Luis Muñoz Fernández

-Pero además, en segundo lugar, no se trataba de la historia de una élite, por la que suele orientarse la historiografía, sino la historia de “capas sociales bajas”: pescadores, labriegos, artesanos, gente corriente que normalmente no tiene cronistas. Las primeras generaciones de cristianos no dispusieron del menor poder político ni tampoco buscaron puestos en el “establishment” religioso-político. Constituían un grupo marginal, débil, combatido y desacreditado de la sociedad de entonces.

-Pero sobre todo es importante lo tercero: desde el comienzo mismo no fue sólo un movimiento de varones, sino una historia también de “mujeres”, que siguieron a Jesús. La praxis de Jesús, de llamar también a seguidoras, era poco convencional y contradecía las estructuras patriarcales imperantes.

Hans Küng. La mujer en el cristianismo, 2011.

Terminábamos la segunda parte de este escrito enunciando lo que Hans Küng denomina estructuras patógenas de la Iglesia católica. Los dos primeros, El monopolio romano del poder y la verdad y La Iglesia como una institución juridificada y clericalizada fueron, para los propósitos de este texto, suficientemente tratados. El tercero sólo lo apuntamos y lo vamos a desarrollar a continuación:

3.-Aversión a la sexualidad y misoginia. Si, como señala Küng, la mujer formó parte relevante de las primeras comunidades cristianas, pronto fue crecientemente excluida de los puestos de responsabilidad. No entendemos claramente la razón (tal vez es algo irracional), pero tal parece que la mujer es un verdadero problema para la mayor parte de las religiones mundiales. “La igualdad de derechos de la mujer es una magna tarea por cumplir no sólo dentro del cristianismo”, y prosigue:

Pero no hay duda de que la igualdad de la mujer en sus derechos y en su dignidad es un tema de especial actualidad dentro del cristianismo. Cierto que en época reciente la emancipación ha conocido progresos felices en las Iglesias protestante, anglicana y católica; pero la realidad es que la mujer, en las Iglesias orientales ortodoxas, a pesar de que aceptan sacerdotes casados (aunque no obispos), y sobre todo en la Iglesia católica romana, sigue manteniéndose en una posición inferior, aunque en las comunidades locales, en contra de los impedimentos oficiales, se han dado avances. En cualquier caso, sigue estando vigente la prohibición de ordenar mujeres para el diaconado y el sacerdocio y, en el mismo sentido, sigue imperando una actitud rigurosamente negativa respecto a los métodos anticonceptivos, el aborto y el divorcio, lo que en la práctica redunda casi siempre en perjuicio de la mujer.

Se conoce bien que en esta misoginia de la Iglesia tuvo una importante influencia San Agustín. Hasta el escritor y profesor de filosofía noruego Jostein Gaarder trata el tema en su novela Vita brevis (Siruela, 1997), donde revela el contenido de una supuesta carta de Floria Emilia, concubina de Agustín y madre de su hijo Deodato, en la que le reclama su abandono en pos de una novia formal y el alejamiento del amor carnal tras su conversión al cristianismo y la redacción de sus Confesiones. En la supuesta carta (el Codex Floriae), Floria Emilia le dice a Agustín:

Lo natural es permanecer junto al ser querido, pero tú no lo hiciste porque ya habías comenzado a sentir desprecio por el amor carnal entre un hombre y una mujer. Pensabas que yo te ataba al mundo de los sentidos y que no tenías paz y tranquilidad para concentrarte en la salvación de tu alma. Así, tampoco se llevó a cabo tu matrimonio. Que Dios prefiere que el hombre viva en celibato, escribes. Yo no tengo ninguna fe en un Dios así.

Sin embargo, el historiador Jean Meyer, en su obra El celibato sacerdotal. Su historia en la Iglesia católica (Tusquets, 2009), no le otorga a San Agustín un papel tan determinante en este tema. En su revisión incluye factores diversos, algunos muy anteriores al cristianismo mismo, como el temor frente al acto sexual que está presente en todas las culturas. Cita a Pierre Chaunu, quien comenta:

Es una paradoja, pero contra lo que muchos creen, el temor del exceso sexual y la desconfianza frente a una sexualidad sin freno, que pueden amenazar la especie, el equilibrio del hombre, de la familia, de la ciudad, no se manifiestan de manera más antigua, ni con más vigor, ni con más continuidad en la tradición judeocristiana. […] El miedo vino de otra parte. De la raíz pagana. Luego fue profundamente integrado en la cultura judeocristiana, porque el cristianismo es por esencia conservador, en el mejor sentido de la palabra, de la memoria.

En ello coincide Hans Küng cuando dice: “En conjunto, una rigurosa limitación de las relaciones sexuales en el matrimonio, que en parte se remonta a arcaicas ideas mágicas muy extendidas”.

La imposición del celibato sacerdotal es un esfuerzo del papado y revela lo mucho que le preocupa a la cúpula de la Iglesia, nos dice Meyer, y agrega que “es inseparable de sus reformas sucesivas –carolingia, gregoriana, tridentina–, de la voluntad de independencia absoluta, cuando no de supremacía, de la Iglesia, lo que implica la creación de un cuerpo de ‘funcionarios de lo sagrado’, de tiempo completo, sin más intereses que el servicio a la institución eclesiástica”. Como es hoy más evidente que nunca, esta imposición del celibato trae, por un lado, su cumplimiento parcial (una doble moral de algunos sacerdotes) y, por otro, una serie de desviaciones y crímenes que ya no pueden ser ocultados como antes. Küng propone como remedio la renuncia a la doctrina agustiniana del pecado original, supresión de la ley del celibato (que, introducida en el siglo XI, no es una verdad de fe) y revalorización de la mujer.

4.-La negativa a introducir reformas. Hans Küng resalta cómo en la historia de la Iglesia ha existido una pugna entre el poder papal y el de los concilios, una lucha en la que el papado se ha impuesto en varios momentos, evitando así las necesarias reformas. La gran excepción fue el Concilio Vaticano II (1959-1965), que abrió una esperanza de puesta al día (aggiornamento) para la Iglesia, pero que todavía hoy no ve cumplidas todas sus expectativas debido a la oposición soterrada de una buena parte de la Curia Romana. La imposición de una moral pétrea, que no se modifica frente a la evidencia que ofrece la ciencia o el razonamiento filosófico, sigue lastrando la vida en muchas sociedades como la nuestra, con graves consecuencias.

Esta falta de voluntad reformista ha provocado, según Küng, recidivas o recaídas, cuyos virus son la aversión de la Iglesia a la ciencia, la aversión de la Iglesia al progreso, la férrea oposición a los métodos anticonceptivos “artificiales”, la aversión de la Iglesia a la democracia y la preferencia a los regímenes autoritarios, el entusiasmo católico-romano por la Restauración (recuperar los privilegios medievales de la Iglesia) y el entontecimiento popular mediante la prohibición de ciertas lecturas (el Index librorum prohibitorum que llega hasta nuestros días) y el fomento de una devoción superficial que apela al sentimentalismo. Todo ello lo resume Hans Küng en la expresión “el ataque frontal del sistema romano a la Modernidad”. No hay que ser muy agudos para percibir su presencia y sus efectos.

Que la Iglesia católica está enferma parece quedar confirmado por todo lo expuesto. ¿Tiene salvación la Iglesia?, titula Küng el libro que hemos recorrido a lo largo de este escrito. La respuesta para algunos es un no rotundo. Para el teólogo suizo, que es hombre de fe, existe alguna esperanza. Dejaremos para la cuarta y última parte su plan terapéutico.

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