El jueves pasado comenzó la brevísima temporada de la obra de teatro No más Gardel, el nuevo proyecto de la agrupación “Proyecto 5 Teatro”, que cuenta con las actuaciones de Mariana Torres Ruiz y Beto Béjar, la dirección de Concepción Macías Candelas, y la producción de Alexa Torres, todos ellos teatreros de rancio abolengo en estos lares. El texto es de Mariana, y proviene del poemario De muerte y rabia, con el que en 2013 ganó el Premio Dolores Castro, que organiza el Instituto Municipal para la Cultura Aguascalentense.

Vale la pena referirse a algunos aspectos del montaje, que debidamente mezclados propiciaron que la experiencia de asistir fuera como uno de esos cocteles que lo atarantan a uno rico, y le dejan una sensación de gratitud por haberlo degustado…

En primer lugar está el sitio de la representación, distante de los espacios convencionales, porque No más Gardel tiene lugar en la sala de una antigua casa de la acera norte de la calle de Allende, con su ventana de madera y su reja, y en la puerta unas protecciones de balconero que era un poco artista…

Quienes asistimos ingresamos al pequeño espacio, y poco a poco nos acomodamos en una tribuna ideada ex profeso por Lalo Gaitán, al igual que la escenografía, que tiene cinco filas, cada una para recibir a unas seis personas; cinco filas para sentarse y cinco filas para descansar los pies… Entramos, ruidosos, preguntándonos si el artilugio de aparentemente sólida madera resistirá nuestros cuerpos, buscando acomodo en la penumbra, casi sin caer en la cuenta que los actores ya estaban ahí, ella mustia; carcomida por la tristeza; seca, y él distante; ambos unidos por el silencio.

El espacio para este diálogo de La chata y El profe tiene unos seis metros cuadrados y su piso es colorido testigo del tiempo perdido; uno de esos mosaicos maravillosos de elaborados diseños de flores y otras florituras, en tonos de verde grisáceo –¿o era azul?–, amarillo y café, que fueron comunes a mediados del siglo anterior; signo, entonces, de la modernidad que se nos venía encima, y la buena crianza.

La escenografía es elemental: del lado de la ventana un banco, una cama con la anchura de un catre, y en la esquina un espejo partido en dos, que tiene encima una fotografía del profe Béjar, una veladora y una imagen de la Virgen de Guadalupe. En el lado contrario están un perchero con un traje blanco, sombrero incluido, una caja pequeña con ropa, una mesita de tres patas con una pecera llena de cenizas y una botella de agua que arde, casi vacía, y en la pared el cuadro de un florero.

El montaje inicia cuando Béjar comienza a cantar; casi a murmurar, El día que me quieras, del inmortal Carlos Gardel…

La obra trata de… ¿Cuál es el tema? ¿La violencia que padece el país, su inutilidad; la incapacidad –o complicidad– gubernamental para devolvernos la tranquilidad que nos arrebataron; la maternidad cancelada; el erotismo fallido; el abandono impuesto; la ira por la muerte banal; el duelo a que la pérdida obliga; la impotencia frente a lo que parece irremediable; los infinitos abajo firmantes que exigen justicia; el secuestro; la desaparición forzada; la imposibilidad del retorno?

¿Cuál es el tema? ¿La plaza de armas vacía –“la plaza está desierta, / me quedé sin ti / sin mis compañeras de muerte / sin nada”, clama La chata–; la ciudad que se suponía tranquila porque “aquí vivían las familias de los malos”, y entonces eso la hacía segura, hasta que dejó de serlo, hasta que comenzaron a aparecer los muertos en la ciudad de la gente buena; el estío de mayo, que casi hace hervir la sangre; la memoria y el olvido?

Todo aparece; todo pasa por el cedazo de estas vidas mutiladas, y en el medio están los tangos de Gardel, un par de ellos, y en especial aquel terrible; desgarrador –¿habrá alguno que no lo sea?– que bailan La chata y el ánima de su amado profe: Volver; ese que comienza con aquello de “Yo adivino el parpadeo / de las luces que a lo lejos / van marcando mi retorno”. Terrible porque señora, señor: de volver, volver; lo que se dice volver, volver, nanai… Ni vuelta de hoja, salvo en este tango, en la literaria vuelta de Ulises y en la clásica de nuestro señor, el oráculo de las venas desgarradas de México, el no menos inmortal José Alfredo Jiménez.

Con la pena, pero a final de cuenta la vida transcurre en un solo sentido, por más ilusiones que nos hagamos sobre un posible retorno. De volver, nada, por muy certera palabra que se tenga, por muy poética y alada, como cuando el profe anuncia: “Cuando sea sólo más polvo en el desierto / mis partículas volverán hasta ti / en una tolvanera / y me quedaré para siempre / en el alféizar de las ventanas / de lo que fue mi, nuestra, / casa”. Volver… Aunque sea metido en una enorme tolvanera de polvo y ceniza.”

Palabras y sólo palabras, vestidas de humanidad apasionada… Imágenes que pretenden ser un antídoto contra la desesperanza. Palabras convertidas en teatro, que en este caso refresca el alma de manera misteriosa, otorga el placer de respirar profundo y asombrarse con un buen trabajo, y al mismo tiempo invita a condolerse de la tragedia del marido desaparecido, el hijo, el hermano, el primo, el sobrino, muertos uno y todos. ¿Por qué; para qué? No más Gardel es un poco la tragedia de todos, o un mucho…

Hasta ayer la obra se ha presentado en cuatro ocasiones, y vendrán todavía ocho más en los próximos días. Ojalá y tenga la oportunidad de participar de esta experiencia excepcional. Píquele al “facebook” el título de la obra: No más Gardel, y aparecerá la información que necesita para apersonarse en alguna de las funciones; le aseguro que la tribuna resiste… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).