Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Sin duda la Universidad Autónoma de Aguascalientes tuvo una muy honrosa participación en las actividades llevadas a cabo el año pasado, con motivo del centenario de la Convención Militar Revolucionaria, que vale la pena recordar, aunque sea de manera muy somera.

En junio, el Departamento de Historia participó de manera conjunta con la Universidad de Zacatecas en la organización de un seminario conmemorativo del centenario de la Batalla de Zacatecas. Luego, en septiembre tuvo lugar el VIII Seminario de Historia Regional, en el que se presentaron ponencias sobre la convención y temas afines. Días después tuvo lugar un Coloquio Nacional, que propició el encuentro de investigadores que compartieron su reflexión en torno a estos acontecimientos.

Por otra parte, también habría que señalar que en estas y otras actividades estuvimos presentes estudiantes y profesores, no sólo en la estimulante tarea de reflexionar sobre esta reunión y su trascendencia, sino también en el esfuerzo de darle la debida difusión a través de radio y televisión, con participaciones en programas y entrevistas.

Otra actividad muy interesante fue la proyección de películas de la época revolucionaria, que se acompañó con la interpretación de un pianista, tal y como se estilaba en la etapa previa al cine sonoro, en tres sesiones realizadas en el Centro Cultural Universitario. A esto habría que sumar el montaje de fotografías en el enrejado de Avenida Universidad, en el extremo sur oriente del campus universitario, y en el interior, en el andador poniente del Jardín de las Generaciones. Buenas fotografías, algunas en verdad excepcionales; raras, no sólo de los delegados en pleno jaleo discursivo, sino del Teatro Morelos; del Aguascalientes de esos días, con sus mulas y carretones, y sus contrastes de blancos, negros y grises.

Por su parte, los estudiantes de la carrera de Historia llamaron Memorias de la Revolución Mexicana al número nueve de su publicación Horizonte Histórico, con artículos no sólo sobre la convención, sino también la Batalla de Zacatecas, los bienes eclesiásticos en esa época, la revolución en Oaxaca, etc.

En materia editorial, la universidad participó en la coedición de tres libros clásicos sobre la convención, conjuntamente con el Instituto Nacional de Estudios de las Revoluciones de México, que se presentaron en las postrimerías del año. Otro libro publicado por la UAA fue ¡Juímonos! O la bola perdida, un texto dramático escrito por Ladislao Rafael Juárez Rodríguez, que se presentó y escenificó el 30 de octubre.

Otra institución que participó con un gran entusiasmo en las remembranzas y reflexiones, fue el centro INAH en Aguascalientes, que organizó un Seminario Patrimonio e Historia de Aguascalientes, con una serie de conferencias, algunas de ellas a cargo de profesores de la UAA.

Finalmente, en este recuento de actividades es preciso recordar lo realizado por la Asociación de Amigos de la Historia de Aguascalientes, con un ciclo de cuatro conferencias sobre historia de Aguascalientes. Sin duda estas actividades deben resaltarse en la medida en que fueron organizadas por una agrupación no institucional, es decir, no gubernamental o educativa. El gran mérito de este esfuerzo radica en que se trata de, literalmente, una iniciativa privada, y que por ello mismo es ejemplar. Ojalá y esfuerzos como éste se replicaran en otros ámbitos de actividad.

Pero independientemente de lo anterior, de la nota de color y los divertimentos, estoy convencido de que la mejor manera de recordar un acontecimiento como la Convención de Aguascalientes, conmemorarlo, es acercarse a la historia, entendida no como una asignatura escolar, el tormento de unos y la diversión de otros; no como el patrimonio de quienes pretenden secuestrarla e interpretarla a su gusto y conveniencia, y oficiar con ella el ritual de su legitimación. No así, sino más bien como un ingrediente imprescindible para la formación de ciudadanía; eso que tanto falta para dejar de ser borregos; carne de cañón de políticos faltos de escrúpulos y sobrados de ambición, y convertirnos en ciudadanos, con todo lo que ello implica, la alta responsabilidad, la participación, la reflexión y discusión pública de los asuntos públicos. El esfuerzo organizado para trabajar por una vida mejor, digna de nuestra naturaleza humana. Ser ciudadanos, respetar y ser respetados, aportar y recibir; exigir y participar; sentirse satisfechos de ser parte de esta gran comunidad.

Ya para terminar, es preciso señalar que las conmemoraciones no concluyen aún… La ahora desértica explanada abierta en el lado oriente del teatro será llenada con la obra del arquitecto holandés Jan Hendrix, que a últimas fechas se ha puesto de moda en México –como el escultor Sebastián en los años 90.

Desde luego, hay un riesgo en introducir un elemento contemporáneo en el contexto del paisaje urbano de la Plaza de Armas, para que conviva con la catedral virreinal, la exedra y el Teatro Morelos neoclásicos, el Palacio de Gobierno, la sede actual del Congreso del Estado, construido por Refugio Reyes…

Aquí podrá pasar una de tres cosas: 1.- la obra será muy celebrada y enriquecerá el paisaje de la ciudad, convirtiéndose en un monumento para admirar y presumir; 2.- la obra recibirá la rechifla del año –o de la década–, porque a los ojos de la gente desmerecerá con sus vecinos; o, 3.- no pasará nada, porque a nadie le importará, como también suele ocurrir entre nosotros.

Pago por ver… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).