Por J. Jesús López García

Las circunstancias de los edificios cambian con el correr del tiempo, al diversificarse sus usos o cambiarlos por completo, al mudarse sus ocupantes y recibir otros, al modificarse las características del entorno y al surgir nuevas maneras de percibir el mismo objeto arquitectónico.

Sucede como en la música, la literatura, la pintura o la escultura, que las consideraciones para o hacia una obra realizada, cambian a veces de maneras totalmente radicales y significan para cada generación cosas completamente diferentes. Recordemos que el llamado Palacio Negro de Lecumberri -iniciado en 1885 e inaugurado en 1900- fue considerado un monstruo urbano que desde el porfiriato haciendo gala de lo que entonces se consideraba de avanzada en materia de internamiento penal por su configuración panóptica, recibió a presos de todas las categorías, incluyendo a los prisioneros políticos, de entre los cuales los hubo muy célebres también, como Heberto Castillo o José Revueltas; Siqueiros tiene una foto icónica tras las rejas. Actualmente el edificio es el Archivo General de la Nación y su acceso ya no exclusivo ha ido domesticando su uso y su percepción.

Existen edificios considerados magistrales que en su momento tal vez no fueron muy sonados, y también hay por el contrario inmuebles que recién ejecutados fueron perdiendo el brillo original terminando por parecerse a sus imitadores epígonos. El museo Guggenheim de  Bilbao, por el arquitecto canadiense Frank Gehry (1929-  ) fue un suceso excepcional a fines de los años noventa del siglo pasado, pero al desarrollo de edificios tan llamativos obra del mismo arquitecto, su novedad inicial se desvanece un poco.

Ocurre también que fincas de buena hechura y buen diseño, van recibiendo un trato duro hasta modificarse físicamente de modo tan ostensible que los rasgos del inmueble ya no se distinguen de manera clara. Pero también sucede que la institución que alberga algún edificio va fortaleciéndose y el inmueble tiene que experimentar modificaciones para estar a la altura de la situación. Ejemplo de lo anterior lo comenta el padre Ricardo Corpus en su historia de la Catedral de la Virgen de la Asunción de aquí de Aguascalientes, edificio que realmente es el tercero o cuarto pues los anteriores estaban dispuestos en otra parte del ahora primer cuadro de nuestra ciudad y satisfacían las necesidades de una pequeña capilla primitiva fundacional y luego de una parroquia humilde que al pasar el tiempo terminó por convertirse en sede de un obispado merced al ascenso en categoría urbana de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción a ciudad capital del estado de Aguascalientes. La catedral actual se convirtió en basílica y se le agregó el cabildo catedralicio, sumándose a la original, una segunda torre igual.

Sin embargo en el caso de edificios sin esa función comunitaria tan fuerte, los cambios también se suceden sin parar, a veces de manera sutil, a veces de forma contundente. Las fincas no sólo son un reflejo de lo que una sociedad es o quiere ser en el momento de su construcción; los edificios van reflejando los cambios que esa misma sociedad va experimentando.

Los cambios en los inmuebles son un fenómeno ineludible, van a seguir suscitándose pero cabe en nuestro papel como promotores o artífices de esas transformaciones el conocer bien al paciente y no recetarle remedios que en lugar de propiciar una mejor salud, lo enferman.

La ciudad es una entidad viva y requiere por tanto cuidados constantes, los edificios pueden ser mecanismos para establecer un régimen de mejoras urbanas que nos ayuden como sociedad, a tener un mejor entorno habitable; pero los edificios también requieren mecanismos propios para mantenerles saludables.

Existe un chalet ubicado en la avenida Alejandro Vázquez del Mercado No. 228,  manifestación de los inicios de la industria en Aguascalientes que con la llegada de los talleres del Ferrocarril Central Mexicano dio principio la vocación fabril de la que ahora sigue haciendo gala buena parte de nuestra identidad. El chalet en comento es una edificación que sigue las pautas de diseño doméstico anglosajón, ocupando el centro del predio para tener áreas libres a los márgenes, en oposición a la casa tradicional de paramentos apañados a la calle, zaguán y patio; posee un porche y está realizado en ladrillo, material que a partir de la llegada del ferrocarril ha sido utilizado con profusión en nuestra ciudad, en detrimento del uso del adobe. La casa se mantiene en buen estado y aún es posible apreciar sus rasgos principales, con su cornisamiento que incluye un altorelieve en ladrillo y sus volúmenes casi intactos.

Para fortuna nuestra aún es posible encontrarnos con varias fincas como la referida, esto es el chalet, particularmente en calles y avenidas singulares de nuestra ciudad aguascalentense, tal y como en la Venustiano Carranza, la Alameda, la Álvaro Obregón, la Héroe de Nacozari y en la Vázquez del Mercado. Decimos que somos afortunados al contar con este tipo de inmuebles ya que ellos nos remiten a un espacio y un tiempo en la arquitectura, hablándonos de un modo de ser de los acalitanos.