Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

¿Fake News o Fuck the News?

En un punto de la película, un personaje enuncia con furor: “¡Debemos mantener a raya su nivel de poder! Si nosotros no los ponemos en evidencia, por Dios ¿Entonces quién?” La alusión va dirigida al gobierno de los Estados Unidos y quien entona con desdicha la frustrante cita es un periodista del Washington Post cuando este diario metropolitano obtiene acceso a una serie de documentos clasificados que verifica los corruptos entretelones de la política norteamericana en la hechura de la guerra de Vietnam. El eco en este diálogo logra resonar en la época moderna al impactar la cuestionable decisión del actual presidente estadounidense por desacreditar cada movimiento de la prensa que escudriña y justificadamente objeta las monomaniacas y oligárquicas decisiones del mandatario con anaranjada epidermis, manifestando una agresión directa a su Carta de Derechos y a los derechos civiles en general. Tal rastreo histórico debería repercutir en una narrativa relevante para la película “The Post: Los Oscuros Secretos del Pentágono”, cinta que expone la verdadera historia del citado periódico por revelar los truculentos tratos y manejos originados por el mismo partido Demócrata durante el mandato de John F. Kennedy y propulsado por Nixon y sus huestes Republicanas, todo registrado en papeles ultrasecretos que se vieron filtrados por los esfuerzos de periodistas de izquierda para develar las mentiras fraguadas en los más altos niveles de la Casa Blanca y sus agencias de seguridad. Desafortunadamente esta historia ha sido contada por Steven Spielberg, quien con su costumbre de procesar el argumento hasta hacerlo papilla para una fácil ablactación mental, toda profundización que sobre este complejo, rico y fascinante tema se pudiera dar queda tan solo el esquema narrativo de un telefilme noventero que aspira a contar una historia importante pero sólo permanece en la elementalidad argumental.
Además de las posibilidades que plantea la exploración del factor político, también tenemos un componente de género abordado con mucha mesura al tomar como punto central para su diégesis las duras decisiones que debe tomar Kaye Graham (interpretada con la acostumbrada corrección de Meryl Streep), la primera mujer en tomar la dirección editorial de un diario tan importante como el Washington Post después que su esposo, el publicista anterior, falleciera. Ante una situación que se antoja monárquica, Kay asumirá su rol con integridad y entereza ante las dudas de una mesa directiva puramente masculina y deberá hacer lo mejor para sacar adelante el diario, asistida por su editor Ben Bradlee (un sorprendentemente efectivo Tom Hanks), quien la apoyará y coordinará todos los pasos para que el periódico logre sacar a la luz los Archivos del Pentágono. La combinación de factores (integridad periodística y toma de decisiones por parte de una fémina sin experiencia en la dirigencia mediática) procura diversos factores de interés, sobre todo cuando ambos elementos se ven confrontados por las mismas instituciones que deberían amparar la difusión de la verdad -el gobierno y el mismo medio impreso-, dotando de cualidades dramáticas el complejo seguimiento a todos los hechos, en particular cuando la información debe manejarse mediante intermediarios como el informante anónimo Daniel Ellsberg (Matthew Rhys), responsable de la sustracción ilegal de los controvertidos documentos, y el reportero Ben Bagdikian (Bob Odenkirk), quien puentea los datos entre el periódico y su “Garganta Profunda” Ellsberg. Todas las piezas se mueven con precisión y pericia argumental, generando un discurso muy abierto que no confunde y si acaso, entretiene.
El problema es que Spielberg comprende cómo presentar la historia, pero parece que desconoce qué hacer exactamente con ella, perdiendo valiosas oportunidades dramáticas e incluso narrativas para socavar más a fondo la realidad de un sistema político al que le importa un pepino la comunidad civil que supuestamente debería servir y todo se expone con la moderación más absoluta como sólo un conservador recalcitrante como él puede manifestar (claro, cuando no se trata de discursos en defensa de la comunidad judía, pues ahí sí que corre sangre en pantalla). Es una pena, porque la cinta tiene todos los elementos técnicos, histriónicos y temáticos para que su argumento contundentemente ofreciera una reflexión más depurada y fuerte sobre la realidad del gobierno norteamericano, algo que a todos comprendemos y sabemos que está ahí, menos un director tan abyecto a la propuesta como Spielberg. Sólo queda especular cuán superior hubiera sido la naturaleza en el discurso de este filme si alguien como David Fincher la hubiera dirigido. Como no es el caso, “The Post: Los Oscuros Secretos del Pentágono” será siempre el hermano menor de “Todos Los Hombres del Presidente” (Pakula, E.U., 1976) o “House Of Cards”.

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