Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Un periódico antiguo, señora, señor, es una ventana al pasado; el ojo de la cerradura por el que puede uno mirar hacia el otro lado, e incursionar en ese territorio inasible, habitado por fantasmas; la bruma y las arenas movedizas de lo que ya no tiene una existencia real, salvo en la mente del observador o en el frágil y ajado papel que tiene ante sus ojos, porque ojear un periódico antiguo significa adentrarse en lo que ya no es; una ventana congelada que permite un viaje en el tiempo, aunque este recorrido se realice en una vehículo incómodo, y hasta inseguro, como transitar en un camino lleno de baches.

Un periódico antiguo es, en síntesis, una herramienta que permite vislumbrar el tiempo perdido; lo que fue y dejó de ser, todo aquello que puede rastrearse en las calles, en las plazas, ahí en la casa donde usted vivió, la escuela donde estudió, la empresa en la que trabajó o por donde caminó, pero que luego, como todo en esta vida, pasó a la historia, a su historia. Como si se tratara de un libro, pasó la página y aquello que recibía la luz plena del Sol terminó oscureciéndose para dar paso a una nueva página, que seguirá el mismo destino una vez agotado su tiempo.

Todo pasa; desaparece y adquiere esa sustancia etérea, frágil y extraña, del recuerdo personal, gracias a algún sucedido emocionante, para bien o para mal; alguna persona interesante o despreciable que se cruzó por su camino, y que se le quedó grabado en la mente, en el corazón.

Un periódico antiguo es como lo que le ocurre a una persona, que en el día de su boda se hubiera tomado las fotografías correspondientes en la antigua estación del ferrocarril, o en el jardín de enfrente, a un lado de la fuente, o entre las casuarinas, pero luego, años después; muchos años, tal vez cuando ya todo lo interesante y novedoso hubiera pasado, regresara al mismo sitio y observara los edificios, los árboles, las bancas con anuncios de negocios que ya no existen, y a la vista de todo aquello reconstruyera en su mente aquel momento mágico de su vida, y se viera caminando entre los árboles con su pareja, y los pajes, los padrinos y las damas, en seguimiento del fotógrafo que, ajeno a la emoción de sus clientes, más bien estuviera concentrado en la búsqueda del mejor encuadre posible; uno que haga lucir su trabajo, y entonces, a manera de culminación de esta reconstrucción intelectual y emocional que el lugar y su mente le ofrecen, como si se tratara de la cereza del pastel de este viaje sentimental, recordara también el brillo inocente y juvenil en los ojos de su pareja, la sonrisa nueva de triunfo por haber llegado a ese momento luminoso.

En un periódico antiguo las personas que hace tiempo desaparecieron, que se disolvieron en el aire que barre la tierra y todo lo convierte en polvo, recuperan su corporeidad, su vida. Da uno vuelta a la página y las encuentra en plan de trabajo o celebración. ¡Incluso puede encontrarse usted, en edades tan olvidadas como perdidas!; imágenes de su graduación, su primera comunión, sus 15 años, el accidente que tuvo, el robo de que fue víctima…

En un periódico antiguo encontramos la ciudad tal y como yace, hundida, perdida, en el fondo de la memoria, olvidada, pero que en todo caso se recobra gracias a la vista del viejo rotativo, que refresca nuestra memoria; se abre camino hacia la superficie, entre rayos de luz turbia, hasta adquirir una claridad más o menos difusa, con el color sepia y rancio del atardecer…

En el periódico antiguo constan las situaciones que nos han llenado de alegría o que nos han lastimado; lo que contribuyó a darle su expresión característica a la ciudad, o a nosotros, los ritos, las maneras de ser, la ubicación de los lugares de estudio y trabajo, de diversión, de juego, de culto.

Pero como ocurre con toda ventana, un periódico antiguo sólo nos permite un ángulo muy cerrado del panorama. Es el tiempo pasado congelado, que se preservará así mientras el objeto permanezca. Por eso da pena ver un periódico mutilado, o convertido en papel para envolver, o hecho bolas para sacarle brillo a una ventana.

Por cierto que esta situación tiene una variante, igual o peor, que ocurre cuando uno revisa un libro que tiene el formato del diario, con los ejemplares del mes de un año ya remoto. Digo que reviso un libro determinado, y ocasionalmente he encontrado que faltan ejemplares, y esto es peor que lo anterior porque señora, señor: un periódico ausente es como un no día; una fecha que no ocurrió, que no vivió la ciudad, como si ese lapso de 24 horas hubiera sido enviado al silencio mítico; ficticio, del limbo…

En fin, que toda esta reflexión viene a cuento por la ya próxima celebración, mañana, del 65 aniversario de El Heraldo de Aguascalientes, un diario que ha tenido la perseverancia suficiente como para convertirse en un agradable y aleccionador periódico antiguo…

Felicidades a quienes lo hacen posible; a sus lectores. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).