Por J. Jesús López García

La vivienda, entendida semejante al cómo disponer de la intimidad doméstica de quien sea, es un asunto de gran peso, paradójicamente para el orden público, para el espacio urbano y en general para las políticas de bienestar, que a partir de los procesos de reconstrucción de ciudades enteras en Europa, Japón y China, y como parte de la producción de bienes de consumo en Estados Unidos tras el episodio bélico, cobró una importancia simbólica y económica inédita.

Desde el siglo XVIII la vivienda de la gente común –ya que los nobles y los estamentos más encumbrados nunca pasaron penurias para procurarse un hogar–, comenzó a ser un tema experimental para los arquitectos de la Ilustración, especialmente para aquellos que fueron nombrados «los visionarios, los revolucionarios o los arquitectos utópicos», tales como Étienne-Louis Boullée (1728-1799), Jean Nicolas Louis Durand (1760-1834) y Claude Nicolas Ledoux, (1736-1806) por su perspectiva de la disciplina para enaltecer en construcción, el optimismo ilustrado, los avances científicos, intelectuales y sociales.

Con sus conjuntos arquitectónico-urbano-laborales, como la Salina Real de Arc-et-Senans en el bosque de Chaux, Nicolas Ledoux se anticipaba un poco al ordenamiento doméstico y del trabajo de los falansterios de Charles Fourier (1772-1837). Durand por su parte, estableció los criterios de la modulación de elementos constructivos para crear un programa arquitectónico fácil de reproducir. En el siglo XIX propuestas de origen capitalista y socialista fueron planteando sus ideas y principios arquitectónicos con la casa como centro de la proyección de la ciudad; Ebenezer Howard (1850-1928) con la publicación en 1902, de su tratado de urbanismo «Ciudades Jardín del mañana», que finalmente traería como consecuencia el planteamiento de la «Ciudad Jardín» disponía un ordenamiento territorial donde el núcleo urbano estaba rodeado por franjas de campo de cultivo, todo ligado por vías rodadas y férreas para garantizar la proveeduría de productos, insumos y bienes necesarios producidos fuera del desarrollo. Pabellón de Arteaga, Aguascalientes, aún presenta algunos rasgos derivados de esta idea urbano-arquitectónica con algunos remanentes construidos de casas-granja semiautónomas.

Para el arquitecto y urbanista francés Tony Garnier (1869-1948) en el arranque del siglo XX, la ciudad debía obedecer a la dinámica industrial, sin embargo, aún ahí las casas de los trabajadores representaban un gran porcentaje para el área proyectada, Además, fuera de su producción como parte del bienestar provisto por el Estado a sus comunidades, la casa habitación también se convirtió en un bien de consumo regido por las leyes de la oferta y de la demanda. En Aguascalientes el diseño y aprobación de desarrollos enfocados a la vivienda son muy superiores en cantidad a lo diseñado y autorizado en otros tipos de edificación.

De esta manera, la vivienda ocupa buena parte del territorio de las metrópolis y por las funciones complejas, no obstante la cotidianidad que en ella se desarrollan, por el entramado humano y social que converge y por representar el núcleo más privado en el ámbito mayormente público que puede haber, la ciudad y todas las interacciones y fenómenos que ello suscita, la vivienda, si bien obedece a patrones de configuración ya predeterminados –por horarios, hábitos socialmente compartidos, rangos de edades presentes en las diferentes zonas de la urbe– sigue siendo uno de los temas más complejos de diseñar para los arquitectos. La estandarización presente en medidas, enseres domésticos, maneras operativas de habitar, entre otros, no establece de cualquier manera disposiciones espaciales únicas además de que en una vivienda, la percepción se vuelve más aguda y aplicamos un «zoom» a todos los detalles, por lo que si algo no funciona o está fuera de lugar, termina pareciendo aún más grave.

En el transitar por las calles acaliteñas podemos encontrar viviendas excepcionales o un grupo de ellas, tal y como sucede con un pequeño conjunto habitacional ubicado en la calle Francisco G. Hornedo No. 516. Es una privada con casas realizadas hace ya algunas décadas y que muestran algunos rasgos de los prototipos que Tony Garnier diseñó para su «Ciudad Industrial». Son unidades pequeñas muy sencillas de las que sobresale al paramento una losa a manera de recibimiento al usuario o al visitante. Superficies curvas con ventanas en esquina dan ese tono moderno de entre los años cuarenta y cincuenta al conjunto que aprovecha parte del centro de esa manzana. Sin llegar a ser en su tiempo lo que ahora conocemos como «coto», era sin duda una opción de vivienda que se amoldaba a la estructura urbana tradicional aprovechando los huecos que tal parece abandonaron las viejas huertas y establos de la zona, y a la vez se unía a la producción de una sensación de privacidad que no obstante dejaba de lado las agresivas bardas para delimitar su ámbito, quedando además inmersa en su contexto al que era posible acceder, y desde el que se podía entrar de manera fácil. El conjunto que parece ya un ensayo de construcción repetida, no llegaba a ser un desarrollo seriado como los apreciamos hoy, donde más que repetir la privacidad doméstica, terminan por hacerla ajena a su entorno.