Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Las pasadas cinco entregas de esta quinceañera columna las dediqué a tratar el tema de las élites locales, vistas a través de la Memoria, la publicación que edita el Instituto Aguascalientes al final delos ciclos escolares.

Semejante esfuerzo propició una serie de comentarios entre quienes me distinguen con su lectura, que ahora quiero aprovechar para hilvanar unas cuantas líneas más, con el objeto de ampliar un poco la información sobre esta importante institución educativa de Aguascalientes. Así que corre y se va:

El profesor Antonio Villalobos Alemán, que durante años formó parte del personal docente del Colegio de la Paz –la versión femenina del Marista– me escribió las siguientes líneas: “Allá por el año de 1955 comenzó a funcionar el embrión de lo que después sería el Instituto Aguascalientes (o Colegio Marista), primero en la escuela Telpuchcalli, en la calle del Estanque (José María Arteaga), pero unos meses después nos tocó estrenar las flamantes instalaciones, de las llamadas «calles» de Uruguay y Brasil, en realidad extramuros de la ciudad, enclavadas entre verdes maizales y establos, a los que sólo conectaba una brecha que se desprendía de la calle Tíboli, al suroeste de la escuela “21 de agosto”. Por lo tanto, los alumnos nos transportábamos en bicicleta, otros en el automóvil familiar y poco después se amplió la ruta de autobuses urbanos “San Marcos-Estación-Colonias”, o sea “azules” hasta las puertas del colegio, que en época de lluvias “ayudaban” a que aquella brecha se convirtiera en el paso del Mar Rojo, con lodazales que hacían que aquello se transformara en las trincheras del Marne (1916).

Bueno pero el anverso de la medalla era diferente, pues nuestras nuevas aulas flamantísimas, despedían los olores de lo nuevo, pintura, madera, tierra húmeda.Primeramente sólo existía el ala sur con los salones de la primaria y el de 1º. de secundaria, el enorme zaguán, la dirección, el comedor de los medio internos y en extremo oriente la casa de los hermanos, hacia el norte: el patio de honor, los postes de spiroball y dos canchas de básquetbol, el resto, sólo un enorme lote circunvalado por una barda perimetral, con la expectativa de que en el futuro se erigiera el resto de la secundaria y la preparatoria, sin embargo ya para 1959 éramos 312 alumnos. En la brillante Fiesta Atlética de ese año fungieron como capitanes: del grupo de los Azules: José Luis Rivera, en esa ocasión la mayoría de las competencias las “ganamos” los Azules. La Presidencia de los juegos estuvo formada por las siguientes personalidades: Ing. Luis Ortega Douglas, Gobernador del Estado; Srta. Carmela Martín del Campo, Presidenta Municipal. El Gral. De Div. Juventino Espinosa, Comandante de la XIV Zona Militar, los miembros de la Directiva de Padres de Familia; el Director de Educación, Profesor Jacinto Maldonado, así como las señoras del Comité de Damas pro Instituto Aguascalientes.

De aquellos años no puede olvidarse el espíritu  deportivo de los clubes de futbol: Fluminense, River Plate, Real Madrid, etc., así como la disciplina y marcialidad de la banda de guerra, cuyo sargento de órdenes era el gran amigo Paco Aguayo o la jocosidad perene de Carlos Ortega, la caballerosidad de Mario Giacinti… Y bueno, la gran injusticia de no poder referirme a las buenas características de cada compañero. Son también memorables la bonhomía de nuestros maestros: el Sr. Alfredo Moreno Jiménez, las clases de Historia del Sr. Menchaca, las de Geografía del Sr. Pastrana, la erudición y energía del Sr. Meza, el espíritu fraterno del Sr. Juan (que engarzaba rosarios), la amabilidad del Sr. Limón; el Sr. Del Toro y otro gran etc., sin olvidar al “Güero” Gutiérrez y los deliciosos menús que preparaba para los que éramos medio-internos.

¡Ah!, pero falta enmarcar el hermoso panorama que apreciábamos desde los corredores del colegio, con el cerramiento por demás bellísimo del Cerro del Muerto y el verdor de la fronda rivereña del Río Piules. Rica alimentación nutrió nuestra adolescencia para afrontar el porvenir.

Hasta aquí el maestro Villalobos. Me permito hacer un par de precisiones de lo dicho arriba. Si la memoria no me engaña, los trayectos que hacían los camiones azules, cuyo nombre era Ruta Madero, eran Hospital Vivienda Popular y Alameda Colonia San Marcos, aunque ambos itinerarios terminaban en el mismo lugar, en donde hoy se encuentra el parque de la calle Campeche.

La otra precisión refiere a lo que dice el profesor Villalobos de los alumnos “medio internos”. En esa época el horario del colegio era discontinuo, de 9 a 12 y de 3 a 5. Entonces, algunos alumnos vivían tan lejos, que resultaba muy complicado que fueran a casa a comer. De aquí que se quedaran como “medio internos”. Era el caso, por ejemplo, de los hermanos Espinosa Menéndez, que vivían en la hacienda de Chichimeco, en Jesús María.

Por su parte Juan Francisco Tiscareño Gutiérrez me informa que el terreno donde se construyó el colegio, 10 hectáreas, perteneció a su abuelo, el señor Felipe Tiscareño Romoque en un gesto de apoyo lo vendió a la institución a peso el metro cuadrado, cuando en esa época tenía un costo de $10.00. La venta se llevó a cabo por la intermediación del padre José Casillas, que luego murió en un accidente automovilístico en la carretera a México.

Era aquel un terreno dedicado al cultivo de hortalizas, que se regaba con aguas negras, “y nadie se enfermaba”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).