Luis Muñoz Fernández

Y es innegable que difícilmente habrá entre las grandes instituciones de nuestros países democráticos ninguna otra que proceda de forma tan inhumana con quienes piensan distinto y con los críticos entre sus propias filas, ninguna otra que discrimine tanto a las mujeres –a través de la prohibición del uso de los anticonceptivos, así como el matrimonio de los sacerdotes y de la ordenación de las mujeres–. Ninguna otra institución polariza tan intensamente la sociedad y la política en el mundo entero en razón de posiciones rigoristas en cuestiones como la homosexualidad, la investigación con células madre, el aborto, la eutanasia, etc. Y si bien en Roma no se atreven ya a proclamar en debida forma proposiciones doctrinales infalibles, aún gustan de rodearse del aura de la infalibilidad con ocasión de cualquier declaración doctrinal, como si las palabras del papa fueran expresión directa de la voluntad divina o de la voz de Cristo.

 Hans Küng. ¿Tiene salvación la Iglesia?, 2013.

Hans Küng, en su libro ¿Tiene salvación la Iglesia? (Trotta, 2013) procede a la disección del cuerpo enfermo de la Iglesia católica como un médico analiza los cambios provocados por la enfermedad, rastrea sus orígenes, sigue su evolución y propone el tratamiento para cada una de las causas que la provocan porque, siendo una institución tan antigua, padece, como muchos ancianos, de una enfermedad multifactorial. Y como lo apuntábamos en la primera parte de este escrito, el afamado y controvertido teólogo identifica en el origen del mal una causa especialmente grave y hasta hoy persistente. La llama el sistema romano:

El principio romano –esto es, el papado como fuente y norma de todo derecho y como instancia suprema– constituye la base ideológica del “sistema romano”. “Sistema” (del griego “conjunto estructurado”) designa un todo coherente. Un sistema “social” denota la dependencia recíproca de las personas e instituciones afectadas dentro de un orden o estructura claramente delimitado del exterior. El sistema “romano” es un “sistema de dominación eclesiástico” en el que el papa de Roma ejerce en toda la Iglesia un monopolio de poder y verdad sobre las personas e instituciones. Así fue perfilado en las grandes falsificaciones de la temprana Edad Media y así se impuso en la Alta Edad Media.

Hoy, acostumbrados a la preeminencia de la Iglesia católica sobre el resto de las iglesias cristianas, incluyendo la Iglesia ortodoxa, asumimos que siempre ha sido así y nos han hecho creer que ese predominio es fruto de la voluntad divina. El Vaticano se ha autonombrado el único intérprete válido de esa voluntad, monopolizando, no sólo frente a otras confesiones cristianas, sino ante la comunidad misma de los fieles católicos, lo que Roma considera la verdad absoluta expresada en una serie de dogmas.

Tal como lo refiere Küng, la primacía romana es claramente fruto de la acción humana de sus protagonistas, se basa, por lo menos en parte, en documentos falsificados o deliberadamente distorsionados y se ha impuesto merced a numerosas intrigas, guerras y atrocidades varias. A esta lucha de poder, que poco o nada tiene que ver con la esencia del mensaje de Jesús, se le puede atribuir sin mucha dificutad la serie de escisiones que han separado a las diversas comunidades de creyentes cristianos, empezando por la separación entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, así como la posterior segregación del protestantismo durante la Reforma de Martín Lutero.

Nos sigue explicando Hans Küng que “la lucha por el poder del papado llevó a un insólito clericalismo, esto es, a una preponderancia y hegemonía intraeclesial del clero católico que comportaba numerosos derechos y privilegios, ya directos o indirectos, en la sociedad”. Ese clasismo clerical que separa a la curia de los fieles se empezó a estructurar muy pronto en la historia, al menos desde el siglo II, según refiere el historiador Jean Meyer en su obra La gran controversia. Las iglesias católica y ortodoxa de los orígenes hasta nuestros días (Tusquets, 2005):

Llega un momento en que cristaliza un cuerpo, el de los “eclesiásticos”, ya separado de la masa de los fieles, “feligreses” o “laicos”. Los eclesiásticos toman el control de la Iglesia; se definen las reglas del acceso a tales funciones, de su permanencia en ellas, de su separación en caso de infidelidad a la ortodoxia. La base de la autoridad en la Iglesia pasa a ser posesión del oficio eclesiástico.

 En la creación y fortalecimiento de esa clase clerical privilegiada, uno de los elementos clave es, sin duda, la prohibición del matrimonio a los sacerdotes. El matrimonio no estaba prohibido en el cristianismo primitivo y se permite a los sacerdotes de la Iglesia ortodoxa (aunque no para sus obispos) desde los inicios hasta la actualidad. Según Küng, el celibato “es expresión asimismo de una hostilidad ampliamente institucionalizada contra la sexualidad y las mujeres”.

Monopolio pontificio de poder y verdad, juridicismo y clericalismo, hostilidad institucionalizada contra la sexualidad y las mujeres: todo ello impuesto, en caso de necesidad, por la fuerza (Inquisición, muertes en la hoguera, guerras, cruzadas). […]

Siete procesos entrelazados se conviertieron en características hasta hoy vigentes del sistema romano, bajo el cual la comunidad eclesial católica padece crecientemente. En medicina se hablaría de multimorbilidad. Los síntomas patológicos hicieron patentes ya en tiempos de Inocencio III (papa de 1198 a 1216) varios focos patógenos, que en cristianismo occidental no tardaron en ser percibidos como heridas abiertas que reclamaban curación, si bien en la práctica no fueron curadas. De ahí que siguieran proliferando hasta en convertirse en estructuras patógenas.

¿Cuáles son estos siete gérmenes patógenos de la Iglesia católica a los que se refiere Hans Küng y cuáles pueden ser los remedios correspondientes? Los describiremos a continuación:

1.-El monopolio romano del poder y la verdad, sobre el que ya hemos abundado.

Su tratamiento es reemplazar “el primado absoluto del gobierno por un primado pastoral del servicio. […] Probablemente, tanto los cristianos ortodoxos como los protestantes podrían aceptar un primado en una Iglesia ecuménica, si este fuera fundamentado y ejercido en consonancia con la Escritura”.

2.-La Iglesia como una institución juridificada y clericalizada. A diferencia de la Iglesia ortodoxa, “La Iglesia imperial católica de Occidente desarrolló desde la Edad Media un derecho canónico específico”. Esta legislación la mantiene al margen de las leyes civiles. Hoy, en los casos de pederastia clerical que se descubren con frecuencia creciente, los sacerdotes criminales suelen eludir la justicia civil en la mayoría de los países donde cometen sus delitos, encubiertos por la propia jerarquía eclesiástica.

El tratamiento que propone Hans Küng es “en lugar de jerarquía, comunión en la libertad, la igualdad y la fraternidad y sororidad (fraternidad entre las mujeres)”.

3.-Aversión a la sexualidad y misoginia. Este punto es evidentemente fundamental y uno de los “gérmenes patógenos” más virulentos y resistentes entre las causas de la enfermedad eclesiástica, con una importante vigencia y graves repercusiones en nuestros días. Habremos de retomarlo con la extensión que merece en la siguiente parte de este escrito.

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