama insulsa con personajes de cartón. Estamos pues, ante una de las cintas más deslumbrantes y frustrantes del año al no poder conjurar un guión que allane las diversas temáticas que aborda con profundidad y a la altura de sus fantásticas imágenes. En esto pone en evidencia la pasión del experimentado pero muy irregular director francés Luc Besson en adaptar lo más fiel posible el añejo cómic creado en 1967 por los galos Pierre Christin y Jean-Claude Mezieres al enfocarse en el respeto por las normas plásticas desarrolladas en la influyente historieta (tanto lo fue que incluso George Lucas ha enunciado su influjo al crear “La Guerra de las Galaxias”), pero al hacerlo Besson cae una vez más en su desperfecto creativo que tanto lo ha traicionado en su ecléctica filmografía: estilo sobre sustancia. La cinta abre con un atractivo prólogo donde atestiguamos la creación de la masiva estación espacial Alfa en pleno Siglo 28. Dicho recinto estelar alberga a más de 5.000 civilizaciones (de ahí lo de “la ciudad de los mil planetas”). Corte y nos trasladamos al idílico planeta Mui, donde sus habitantes llevan una existencia pacífica hasta que su planeta es destruido por fuerzas externas. La gobernante moribunda de ese lugar envía un mensaje telepático que llega hasta el Mayor Valerian (Dane DeHaan), un soldado socarrón e irónico que se encuentra de descanso junto a su compañera de operaciones especiales y objeto de su eterno y mal correspondido afecto, la sargento Laureline (Cara Delevingne). Juntos tratan de descubrir el origen de la destrucción de Mui a la vez que procuran la recuperación de una peculiar especie, mas cuando arriban a la estación Alfa descubren que sus problemas apenas comienzan. Y es así como durante dos horas y 17 minutos, Besson dirige esta adaptación (según declaraciones del director, uno de sus sueños como cineasta) como si no hubiera un mañana, echando toda la carne al asador pero sin sazón, como si el objetivo fuera el mostrar que ahora sí es posible trasladar la compleja imaginería del cómic a la pantalla grande gracias a la tecnología digital pero dejando que la historia se vea diluida y los personajes sujetos a sus meras construcciones arquetípicas. A ello debemos añadirle la pésima decisión de elegir como protagonista a DeHaan, un mozalbete que carece de las tablas histriónicas para vender al personaje en base a sus características predeterminadas por el cómic –algo así como un Buck Rogers, valeroso e inteligente, con la personalidad sarcástica y donjuanesca de Han Solo– quedando como una entidad que sólo reacciona a lo que se le ponga enfrente. Delevingne, por su parte hace lo que puede pero también luce confundida e inconexa, supongo por tratar de interactuar con multitud de personajes y escenarios que serán añadidos en posproducción. El proceso es fascinante de ver pero frío en cuanto a entraña argumental, así que Luc Besson dejó ir una oportunidad valiosa por mostrar adecuadamente este universo nacido en el punto ebullente de la ciencia ficción europea y base inspiradora de creadores, lectores y amantes del género. “Valerian y La Ciudad de los Mil Planetas” es un ejemplo sobre lo que debe ser una cinta en cuanto a creatividad visual y a la vez un pésimo ejemplo de narrativa cinematográfica, tan dispersa y confusa como el colorido universo que aquí se muestra.

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