CDMX.- Maxi Vecco, encargado de la producción del videomapping que está presente en pantallas, paredes, escenografía y hasta en el piso durante toda la representación de Jesucristo Superestrella, hablaba con un reportero entre las butacas del teatro minutos antes del inicio de la función de prensa.
El artista multimedia argentino decía que el productor Alejandro Gou no escatimó recursos para montar la obra de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice en su versión mexicana de 2019… y se nota.
Además de la constante proyección de videos, tiene una muy convincente escenografía de corte postapocalíptico con plataformas motorizadas, lluvia, fuego y un auto ruinoso que entra y sale de escena.
La iluminación robótica con 180 luces, un grupo de rock con dos estupendas guitarristas y secciones de viento y percusiones, un ensamble coral y coreográfico de primer nivel y un fino trabajo de vestuario dan cuenta de que el productor hizo una fuerte inversión. Los resultados, pues, saltan a la vista y al oído.
Erik Rubín presentó una versión más madura vocalmente del Judas que él mismo encarnó en el 2001 y demostró las tablas adquiridas desde entonces en sus movimientos y en la proyección no sólo de su voz sino de su presencia escénica. Logró conectar profundo con el público en una labor sobresaliente en los números «Dinero Maldito», «La Muerte de Judas» y «Superestrella».
Cumplió María José en el papel de María Magdalena, destacando las armonías con Yahir -también cumplidor, sin ser sobresaliente- y el ensamble en «Sueño con Volver a Verte», aunque a su versión de la emblemática «Yo No Sé cómo Amarlo» le faltó fuerza interpretativa y gestual para hacerle justicia a una de las mejores canciones de la obra.
Leyenda viva del rock nacional, a Enrique Guzmán se le tributó una ovación por su mera presencia en el papel del Rey Herodes. Por supuesto que se robó la escena con su humor, aunque sus habilidades vocales, evidentemente, ya no son las de antes.
Brilló Kalimba como Simón en una interpretación sin falla, con dicción perfecta y una voz potente. Energético en el baile y haciendo gala de carisma y profesionalismo. Quizás el mejor de los siete protagónicos, como quedó de manifiesto en la tanda final de aplausos.
Quizás sea por la enorme expectativa que causa escuchar a la voz de La Ley cantar las canciones que originalmente fueron interpretadas por Ian Gillian, vocalista de Deep Purple, pero Beto Cuevas quedó a deber como Jesús».
El momento definitorio para quienes han hecho ese papel es «Getsemaní», con sus desgarradores sobreagudos en los que han destacado el protagonista de la versión fílmica de 1973, Ted Neely, Camilo Sesto en la versión española de 1975, y Steve Balsamo, galés que le dio una nueva dimensión al musical a finales de los 90.
Ahí, Cuevas quedó corto, pues su característico falsete fue correcto, pero no impresionó. Quedó la sensación de que fue demasiado cauteloso en colocar las notas y no desafinar, pero que pudo darle más profundidad a su interpretación. (Alex Castillo/Agencia Reforma)