Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Hace ya 35 años que el director/productor/guionista/farolero experto James Cameron impregnó a la cultura popular con una cepa de ficción en ese entonces percibida como sofisticada dada su compleja construcción narrativa por incluir temas del tipo paradojas tiempo-espaciales y el determinismo versus fatalismo en cuanto a las acciones detonadas por los personajes principales aderezadas por deslumbrantes secuencias de acción (aunque claro, poco después del éxito taquillero de la cinta el iconoclasta escritor Harlan Ellison haría notar que toda la historia pillaba descaradamente de algunos textos de su autoría, por lo que al hampón Cameron no le quedó de otra más que otorgarle una pingüe mención a modo de reconocimiento durante los créditos finales).

La película sigue funcionando gracias a que en ese entonces a Cameron aún le importaba un pepino la honestidad creativa a la vez que un reparto conformado por Linda Hamilton, Michael Biehn y Arnold Schwarzenegger no sólo cumplieron adecuadamente en sus respectivos papeles, también forjaron arquetipos invaluables para las subsecuentes producciones accioneras que definirían la década de los 80’s.

Una secuela, titulada “T2: Juicio Final” (1991) también dirigida por él demostraría que el interés de Cameron estaba en el espectáculo y no tanto en la historia, pues básicamente reciclaría la primera parte pero fortalecida con un presupuesto entonces gargantuesco (100 millones de dólares) y efectos especiales de vanguardia.

La aceptación del público fue unánime y tal éxito económico le permitiría al director hacer carrera con refritos o derivados de narrativas y fórmulas ya probadas en ejercicios literarios y cinematográficos anteriores con vacuidades tales como “Titanic” y “Avatar”, las cuales como diría el maestro Scorsese no son cine, tan sólo montañas rusas creativamente subdesarrolladas.

Varias secuelas después, cada una más patética que la anterior, dan paso a la más reciente entrega, titulada “Terminator: Destino Oculto”, continuación directa a “Juicio Final” la cual existe tan sólo porque los derechos de los personajes han regresado a las manos de Cameron después de que años atrás los cediera a otros estudios y busca la manera de regresarle el lustre popular e incluso cultural a sus ya icónicos personajes.

Pero flaco favor es el que les ha hecho ya que la cinta no es más que pan con lo mismo, canibalizando lo ya planteado en las primeras dos películas y añadiendo elementos aptos para la sensibilidad millenial o la nueva corrección política como lo es una cesión absoluta al género femenino para sumar esfuerzos a la sensibilidad #MeToo e incluso forzar la inclusión racial. Nada de esto es erróneo per se si acaso tuviera justificación argumental, narrativa o algo similar, pero así como quedó luce tan solo como una pieza más de esta agenda política que lleva Hollywood para derrotar discursivamente a Trump. Ojalá y así hubiera sido mediante un guion inteligente y medido.

Como escribí anteriormente, la trama no guarda sorpresa alguna al ser lo mismo de siempre: una chica, en este caso la mexicana Daniela Ramos (Natalia Reyes) debe ser protegida ante la llegada de un androide del futuro (Gabriel Luna) capaz de separar su epidermis maleable de su esqueleto mecánico en doble entidad sintética autónomas (o sea que ahora son dos Terminators por el precio de uno, pero el personaje se traza con tal flojera que de dos no se hace ni uno) que busca eliminarla porque a la postre será una figura mesiánica en la guerra contra las máquinas (si se preguntan por qué eso sigue siendo un posibilidad después de la conclusión en “T2”, sí se da una explicación, aunque bastante facilona).

Para protegerla, los soldados postapocalípticos siguen empeñados en enviar humanos al pasado y no robots último modelo –ya saben, para darle mejor batalla a un Terminator–, y es así como arriba al presente Grace (Mackenzie Davies), una soldado relativamente mejorada genética y tecnológicamente para proteger a Daniela. Ambas son interceptadas por Sarah Connor, quien ha perdido a su hijo John (Edward Furlong) a manos de un T-800 (Arnold Schwarzenegger) y ahora dedica su vida a eliminar Terminators varados en el pasado empleando información que le envía una fuente anónima.

La historia los conducirá a dicho informante quien resulta ser el androide homicida ahora avejentado que ultimó al hijo de Sarah, solo que ya es una figura paterna y esposo postizo de una latina madura una vez que el ser sintético perdió todo propósito cuando cumplió su misión.

En este punto infinidad de preguntas llegan a la mente del espectador sin que nunca haya respuesta (¿Por qué un Terminator envejece o adquiere sentimientos? ¿Cómo es posible que existan varios de ellos a los que Sarah aniquila si en la segunda película se eliminó la posibilidad de que existieran? Y así…). Pero esto ya resulta intrascendente cuando vemos que lo último que le preocupa a Cameron y al director Tim Miller (“Deadpool”) es dotarle cordura o un seguimiento inteligente a su proyecto y se ponen en manos de la complacencia, dejándole todo el trabajo a las buenas actuaciones de Davies y Hamilton, lo más destacable de la cinta, pues los demás, incluyendo a la supuesta protagonista Reyes, lo hacen con una infinita pasguatez.

“Terminator: Destino Oculto” termina por destruir más que por construir o aportar algo a la mitología preestablecida y si bien en cada película algún personaje siempre sale con la famosa línea del “I’ll be back”, esperemos que ninguna cinta sobre este personaje vuelva y que alguien se apiade del Terminator desactivándolo para siempre.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com