RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

El pasado 21 de marzo se conmemoró el aniversario número 214 del nacimiento de Benito Juárez García. El político más emblemático de nuestro país que nació en el año de 1806. El personaje más importante en la historia nacional y el que es el primero que conocemos siendo niños en las escuelas y al que incluso se le festeja a nivel nacional la fecha de su nacimiento, que curiosamente es el mismo día en que inicia la primavera. A eso hay que agregar que el actual presidente de la república es su principal admirador y lo ha tratado de usar como su guía, su estandarte, el ejemplo a seguir, aunque no tengo la certeza de decir que hasta el día de hoy lo ha conseguido.

Benito Juárez tiene una historia política maravillosa pues a nació en un pueblo en donde la miseria era la constante, en donde no había manera de estudiar y que la actividad principal era el cuidar animales o practicar la agricultura. Juárez quedó huérfano muy pequeño, a los tres años de edad, y tiempo después cuando murieron sus abuelos, su tío Bernardino se hizo cargo de él y fue ese tío el que le enseñó a hablar el español, pues el pequeño Benito solo hablaba el zapoteco.

Le comento parte de su historial, parte de su vida, antes de mencionarle los cargos políticos que tuvo a lo largo de su vida. A los doce años Juárez se fue de San Pablo Guelatao, el pueblo zapoteco en que había nacido, a la capital del estado: Oaxaca. Ahí llegó con quien años después sería su suegro: Antonio Maza, ya que casi 23 años después Benito contraería nupcias con Margarita Maza Parada, esto ocurrió el 31 de octubre de 1843. La diferencia de edades entre Benito y Margarita era grande, pues Benito tenía al momento de casarse 37 años y Margarita 17. El matrimonio tuvo 12 hijos, tres hombres y siete mujeres, aunque hay que decir que cinco fallecieron siendo muy pequeños.

Benito Juárez tuvo, le comentaba líneas arriba, tuvo una carrera política extraordinaria pues fue regidor, diputado local, diputado federal, senador, secretario de Gobernación, ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y presidente de la República por 14 años.

Todos en México lo conocemos como el Benemérito de las Américas, pero probablemente muchos no sepan por qué o qué quiere decir esto. Este título de Benemérito lo recibió de parte de los gobiernos de Colombia y la República Dominicana y benemérito significa digno de galardón o de una distinción.

De Benito Juárez hay mucho que decir, su vida fue de contrastes, los cuales sirvieron para configurar una vida plena de ejemplos de cómo un hombre de cuna humilde puede llegar muy lejos en su afán por servir a la nación. Benito Juárez fue un ser humano y como tal tuvo sus virtudes y defectos, no fue un hombre perfecto y de eso no me encargaré yo de clarificar o evidenciar. Para mi Juárez es un hombre que sirvió con lealtad a la patria y que hoy merece ser recordado con gratitud y para ello qué mejor que contar a usted una anécdota que pinta de cuerpo entero al hombre sencillo que era nuestro personaje. Espero disfrute lo que enseguida le voy a narrar.

Tuvo Benito Juárez entre sus virtudes la de ser un hombre de trato sencillo en extremo. Pudiera decirse que se enorgullecía de su modestia. Lo cierto es que toda actitud extrema presenta ángulos de humor, o da lugar alguna vez a situaciones graciosas como la que protagonizaron don Benito y la criadita Petrona.

El 19 de enero de 1858, en Guanajuato, Juárez se hizo cargo del Poder Ejecutivo apoyado por una coalición de nueve estados, entre ellos Veracruz, donde gobernaba el político liberal Manuel Gutiérrez Zamora, quién dándose cuenta de las dificultades enfrentadas por el nuevo presidente, lo invitó a trasladar los poderes a esa entidad. Juárez aceptó, arribando al puerto de Veracruz el 4 de mayo de ese año.

Antes de asumir la gubernatura, Gutiérrez Zamora fue un próspero comerciante. Y era propietario de una casa amplia y hermosa, su domicilio particular, donde se dispuso a alojar al primer mandatario y a sus ministros, quienes llegaron por la noche, cuando ya los criados se habían retirado.

La mejor habitación le fue ofrecida a Juárez. Pero éste la cambio por la de Melchor Ocampo, aduciendo que estaba más próxima al cuarto de baño.

Entre la servidumbre de la casa había una joven oaxaqueña a la que emocionaba saber que el famoso paisano suyo, nada menos que don Benito Juárez, licenciado y presidente de México, iba a permanecer alojado allí. Tomando en cuenta que Manuel Gutiérrez Zamora era criollo cuarentón de ojos claros, barba tirando a rubia y buena estatura, la inocente Petrona supuso que el presidente sería por la fuerza un hombre guapo y gallardo.

Al día siguiente, Juárez se levantó temprano y fue al cuarto de baño; como no había agua, dio unas palmadas para llamar al servicio, acudiendo Petrona, que de mal modo le preguntó:

-¿Qué es lo que quiere?

-Señorita, deme por favor agua para asearme- solicitó don Benito.

-¡Oh, pues espérese! ¡Vaya con el indito tan exigente y tan aseado! Me parece que primero debo atender al que tiene derecho de ser atendido primero- replicó la criada, mirando hacia la habitación ocupada por  Melchor Ocampo.

Juárez se retiró a su cuarto y esperó unos quince minutos para volver al baño, palmear de nuevo y reiterar su petición de agua para lavarse.

Una vez más se presentó Petrona, poniéndose a rezongar, más enojada que antes.

-¡Ah, pero que oler del indio éste! Ya le dije que primero hay que servirle al que de veras es importante. Y ultimadamente si tanto apuro tiene, vaya usted mismo por el agua. Al final del corredor está la llave.

-Gracias señorita- le dijo Juárez, y sin chistar tomó una cubeta y fue por el agua, mientras la criada se marchaba entre refunfuños.

-¡Estos indios en puestos de mando son latosos como ellos solos!

Se acercaba la hora del desayuno y Petrona, ataviada con sus mejores galas oaxaqueñas, ardía en deseos de conocer al presidente Juárez, feliz de haber obtenido del ama de llaves el privilegio de atender personalmente al ilustre huésped.

Cada que la criadita veía a algún huésped bien plantado se deshacía en atenciones, por si acaso se trataba del primer mandatario.

Por uno de los corredores vio cruzar al indio que le pidiera agua. Se había puesto levita negra y tomaba del brazo al gobernador.

-Indio igualado- murmuró Petrona.

Llegó el momento de que los huéspedes y su anfitrión se sentaran a la mesa, y Petrona creyó morir de miedo y vergüenza cuando vio que la silla de honor, la de alto respaldo y reservada para el presidente, le era ofrecida al indio chaparro -Juárez medía 1.37- y feo al que ella había tratado con grosería.

Segura de que algo terrible le iba a ocurrir, la muchacha rompió a llorar.

Juárez la tomó delicadamente por el brazo y con su exquisita cortesía le dijo:

-No llore, señorita, cálmese. Aquí no ha pasado nada. Todos podemos equivocarnos a veces. Tranquilícese y vuelva a sus ocupaciones, segura de contar con mi respeto y mi afecto.

Ese era Juárez, el hombre sencillo, del pueblo, que falleció en el Palacio Nacional a los 66 años, de angina de pecho. Hoy quise recordarlo con motivo del aniversario de su nacimiento y qué mejor que con esta anécdota que lo pinta como el hombre sencillo que siempre fue.