Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Hace algunos años, cuando el PRD mas o menos había conseguido calar en algunos estados de la república, y en Aguascalientes seguía buscando consolidarse fui requerido, para que, en mi calidad de notario diera fe de los resultados de las elecciones internas. Se trataba, tarea fácil, de documentar la llegada de los paquetes electorales y una vez que estuvieran completos, proceder a certificar el resultado del conteo que llevarían a cabo los comisionados para el efecto.

Las primeras horas de las 8 de la noche en adelante transcurrieron sin novedad. El salón donde se concentraban los paquetes electorales se encontraba en el segundo piso de las oficinas del partido en la calle Díaz de León. Cerca de las once empezaron a calentarse los ánimos, los diversos grupos se quejaban, cuál más cuál menos, de diversas irregularidades en el manejo de los votos, en las personas que fueron solas o fueron llevadas a votar, de la seguridad de los paquetes, de la identidad de las actas, etc… Los comisionados electorales con el mejor de los ánimos e intención recibían los paquetes y las quejas.

Después de la media noche las protestas arreciaron. Hasta el salón en donde estaban los paquetes subía el ruido de las discusiones cada vez más fuertes, hasta que finalmente a más de los gritos empezamos a escuchar ruidos inconfundibles de una riña. Macetas y vidrios rotos, portazos, gritos, carreras, insultos… Los comisionados me pidieron que permaneciera en el salón al pendiente de los paquetes electorales, en tanto ellos bajaban a tratar de controlar la situación. Para mayor seguridad de los paquetes y la mía propia, me dijeron, cerrarían la puerta del salón.

Pasaron varios minutos, los gritos y sombrerazos continuaban, y para acabarla de amolar, se apagó la luz. Alcancé a escuchar que alguien gritó que la habían desconectado. El hecho es que me encontraba a obscuras, encerrado, con la incertidumbre de los rijosos y hambreado y desvelado. Alrededor de la una de la mañana llamé a la policía, expliqué la situación y el oficial de guardia ofreció que mandaría una patrulla para auxiliarme. Pasado un tiempo razonable, volví a llamar, el oficial amablemente me explicó que el patrullero había ido y en la puerta le habían dicho que todo estaba en orden. A la segunda intentona, la policía pudo entrar y “liberarme”, no conté los votos, no cobré, me desvelé y me mal pasé.

La anécdota, fuera de lo chusco que pueda resultar, ilustra lo que sucede cuando se aglutinan diversas fuerzas políticas, que no tienen más cohesión, que alguna coincidencia en orientaciones ideológicas y la ambición política de lograr, no la prevalencia de su manera de pensar, de sus creencias, de su orientación política, sino las más de las veces, de sus intereses que no suelen ser tan transparentes o tan confesables.

La anécdota vino a mi memoria al ver la noticia del “lanzamiento” del programa o proyecto “Futuro 21”, que agrupa a una cantidad importante de perdedores de las elecciones federales pasadas, y a un número destacado de figuras políticas, si no de primera magnitud, sí del grupo especial. Pienso que ninguno por sí solo tendría el arrastre como para formar en torno a él un grupo político, menos aún un partido, y pienso, que sus diferencias son tan hondas y tan evidentes, que dudo que pueda constituir un contrapeso importante para el presidente López Obrador, que se apresta, como lo ha hecho desde hace mucho tiempo, dar la batalla a partir de sus características personales.

López Obrador, más allá de la plataforma que constituye o constituyó Morena, tiene muchas calidades personales que para un político son importantes (nótese que hablo de calidades, y la calidad puede ser buena o mala). Tiene un mimetismo natural que le permite transformarse sin que apenas el público, espectador o ciudadano, se de cuenta, en el mismo discurso puede estar defendiendo la posición negra y en el transcurso de la palabrería, para lo cual también es muy hábil, terminará defendiendo la posición blanca, sin que apenas alguno detecte la incongruencia, y ninguno le cuestionara.

Su pensamiento, su ideología, como la de Groucho Marx, tiene la capacidad de amoldarse a las situaciones y a los públicos, puede apropiarse con toda tranquilidad de ideas o posiciones de otros sin el menor rubor por el plagio. El mismo nombre de su plataforma “Morena” y sus eslogans más conocidos fueron tomados del aquel presidente argentino Raúl Alfonsín. Con la mayor tranquilidad puede asumir como propias ideas u ocurrencias, lo mismo da. Con la misma vehemencia podrá defender la verdad más clara que la mentira más evidente y luego, como si nada, enmendar la plana y a otra cosa.

Futuro 21, juntó,  creó, que no agrupó y menos aglutinó, a un grupo de políticos interesados en la supervivencia más personal que la de sus partidos o agrupaciones. La tarea no será fácil, porque no será un enfrentamiento de ideas. No será un debate de principios. No será una lucha por la prevalencia de una concepción del hombre o de la sociedad. Será sin duda, un combate contra la personalidad de Andrés Manuel. Hace unas semanas me decía un alumno: no me preocupa tanto lo que sea capaz de hacer López Obrador, me preocupa lo que sean capaces de hacer sus seguidores.

Ante el debilitamiento ostensible de las instituciones que habían venido funcionando como controles frente al Poder Ejecutivo, sin que exista una preocupación generalizad de la sociedad, parece que la estrategia tendría que pensarse con mucho cuidado. Los partidos políticos han perdido credibilidad y seguidores y perderán también apoyos económicos. Los “líderes” han escondido la cabeza, porque quien la asoma lleva el riesgo de ser objeto de la justicia sin destinatario, que se parece tanto a la venganza. Los grupos de presión, pasando por la iglesia católica, y los empresarios, parece que no han terminado de reponerse de su sorpresa y priva más el desconcierto que la claridad de ideas o de principios.

En juego estará más que la personalidad de un gobernante populista o la supervivencia de grupos políticos. En la próxima elección estará en juego el destino y el rumbo de un país.

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