José María León Lara

La palabra vocación generalmente es entendida como un llamado divino a la vida religiosa, y es precisamente esa, la primera acepción que utiliza el diccionario de la Real Academia Española; pero a su vez, nos dice que una vocación puede ser también la inclinación a un estado, una profesión o una carrera. Es entonces, que podemos entender a una vocación como una inspiración que nos orienta para alcanzar nuestras aspiraciones y sueños de vida; por lo mismo, el entender una vocación, es entender nuestra misión de vida.
Se tiene la creencia de que no todos podemos ser sujetos de una vocación, ya que se mal interpreta que solo se trata para unos cuantos, con cualidades y virtudes especiales. En lo personal creo que todos y cada uno, tenemos una misión o vocación de vida, lamentablemente factores como la incertidumbre, el miedo o inclusive la extrema comodidad, nublan nuestra vista y no nos permiten dar el sí.
Estamos tan acostumbrados a formar parte de la colectividad y de la costumbre, que dejamos pasar las mejores oportunidades por creer que lo inmediato es más importante y por tanto es lo que es correcto. Estamos tan acostumbrados a dejar que unos pocos piensen por unos muchos, y que hemos ido perdiendo la voluntad, abandonando nuestros sueños para terminar perdiendo la esperanza; siempre cargando con el remordimiento que trae consigo él hubiera. Aunque por supuesto que también existen cuestiones ajenas e indirectas, que imposibilitan el tener la determinación real de luchar por lo que más queremos.
Pero ¿qué pasa con quienes se deciden a escuchar el llamado? No es una pregunta fácil de contestar, puesto que cada individuo debe enfrentarlo de manera personalísima, a tal grado que debe desprenderse de sí mismo, para actuar por los demás. Pues es a través del servicio, donde precisamente encontramos nuestro lugar, pertenencia y permanencia en nuestra comunidad; pensemos en un soldado, en un médico, en un policía, en un sacerdote y o en un educador.
Es inherente a nuestra naturaleza humana la búsqueda de la vida en comunidad, precisamente de ahí es donde surge la familia, como el conjunto de individuos que trabajan entre ellos para alcanzar un bien común. Aunque cierto es, que, para alcanzar ese bien común, se debe trabajar arduamente para que de lo individual logremos pasar a lo colectivo, siendo éste no un camino fácil. Ya que, de alguna manera u otra, cada uno de nosotros desempeñamos alguna tarea en específico para el bien propio y de los demás.
Lamentablemente el estilo de vida contemporáneo, el absurdo consumismo, el miedo al compromiso, así como la intolerancia detrás de la tolerancia, han logrado que el egoísmo atente de manera directa en contra de nuestro sentido natural de solidaridad. Vivimos en un mundo en donde el “yo”, pelea día a día por acabar con el resto de los pronombres personales, situación que, a la larga, traerá consecuencias sociales seguramente irreversibles.