Luis Muñoz Fernández

El humanismo no es un lujo ni un refinamiento de estudiosos que tienen tiempo para gastarlo en frivolidades disfrazadas de satisfacciones espirituales. Humanismo quiere decir cultura, comprensión del hombre en sus aspiraciones y miserias; valoración de lo que es bueno, lo que es bello y lo que es justo en la vida; fijación de las normas que rigen nuestro mundo interior; afán de superación que nos lleva, como en la frase del filósofo, a “igualar con la vida el pensamiento”. Esa es la acción del humanismo, el hacernos cultos. La ciencia es otra cosa, nos hace fuertes, pero no mejores. Por eso el médico mientras más sabio debe ser más culto.

Ignacio Chávez. Grandeza y miseria de la especialización médica. Hacia un nuevo humanismo, 1958.

Después de haber dictado la Conferencia Plenaria “Dr. Óscar Larraza Hernández” durante el XVIII Congreso Nacional de la Federación de Anatomía Patológica de la República Mexicana que se celebró en Puebla del 1º al 4 de noviembre de 2018, recibí comentarios positivos y también percibí algunos silencios bastante elocuentes.

La conferencia se tituló “El patólogo que sólo sabe de patología…” y en ella, además de recordar al gran colega y amigo que fue el Dr. Larraza, expuse la idea cada vez más apremiante que en la ardua tarea de la comprensión integral del ser humano la ciencia no se basta por sí sola y requiere el concurso de las disciplinas humanísticas.

Como ya hemos señalado en este espacio recientemente (ver “La unificación del conocimiento”), ha existido por décadas una brecha que separa las ciencias y las humanidades. Los recelos de quienes las cultivan son mutuos. Para numerosos humanistas, los científicos sólo se interesan por los hechos tangibles e ignoran las sutilezas del espíritu humano. Para muchos científicos, los humanistas persiguen objetivos etéreos y se pierden en especulaciones inútiles. Tal vez a esto último, o a la incomprensión de lo que intenté comunicar (mea culpa), obedezcan los silencios que percibí tras mi exposición.

En estos tiempos en que se otorga un valor supremo al conocimiento especializado y que se abrazan fundamentalismos varios, tener una postura moderada y ponderar el valor del conocimiento general lo coloca a uno en una posición incómoda que le impide encajar con facilidad en varios grupos establecidos. Incluso entre los amigos y colegas.

En el caso de quien se espera puro rigor científico, que cuestione los alcances de la ciencia y el gusto por las humanidades lo coloca bajo la sospecha de debilidad conceptual y metodológica. Y si ello ocurre con la edad, la falla se achaca al debilitamiento propio de la vejez: el sujeto chochea.

Decía en la conferencia que, en mi caso, el estudio de la Bioética laica ha representado una oportunidad inmejorable para acercar con frutos prácticos, dicho sea con sincera modestia, a las ciencias y las humanidades. Con una ventaja adicional: al interesarme también por las implicaciones que la actividad humana tiene sobre la naturaleza y el medio ambiente, he retomado viejas aficiones de naturalista que dejé apartadas en la infancia para ejercer una profesión que me ha permitido ganarme razonablemente la vida. A riesgo de cosechar una desconfianza mayor entre mis colegas, confesaré que no creo a pies juntillas en las vocaciones absolutas ni en la predestinación. Si se hubiesen dado las circunstancias, en lugar de patólogo podría haber sido bombero.

Bajo cierto punto de vista, el cultivo de la Bioética laicano está exento de riesgos, en especial si se vive en una sociedad de corte primordialmente conservador. Es así porque este enfoque de la Bioética implica el estudio y la exposición de temas muy controvertidos de los que con frecuencia no se desea hablar, como es el caso del aborto, la eutanasia, la identidad de género, los derechos reproductivos, los diferentes modelos de familia, etc.

Si no fuese suficiente lo dicho hasta el momento, puede considerarse un verdadero atrevimiento el haber aceptado la invitación a presentar un libro en el XIX Congreso Internacional de Filosofía: Mundo – Pensamiento – Acción, que organiza la Asociación Filosófica de México, A.C. y que se está celebrando en la Universidad Autónoma de Aguascalientes del 12 al 16 de noviembre de 2018. El libro en cuestión se titula Bioética laica. Vida, muerte, género, reproducción y familia y forma parte de la Colección de Bioética y de la Serie de Doctrina Jurídica que edita el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El libro, auspiciado también por la Cátedra Extraordinaria “Benito Juárez” sobre laicidad de la UNAM, ha sido coordinado por las doctoras Paulina Capdevielle y María de Jesús Medina Arellano y en él participan diversos autores, todos ampliamente competentes en sus respectivos campos de interés. El texto está dividido en cinco partes: 1) Religión y ciencia, 2) Sexo e identidad de género, 3) Derechos reproductivos y familia, 4) La cuestión del aborto y la objeción de conciencia y, 5) Fin de la vida y eutanasia.

Lejos de lo expresado por ciertos sectores conservadores de nuestra sociedad, estos temas no sólo deben debatirse, sino que el debate debe ser público y sobre todo, con bases científicas y filosóficas, evitando en lo posible que las pasiones que envuelven a nuestras más profundas convicciones y creencias personales enturbien el propósito de alcanzar consensos cuyo objetivo debe ser el acceder a una vida social más armoniosa, una convivencia fraterna y a la posibilidad de que cada uno de los ciudadanos pueda realizar los planes de vida que desea para sí y para los suyos.

Una de las primeras cosas que llama la atención del libro es que, haciendo honor al enfoque laico que ya anuncia su título, en sus páginas se encuentran diferentes (e incluso opuestos) puntos de vista sobre algunos de los temas tratados. Y en el prólogo, las coordinadoras de la obra señalan tres principios que sustentan la bioética laica: 1) el respeto a la libertad de conciencia de los individuos; esto es, la posibilidad de determinar libremente las convicciones fundamentales y de vivir conforme a ellas, 2) la prohibición de toda discriminación, en particular la fundada en la pertenencia a una religión o tradición filosófica particular y, 3) el rechazo tajante a los argumentos de autoridad (antidogmetismo) y la garantía de una plena libertad de investigación, sin injerencias religiosas. Todos estos principios nos son necesarios hoy más que nunca.

Dedicaremos las siguientes colaboraciones a reseñar cada una de las partes de este libro pertinente y oportuno.

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