Tradición que no se olvida

Por J. Jesús López García

A lo largo de la historia aguascalentense en su convivencia de alrededor de una centuria con el ferrocarril, se sucedieron procesos laborales, costumbres, maneras de trabajar, de construir y en suma, con el tiempo tradiciones desprendidas de la industrialización moderna inéditas en una ciudad que por siglos sobrevivió con la producción hortícola y ganadera.

El sistema del ferrocarril junto a la industria siderúrgica instalados a fines del siglo XIX en nuestra ciudad, fueron los paradigmas del desarrollo económico, urbano y social que aún están vigentes en la fuerte industria de la transformación de la que depende intensamente nuestra sociedad contemporánea directa o indirectamente. Nos hemos ido acostumbrando a ello y parece casi una ilusión cómo hace más de cien años aquello llegó a Aguascalientes como trasplantado de otro mundo. Tal vez fue algo cuyo impacto tan fuerte no fue sentido de esa manera tan dramática por los habitantes de la ciudad y de la región en ese tiempo, muchas veces los cambios más sensibles causan más asombro en las generaciones posteriores, pues envueltos en la cotidianidad los seres humanos resolvemos lo inmediato primero y la sorpresa nos dura poco; la humana es una especie que ha hecho del cambio una constante.

La industria de la transformación cambió el paisaje aguascalentense de una manera en que el regreso a su pasado, de fuerte presencia rural, es casi imposible ya que el agua es cada vez más escasa y el suelo urbano más caro. Las técnicas de construcción modernas con base en el cemento y el acero comenzaron a reflejarse en nuestra arquitectura, primero hibridándose con técnicas y materiales vernáculos, luego siendo protagonistas de la edificación local: los muros de carga tradicionales en adobe fueron siendo recalzados y luego construidos en ladrillo cocido; el mortero para unir todo de cemento conjugó todos los materiales antiguos y nuevos, los cerramientos de madera o piedra fueron cambiados por los de concreto y el acero, en la viguería hizo lo propio con la madera empleada en cubiertas.

La configuración de la ciudad cada vez más alineada con una retícula complementó a la traza irregular orgánica que se había llevado a cabo con el seguimiento de la delineación natural de arroyos y escurrimientos pluviales, y la casa misma tradicional, alineada a la calle comenzó a adaptar moldes foráneos ya no mediterráneos tal y como aconteció en el periodo virreinal, si no en ejemplos anglosajones.

En tales circunstancias es posible observar aún varias fincas, por ejemplo en la Avenida Francisco I. Madero, en la calle Venustiano Carranza, en la calle Álvaro Obregón y en la calle Vázquez del Mercado, que parecen pequeños palacetes barrocos en sintonía con la ornamentación del siglo XVIII novohispano, sin embargo más que en esos rasgos debemos reparar que son chalets, retranqueados en su construcción del paramento de la calle, precedidos, cuando no circundados, por un jardín, muchas veces con un «hall» o «porche» como antesala semipública a la edificación, esto es más norteamericano que mexicano propiamente dicho, pero en eso estriba la nueva tradición local. La identidad viva debe tomar las situaciones y las circunstancias que el momento va dictando y es así como la influencia norteamericana y de otras latitudes va decantándose en nuestro territorio hasta constituir nuevas costumbres que poco a poco vamos adaptándolas a nuestra forma de ser y de pensar aquicalidenses.

Techumbres de viguería metálica y bóvedas corridas de ladrillo, lo mismo que muros de tabique y el uso de columnas, trabes y cerramientos de concreto, todo ello proviene de lo que ahora tomamos de una nueva tradición local, derivada de la industrialización moderna que ya tiene más de un centenario de vida. Como hitos arquitectónicos y urbanos del paso de la industria por nuestra arquitectura, la zona de los viejos talleres del ferrocarril en la ciudad, sus edificios van dando cuenta de la arquitectura industrial desde el fines del siglo XIX hasta los años sesenta o setenta del siglo pasado. Pero ello no sólo se circunscribe a la arquitectura industrial pues lo que se practicaba en esos centros laborales en su edificación, permeaba a la construcción en general en la entidad.

Uno de los accesos al sitio ferrocarrilero, marcado por estelas de concreto aparente y un marco de acceso con cerramiento de acero y coronado por una tipografía en solera. La construcción es una muestra más de la edificación industrial, que se ha ido definiendo como parte de una nueva tradición desprendida de la actividad ferrocarrilera que en un siglo arraigó en nuestra ciudad y sigue siendo parte inolvidable de la raigambre cultural local. De perfil sencillo y de formas contundentes, la arquitectura surgida de esa tradición moderna es parte del acervo construido de nuestra arquitectura.

Sin duda alguna en los talleres ferrocarrileros, que durante décadas le dieron identidad a la ciudad acalitana, es posible descubrir y asombrarnos con los elementos arquitectónicos que se encuentran diseminados por todo el conjunto y que están ahí esperando ser descubiertos y valorados; sólo basta que nos demos a la tarea y ellos aparecerán inmediatamente.

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