Una biblioteca, señora, señor, es uno de los más altos signos de civilización que puede uno encontrar; la evidencia de que quienes la construyeron se han alzado sobre la tierra, y aprendido a volar. Han abierto los ojos y oteado el universo, tomando distancia de sus orígenes remotos, y honrado de esta forma su condición humana.

La verdad es que invariablemente me ha asombrado recorrer alguna, así sea la de Cañada Honda o de Palo Alto; casi la que sea porque, según recuerdo, tanto en estas como en otras es posible encontrar una síntesis del pensamiento humano y de su historia, en ejemplos que abarcan prácticamente todas las áreas de conocimiento. Por eso una biblioteca es también una carta de presentación de nuestra humanidad.

Escribo lo anterior, todavía con el recuerdo de la estimulante, dichosa experiencia de haber estado en una de ellas. Y si ya de por sí es gratificante asistir a uno de estos establecimientos, más lo es si esto ocurre en temporada de Mis vacaciones en la biblioteca, por aquello de la apuesta por la esperanza que significa este esfuerzo de acercar a los niños a los libros; arrancarlos de las garras de la televisión, aunque sea por unas horas; aunque sea eso.

Por si esto no fuera suficiente, sumaré el hecho de que la biblioteca que visité tiene el profético título de Central Bicentenario, y que se encuentra en el complejo Tres Centurias, muy cerca de la antigua estación del ferrocarril.

Si no conoce usted esta parte de la ciudad, debería darse la oportunidad, porque la zona contiene uno de los poquísimos paisajes industriales de Aguascalientes, con construcciones centenarias muy dignas de detenida admiración, que además por obra y gracia de las artes, han recibido una segunda oportunidad de vida y servicio.

La biblioteca, por ejemplo, fue en su momento la Casa de Fuerza del taller ferroviario, es decir, la instalación en la que se generaba la energía eléctrica que le dio vida al establecimiento fabril, y no sé si también se producía vapor, imprescindible para la operación de algunos departamentos.

De hecho, entre la estantería repleta de libros yacen, mudos testigos de otras épocas, muy quietecitas y silenciosas, diversas máquinas que produjeron la música de la modernidad industrial.

Justo al sur de la biblioteca está el edificio que en el pasado albergó la construcción y reparación de locomotoras diesel; ese mismo espacio que es hoy en día un gran salón de fiestas y exhibiciones. Finalmente, al norte de la biblioteca está el antiguo almacén, que es hoy sede de la Escuela de Danza, y otras construcciones recientemente edificadas, que como la anterior, también forman parte de la Universidad de las Artes, dependiente del Instituto Cultural de Aguascalientes.

Como seguramente usted sabe, por lo menos si tomamos en cuenta lo que quedó en la zona, se pueden apreciar dos épocas de edificación. La primera, a que hice referencia, de hace un siglo, aproximadamente, y otra de hace unos 50 años, con grandes naves industriales de ladrillo rojo, menos atractivas que las anteriores, que son precisamente las más apreciables desde la avenida Gómez Morín. Justamente una de ellas, frente a la biblioteca, ha sido acondicionada para recibir en fecha próxima a la Escuela de Música del ICA.

Hay en el área otras zonas en proceso de recuperación, y otras más de ambas épocas constructivas, que esperan el momento de su reincorporación al patrimonio de Aguascalientes.

En fin, que esta biblioteca, dada su muy alta alcurnia, tiene un área especialmente preparada para recibir a los niños, con una estantería que es un ferrocarril con todo y locomotora de vapor, y sus vagones cargados de libros, todo en vistosos colores. Ciertamente esta parte de la instalación tiene también mesas ante las cuales sentarse a realizar diversas actividades, como por ejemplo, confeccionar aviones de papel, tal y como hacía un grupo de niños la ocasión en que fui, pero también hay otra zona con cojines que son cubos con letras y números, o bancas que recuerdan grandes libros, para instalarse cómodamente. Este de aquí, por ejemplo, es una banca que lleva el título de La cámara secreta, de la serie de Harry Potter, en tanto que el respaldo anuncia que se trata de Peter Pan; aquel es La cenicienta…

El día que estuve ahí me senté frente a una niña que se había apartado del grupo principal y sentado ante una mesa para sumergirse en un volumen cuyas páginas estaban cuajadas de imágenes de brillantes colores y atractivas formas, la historia de una gota de agua, su evaporación en el océano, y luego su condensación en una nube, la lluvia y la fecundación de la tierra; el ciclo que sustenta la vida, y que viene ocurriendo desde hace millones de años.

Y mientras la observaba me pregunté si sería capaz de dar el salto mortal que significa dejar atrás las imágenes para concentrarse en estos signos abstractos que llamamos palabras, que significan un sinfín de cosas, y convertirse en una lectora adulta, y quizá en una ciudadana…

A esto me refiero cuando hablo de que este programa de Mis vacaciones en la biblioteca es una apuesta por la esperanza, así como para creer que quizá sí tengamos remedio, aunque sea mientras esté uno ahí… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).

¡Participa con tu opinión!