Luis Muñoz Fernández y Manuel González Reynaga

 Los efectos de los virus fueron descubiertos mucho antes que los propios virus. Las manifestaciones clínicas de la  viruela, la rabia y el sarampión fueron atrozmente familiares durante siglos, milenios, aunque sus agentes causales no lo fuesen. Las infecciones agudas y los brotes epidémicos se entendieron de diversas maneras –causados por vapores y efluvios miasmáticos, por la suciedad y la materia en descomposición, por la pobreza, por la voluntad de Dios, por un “mal de ojo”, por el aire frío o los pies húmedos– pero la identificación de los microbios patógenos fue mucho más lenta.

David Quammen. Spillover. Animal infections and the next human pandemic,2012.

Este viernes 28 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Rabia. La selección de la fecha por la Organización Mundial de la Salud no fue aleatoria, pues fue justamente el 28 de septiembre de 1895 cuando falleció el químico y microbiologo francés Louis Pasteur, uno de los más grandes benefactores de la humanidad. René Vallery-Radot, su yerno, lo cuenta así:

En la última semana de septiembre ya no tuvo fuerza para levantarse. Su debilidad era extrema. El 27 de septiembre, cuando se inclinaban sobre su lecho para ofrecerle una taza de leche, dijo, en tono de desaliento, “no puedo más”. Su mirada tenía una expresión de indecible resignación, de bondad, de adiós. […] Una de sus manos estaba en las de su esposa y en la otra tenía un crucifijo. En esta habitación, que por su simplicidad parecía una celda, el sábado 28 de septiembre de 1895, rodeado de su familia y de sus discípulos, a las 4:30 de la tarde expiró tranquilamente.

La palabra rabia derivade la antigua raíz indoeuropea rabh, que significa “estar furioso” y es el nombre de una enfermedad muy antigua, posiblemente anterior a la aparición de los seres humanos. El hombre la adquiere accidentalmente a través de la mordedura de un animal portador del virus que la causa. En la naturaleza, el virus de la rabia infecta habitualmente a los animales de la familia del perro, pero puede encontrarse en otros como las nutrias, castores, murciélagos, gatos, zorros, hurones y mapaches. Ellos contagian a los animales domésticos: el ganado vacuno, ovino y caprino, los caballos, burros, conejos y, por supuesto, los perros. Son estos los que con mayor frecuencia transmiten el virus al ser humano.

No se trata de un virus cualquiera. En su libro Rabioso. Una historia cultural del virus más diabólico del mundo (Rabid. A cultural history of the world’s most diabolical virus. Viking, 2012), Bill Wasik y Monica Murphy lo exponen en los siguientes términos:

Es el virus más letal del mundo, un patógeno que mata a prácticamente al cien por ciento de los huéspedes en la mayoría de las especies a las que infecta, incluyendo a la especie humana. Como hecho a propósito, el virus de la rabia tiene forma de bala: una vaina cilíndrica de glucoproteínas y lípidos que lleva, en su punta redondeada, una carga malévola de ácido rinonucleico helicoidal. […] Una vez dentro del cerebro, el virus hace su labor lentamente pero con diligencia, fatalmente, para envolver a la mente, suprimiendo la racionalidad y estimulando la bestialidad. La agresión aumenta como la fiebre, las inhibiciones se derriten y la salivación aumenta. A la criatura infectada sólo le quedan algunos días de vida que va a emplear en atacar, echar espuma por la boca y en arremeter y morder en medio de la locura porque el demonio que la posee está buscando más huéspedes.

Se dice que Pasteur dedicó a la rabia sus mayores esfuerzos con el propósito de descubrir su causa y prevención. Lo que más lo estimulaba en esta empresa era un recuerdo de su niñez en Arbois, localidad en la que vivió durante su infancia y en la que fue testigo de la brutal cauterización que el herrero del pueblo le practicó a un niño que había sido mordido por un perro rabioso. Aunque la rabia fue uno de los últimos temas en los que se interesó Pasteur, la vacuna que inventó para prevenirla fue, entre todas su aportaciones, la que más le hizo ganar fama en todo el mundo.

Louis Pasteur (1822-1895)                               Virus de la rabia

El 24 de enero de 1881, casi a los 60 años de edad, Pasteur se dirigió a los miembros de Academia de Ciencias de Francia señalando que “si la rabia pudiera se atribuida a la acción de un microorganismo, no estaría más allá de los recursos actuales de la ciencia encontrar el medio de atenuar su acción para hacerlo después servir a preservar a los perros y más tarde al hombre, de la terrible enfermedad”. Nunca llegó a observar al agente causal de la rabia porque en su época todavía no se había inventado el microscopio electrónico y el virus, cuya dimensión máxima es de unas 200 millonésimas de milímetro, sólo puede ser observado directamente mediante este instrumento. Sin embargo, haciendo gala de su genialidad, intuyó la existencia del virus y fue capaz de desarrollar la primera vacuna para evitar una espantosa agonía que sólo terminaba con la muerte.

Aunque Pasteur nunca pudo ver al virus de la rabia, supo reconocer las alteraciones que ocasionaba en el cerebro. En estos casos, lo que se observa es una notable congestión cerebral y, con el microscopio, inflamación y degeneración neuronal. Estos cambios son particularmente notables en el bulbo raquídeo, que es la porción del tallo cerebral que conecta a la médula espinal con el encéfalo y que contiene los centros donde se regulan las más importantes funciones vitales, de ahí que el daño causado por el virus provoque la muerte. Algunas neuronas, como es el caso de las células de Purkinje del cerebelo, contienen unos depósitos redondos llamados cuerpos de Negri en honor a su descubridor, el patólogo italiano Adelchi Negri (1876-1912), alumno de Camilo Golgi.

Como el virus viaja a través de los nervios a una velocidad de 3 milímetros por hora, la enfermedad se manifiesta entre uno y tres meses después de la mordedura, dependiendo de qué tan lejos se encuentre la herida del cerebro. En un principio aparece malestar, dolor de cabeza y hormigueos en torno a la herida. Posteriormente sobreviene un estado excitabilidad creciente con movimientos exagerados ante el mínimo estímulo, incluso convulsiones, la garganta sufre espasmos cada vez que el enfermo intenta tragar algo y la saliva espumosa sale por la boca. Por eso el paciente no quiere ni siquiera beber agua (hidrofobia). Finalmente, se alternan períodos de agitación y estupor hasta que el paciente cae en coma y fallece de paro respiratorio.

El 16 de junio de 1885 Pasteur salvó la vida de Joseph Meister, el primer ser humano vacunado contra la rabia. Si la rabia es una forma de posesión casi diabólica (¿se habrán confundido alguna vez?), la vacuna es un exorcismo eficaz.

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AGRADECIMIENTO: En este texto conté con la invaluable colaboración del Biólogo Manuel González Reynaga, responsable del laboratorio de histología, histoquímica e inmunohistoquímica del Servicio de Anatomía Patológica del Centenario Hospital Miguel Hidalgo.