Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Robots inmensos, entretenimiento minúsculo.
Nuestra formación en cuanto a cultura pop estuvo sujeta a cuantas expresiones mediáticas fuereñas arribaban a los rayos catódicos y dispersaban sus diversos y coloridos mensajes a través del cinescopio de la T.V., lo que para la generación de su servidor (aquellos gloriosos y caóticos 80’s) se tradujo en incontables charlas, debates e incluso acaloradas discusiones en los patios de recreo sobre aquello con que cebábamos la vista y la mente la tarde anterior, ya fuera sobre la denodada lucha que Remy sostenía contra la adversidad producto de su orfandad o cómo un vigoroso guerrero defensor del Castillo Grayskull derrotaba una vez más lo que la cultura maniquea occidental nos enseñó era “el mal” acompañando sus batallas de inocuas admoniciones sobre conducta, ética y moral. Pero además de los heterogéneos escapismos provenientes de Norteamérica que la pantalla nos convidaba diariamente, también se sumaron aquellos provenientes de Japón, país que en esa década aún mostraba señales de convalecencia sociocultural debido a la Segunda Guerra Mundial y filtraba en sus producciones infantiles señas de heridas aún no sanadas mediante una rudeza en su narrativa pobladas de personajes imperfectos que constantemente debían superar obstáculos a costa de su salud mental y anímica. Uno de los precursores al respecto fue Kiyoshi “Go” Nagai, uno de los arquitectos de un subgénero denominado “Mecha” donde el protagonismo lo llevaban robots gigantes diseñados según los requerimientos de la historia en cuestión para vencer amenazas colosales (los análisis sociológicos y psicológicos sobre traumatismo histórico son abundantes) y en segundo término sus tripulantes humanos, los cuales llevaban a cuestas demonios personales generados por un pasado trágico, muy parecido al país donde nacieron. De esta forma la fértil imaginación de Nagai parió personajes aceptados masivamente como “Mazinger Z”, “Getter Robo” y “Grandizer”, transmitidos en México y cautivando las empoderadas fantasías de los infantes quienes soñábamos con tripular nuestro propio autómata titánico.
Entre aquellos que se fascinaron por este pueril pero visual y emocionalmente pirotécnico despliegue de destrucción tamaño familiar estaba el futuro director Guillermo del Toro, quien en pleno desarrollo de su carrera se dio un respiro de lo grotesco y sobrenatural para escribir en celuloide una carta de amor a los “Mecha” con su curioso filme “Titanes del Pacífico” (2013), una afectuosa oda al subgénero que amalgamaba la lúdica percepción del cineasta mexicano con la sensibilidad narrativa ya descrita de los nipones. El resultado es lo esperado de un director que además de anime cultivara su formación creativa con filmes de “El Santo” y horrores serie “B”, pues es honesto, descabellado, al grano y sin pretensiones. En pocas palabras, una producción digna de matinée pero con gran presupuesto y lineamientos dramáticos propios que, sin lograr establecerse en los anales de los triunfos taquilleros absolutos, sí manifestó que la vigencia por luchas entre seres mastodónticos arrasando con todo a su paso aún permea la cultura popular.
Probablemente por ello los estudios Universal decidieron darle una segunda oportunidad al concepto y sin el padrinazgo de Del Toro con “Titanes del Pacífico: Insurrección”, secuela menos afortunada al no poseer la mirada torcida y vivaracha del director tapatío, arrebatando frescura al proceso aunque sin carencia de virtudes, como personajes mejor trabajados (Raleigh Becket, el personaje principal de la primera cinta, no sólo era un abismo negro de carisma e interés, desafortunadamente también era interpretado por Charlie Hunnam, una genuina tabla humana en cuanto a histrionismo) y secuencias de pelea bien constituidas en base a un ritmo y montaje similares a sus orígenes anime.
John Boyega (“Attack the Block”, la nueva trilogía de “La Guerra de las Galaxias”) es el estelar de “Titanes del Pacífico: Insurrección”, y su contratación resultó inspirada, pues el joven actor inglés derrocha carisma y credibilidad en su papel protagonista de Jake Pentecost, el hijo de Stacker Pentecost (Idris Elba), quien sacrificara su vida para detener a las monstruosas amenazas denominadas “Kaijú” que brotaban de una fisura interdimensional en el fondo del mar y así cancelar el apocalipsis. Diez años después de la guerra entre los gargantuescos seres con los humanos y sus inmensos robots llamados “Jaegers”, vemos a un Jake desligándose del heroico legado de su padre dedicando su existencia a la fiesta y robo de piezas descomunales de androides en desuso, hasta que conoce a Amara Namani (Cailee Spaeny), una jovencita de mente prodigiosa capaz de armar su propio “Jaeger”, retando a una autoridad que penaliza la creación de robots piratas. Tras ser apresados juntos, a Jake se le ofrece una oportunidad para reivindicarse: entrenar a los nuevos pilotos de estas desmesuradas maquinarias para defender al planeta de una nueva horda de “Kaijús”, las cuales son comandadas por una raza alienígena conocida como “Los Precursores” (esto sin alguna claridad, pues ¿Quién necesita una lógica detrás de una nomenclatura si ésta suena bien en voz alta?) en compañía del all american boy Nate Lambert (el estéril Scott Eastwood) y Mako Mori (Rinko Kikuchi), experta piloto, artemarcialista y sobreviviente de la cinta anterior. Por si la presencia de las criaturas no fuera suficiente, un “Jaeger” renegado hace de las suyas y parece que una poderosa compañía liderada por la misteriosa Liwen Shao (Tian Jing) está detrás de ello. Todos estos ingredientes son cocinados a fuego rápido por el debutante Steven S. DeKnight, a quien se le nota su falta de pericia en la dirección limitando todo el desarrollo a lo más básico y cumplidor, entregando un filme predecible y en ocasiones fantoche por su lealtad a una narrativa panfletera que confunde exuberancia por entusiasmo y caricaturismo por diversión, por lo que son los personajes bien trazados y las actuaciones de Boyega, Spaeny y Kikuchi las que sacan a flote este episodio de casi dos horas de “Mazinger Z”.
“Titanes del Pacífico: Insurrección” es uno de esos escapismos que funciona en pantalla grande por el alcance de sus ambiciones visuales, pero que es mejor esperar a que llegue por televisión abierta por sus limitados alcances argumentales. No cabe duda que Del Toro fue el ganador en todo esto, pues a pesar de escribir un tratamiento de guión para esta secuela, decidió renunciar a la posibilidad de dirigirla para enfocarse en “La Forma del Agua”, y ya vimos cuál fue el resultado.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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