Por J. Jesús López García

La arquitectura es una disciplina cimentada en tradiciones ancestrales. Con todo y el artificio de las novedades que se manifiestan en revistas, programas de televisión, películas o comentarios e información que saturan nuestro espacio virtual, donde se nos cuenta sobre las grandes torres de Dubai, los edificios altamente tecnificados de Europa y Japón, y un enorme catálogo de modelos que se nos manifiestan como genialidades surgidas de manera espontánea de la mente de su igualmente genial autor, la arquitectura sigue siendo un arte que se va consolidando ante todo, debido a la asimilación de saberes y técnicas que al paso del tiempo van decantándose.

Infinidad de los inmuebles modernos construidos con vidrio, concreto y acero son deudos directos de la sencillez neoclasicista del siglo XIX. El mismo maestro alemán de la Escuela Moderna del siglo XX, y el último director de la Bauhaus, Mies van der Rohe (1886-1969), tenían en la obra del arquitecto romancista kart Friedrich Schinkel (1781-1841) una de sus principales influencias –de forma particular en sus trabajos en la vertiente neoclásica–, especialmente en el Altes Museum de Berlín. En la Opera House de Sidney, el danés Jørn Utzon (1918-2008), hizo algunas referencias de las grandes escalas de la arquitectura maya y su contraste con el apabullante entorno natural para realizar la obra arquitectónica más representativa de Australia y una de las más reconocidas del siglo pasado.

Los trazos genealógicos van desde esas influencias directas entre autores a través de siglos, o incluso milenios, o bien a través de la implementación y la reinterpretación de conjuntos formales que finalmente crean acervos inéditos, como es el caso del arco apuntado u ojival que inventaron los árabes, pero que en su implementación en el norte de Europa, se convirtió en el elemento constructivo toral para toda una corriente arquitectónica eminentemente europea: el gótico. En contrapartida, el arco de herradura que podemos apreciar en la Mezquita de Córdoba y en innumerables sitios de Medio Oriente y el norte de África y que se toma por rasgo clásico de la arquitectura musulmana, realmente es una invención de los visigodos de la península ibérica.

En otras situaciones, ciertas genealogías constructivas y arquitectónicas ni siquiera se atribuyen a otras prácticas de construcción y de arquitectura, tal el caso de que la arquitectura de grandes lienzos de vidrio se relaciona más a la industria cervecera que a la de la construcción, pues para presumir de la claridad de la cerveza pilsener o pilsner, se comenzaron a fabricar en la misma región de la Bohemia checa –en donde se ubica la ciudad de Pilsen–, vidrios cada vez más regulares en su superficie, de espesores continuos y de claridad normalizada, nuestro actual vidrio plano, pues si bien éste era empleado desde tiempos de los fenicios y en el gótico los vitrales fueron majestuosos, la arquitectura moderna ve en los vidrios, el sucedáneo de la ausencia de todo elemento constructivo, no un medio para diseñar paneles y teñir la luz de colores.

La genealogía arquitectónica naturalmente también se transmite entre maestros y discípulos como la presente entre Julien Guadet (1834-1908), gran precursor de la arquitectura en concreto armado, su discípulo Auguste Perret (1874-1954), famoso por sus edificios realizados con esa técnica y su propio seguidor, Charles-Édouard Jeanneret-Gris (1887-1965), mejor conocido como Le Corbusier.

En Brasil pasa lo mismo a partir de Gregori Warchavchik (1896-1972), arquitecto ruso emigrado a Brasil, conocedor de las tendencias de la entonces naciente Unión Soviética –entre ellas el Constructivismo–, de Europa central y del Este y que de alguna u otra manera llevó a las aulas del país sudamericano donde se formó Lúcio Costa (1902-1998), mentor de Oscar Niemeyer (1907-2012).

Los arquitectos solemos tener influencias de todo tipo, algunas declaradas, otras insospechadas, muchas con bastante sustento y bien analizadas y otras tantas mal empleadas, pero todas, adaptadas, interpretadas, asentadas o descartadas, son parte de la cotidianidad del oficio, y a la larga del discurso arquitectónico de un lugar y de un tiempo.

En la calle Talamantes No. 502 esquina con la calle Dr. Pedro de Alba podemos admirar una residencia con una clara filiación moderna, cuyo diseño recuerda algunas de las casas de Richard Neutra (1892-1970) en la Costa Oeste norteamericana, con su composición pautada por la horizontalidad de las losas, bajo las cuales muros y paños vidriados se retranquean para provocar claroscuros y ofrecer una composición dinámica que se entrelaza con sus partes de jardinería. En algo se percibe el perfil de la casa Kaufmann (1947) en Palm Springs, obra del arquitecto austriaco –que posteriormente se nacionalizó estadounidense–, o tal vez ese parecido y esa influencia sólo sean interpretaciones parciales propias, que por otra parte son conjeturas derivadas de influencias de mis maestros.

Como se colige, la línea genealógica de cada arquitecto finalmente deviene de la formación que se tuvo en cada una de las escuelas o facultades e inherentemente de sus profesores; en mi caso, la carrera de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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