Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

La segunda guerra mundial fue tan mundial, pero tan mundial… que hasta aquí llegó… En efecto, Aguascalientes estuvo en pie de guerra; en son de lucha, para resistir hasta sus últimas consecuencias a los totalitarismos que amenazaban al mundo libre o hasta derrotarlos; lo que ocurriera primero…

Ciertamente, no se llegó al extremo de facilitar contingente de sangre; no hay en el cementerio de la omega en la puerta, algún monumento que diga más o menos así: “Caído en la batalla de las Ardenas”, o “Su sangre regó las playas de Okinawa”, o “Dio su vida para salvar las de otros, en Monte Casino, Italia”. No hay nada de eso, y en todo caso las medidas tomadas para enfrentar a los seguidores del fhürer y socios que lo acompañaron, fueron más bien simbólicas, aunque, por supuesto, muy serias.

Mi mentor, el doctor Andrés Reyes Rodríguez, me contó que una de las cosas que se hicieron fue utilizar el silbato del taller del ferrocarril como alarma para oscurecer la ciudad, en simulacros que se realizaban por lo menos una vez a la semana, unos minutos.

También, a manera de preparación defensiva, se organizaron destacamentos militares con civiles. La Confederación Nacional de Organizaciones Populares del PRI cumplió aquí un importante papel. Uno de los personajes más destacados en esta labor fue un señor del barrio de Guadalupe de nombre Aurelio Limón.

Digo que las medidas fueron simbólicas porque francamente habría resultado imposible que se dejaran caer por estos lares, rubios que masticaran la lengua de Goethe…

Quizá en su momento alcanzara a percibirse cierta tensión en el ambiente pero, la verdad, todo eso resultaba fuera de lugar porque, fíjese, por ejemplo, en esto de los apagones, resultaba imposible que algún avión de la Luftwaffe llegara hasta acá a tirar sus bombas sobre los baños de Ojocaliente y puntos circunvecinos.

Por cierto, esto de los oscurecimientos por motivos bélicos inspiró a Manuel Esperón su incestuosa pero deliciosa canción “El apagón”, que en su momento popularizara Toña la Negra.

Pero si se prepararon contingentes para enfrentar al enemigo; si de cuando en cuando se oscureció la ciudad, y no precisamente porque faltara energía eléctrica, llegado el momento también se celebró el triunfo; nuestro triunfo… Y en estas celebraciones hubo dos acontecimientos muy principales, el primero, la noche del 12 de mayo de 1945, y el otro, el 15 de agosto, justamente el día de la rendición de Japón.

El primer evento –sigo en este comentario la noticia publicada por El Sol del Centro en la fecha correspondiente– consistió en una “cena de la victoria”, que se realizó en el “reformado Salón Las Palmas”, y que fue organizada por el “Comité Local de las Naciones Unidas”. El banquete, al que asistieron “las más significadas personas de la ciudad”, fue encabezado por el gobernador del estado, ingeniero Jesús M. Rodríguez Flores y los generales Juan B. Izaguirre y César Domínguez, comandante de la decimocuarta zona militar y jefe de estado mayor de la misma, respectivamente.

En el convivio se escucharon el “Himno de Riego”, que es el epinicio de la República Española, la misma que el dictador Franco y cómplices destruyeron, el Himno Nacional, entonado por el “notable tenor local” Horacio Westrup Puentes y coreado por todos los presentes, y La Marsellesa…

Pero lo que sí no faltaron fueron los discursos… Para conmemorar el fasto hablaron los abogados Manuel Ballesteros, Edmundo Ortega Douglas, Ricardo Olivares Carreón, el doctor Bahig Shaadi, y los señores Enrique Castaingts y José Jové.

En nombre de los republicanos residentes en México, el licenciado Manuel Ballesteros se refirió con “visible fogosidad” a la situación española del momento y atacó al gobierno de Franco. Le siguió el abogado Edmundo Ortega Douglas, quien de entrada solicitó a los presentes un homenaje al demócrata presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, fallecido justo un mes antes.

Siguió el también jurisconsulto Olivares, “nuestro capaz tribuno”, quien habló en nombre de las repúblicas de México y de China. Olivares fue “certero en sus conceptos, emocionada su dicción”, pero nada dice el “diario al servicio de la región” del contenido de su peroración.

Luego siguió el doctor Bahig, en nombre de la Colonia Libanesa, quien solicitó a las autoridades presentes “que se hiciese una guardia a nuestra bandera patria, lo que hicieron conmovidos ambos funcionarios –el gobernador y el jefe de la zona militar– mientras los asistentes se ponían de pie”.

El señor Castaingts, que fue uno de esos personajes clave de su época; alguien a quien todo el mundo conocía, era miembro del Comité Local de las Naciones Unidas, que por cierto encabezaba el profesor Alejandro Topete del Valle. Don Enrique, que tuvo un negocio de ropa en Morelos de nombre El nuevo París, “pidió un minuto de silencio por los caídos en la guerra”.

En último término se dirigió a los presentes el señor José Jové, ex ministro de la Generalidad Catalana –supongo que es Generalitat– que, en contraste con el discurso “de su compatriota Ballesteros, habló con serenidad sobre el asunto español”.

Por invitación del profesor Alejandro Topete del Valle, que fungió como maestro de ceremonias, hablaron también los señores Desiderio Cotier, veterano de la Gran Guerra, y el señor Felizardo Burgos, gerente de la Jabonera del Centro.

Del otro acontecimiento le platicaré la próxima semana.

Por cierto, la palabra epinicio no es insulto ni el nombre de alguien que merecía mejor suerte. Significa, según el diccionario de la RAE, canto triunfal o himno triunfal… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).