Josemaría León Lara Díaz Torre

“Esta es la trigésima séptima ocasión en la que les he hablado desde esta oficina…”, así comenzaba el último discurso de Richard Nixon como presidente de los Estados Unidos, aquel 8 de agosto de 1974, al hacer pública su renuncia a la presidencia, derivada del escándalo conocido como watergate. Su mandato al frente del gobierno más poderoso del mundo se prolongó por cerca de cinco años y medio, marcando un antes y un después para la historia de su país.

La memoria histórica no ha sido justa con el expresidente Nixon, pues derivado de su renuncia se convirtió en un blanco de múltiples acusaciones, muchas de ellas sin fundamento real. A la fecha sigue siendo recordado en su país, como el ejemplo por antonomasia del político corrupto; siendo que es muy probable que la causa de su renuncia en verdad se funda en salvaguardar a la institución presidencial más que a los orgullos y pasiones personales.

El debate sobre Richard Nixon puede ciertamente extenderse, más lo que sí queda claro es que quedó el precedente, de la posibilidad real de que un presidente estadounidense puede renunciar; pero también es cierto que la presidencia de Nixon se desarrolló en plena Guerra Fría, y que el mundo ha cambiado de manera significativa desde entonces.

El pasado nos enseña a entender el presente, pero también a imaginar el futuro; es por ello que la puerta que abrió Nixon con su renuncia, puede significar una esperanza no muy lejana. No se trata de que la historia sea cíclica, si no que al no aprender la lección de los errores del pasado, naturalmente se habrán de cometer de nueva cuenta.

Es irresponsable comparar a un presidente con sus antecesores, o en su debido momento con sus sucesores; cada mandatario debe afrontar durante su gobierno distintas problemáticas que atienden a circunstancias de tiempo, modo y lugar, por lo que una comparación realista queda definitivamente fuera de la balanza. Sin mencionar la personalidad, el carácter, las virtudes, los defectos y la inteligencia de cada mandamás.

Entonces en este ejercicio no se pretende comparar al presidente Richard Nixon, con la bazofia en que se ha convertido la presidencia de Donald Trump, puesto que su persona simplemente ya no puede ser peor. Pero, las similitudes cada vez mayores entre el camino que se siguió hasta la renuncia de Nixon, con lo que está sucediendo con la investigación en contra del actual presidente, son muchas; esperando que el resultado no sea otro, más que el mismo: su renuncia.

El que se nombrara un fiscal investigador, ex director del FBI, que ambos partidos respetan y consideran de fiar, representa que la voluntad es real y que la cosa va en serio. Los posibles nexos que pueda llegar a tener Trump, desde tiempo de campaña con el gobierno de Rusia, podrían tumbar la absurda y grotesca mala jugada del destino, de llevar a un hombre como él, al empleo más poderoso y complicado del orbe.

Las consecuencias de una investigación que obtenga suficiente material probatorio para empezar un juicio de impeachment, no se ven tan lejanas; por lo que solo quedarían dos caminos, el fácil que es la renuncia, o el difícil al ser juzgado por el legislativo.

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