Luis Muñoz Fernández.

Escuchando recientemente a Roberto Blancarte, profesor e investigador del Colegio de México, a quien cité extensamente en mi anterior colaboración, caí en la cuenta de un error conceptual muy difundido entre nosotros. Refiriéndose al lema de la República Francesa –“Libertad, igualdad y fraternidad”–, el de igualdad, dijo Blancarte, no significa que todos seamos iguales, sino que todos tenemos los mismos derechos: “Todos los seres humanos nacen iguales en dignidad y derechos”, reza el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Es evidente que no todos somos iguales. Las pruebas más recientes provienen del estudio del genoma humano. A ese nivel tan íntimo de nuestra identidad biológica mostramos ya pequeñas diferencias cualitativas que podrían significar grandes distinciones en la susceptibilidad de cada uno a ciertas enfermedades. Sin embargo, esas pequeñas diferencias no respaldan la definición que se aplicaba a las razas y, por lo tanto, no son la base científica del racismo.

Si a ese nivel existen ya ciertas desigualdades, éstas se agigantan cuando observamos las distintas constituciones corporales, el sexo de cada individuo y, más allá de lo estrictamente biológico, las diferentes maneras de pensar. Lejos de ser todos iguales, somos extraordinariamente diversos y, en lugar de que eso represente un problema, es en realidad la mayor fortaleza de una sociedad para desafiar con éxito los retos del presente y del futuro. Entenderlo y aceptarlo despeja el camino a la tolerancia y posibilita la convivencia armónica.

Desconfiar de la diversidad –de preferencia sexual, de valores, de religión, etc.– refleja en el fondo un miedo cerval a perder el control del rebaño: un temor atávico. Cuando se vive (generalmente muy bien) de controlar a los demás, nada resulta más inquietante y peligroso que la diversidad natural de los seres humanos. Para conjurarla, se han diseñado todo tipo de restricciones. Las más peligrosas, por invisibles, son aquellas que constriñen la libertad de pensamiento para uniformar la percepción de la realidad. Es la imposición del pensamiento único, tan ansiado por confesiones religiosas, partidos políticos y gobiernos en funciones. El arma preferida de la manipulación.

¿Es lo mismo uniformidad que unidad? No, porque la uniformidad es incompatible con la diversidad, mientras que la unidad puede existir dentro de la diversidad: somos iguales en derechos y juntos podemos aspirar al bien común sin renunciar a nuestras diferencias.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com