Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Barrio chico, infierno grande

El que una nación de contenidos mediáticos moduladores de los perfiles culturales globales, como los Estados Unidos de Norteamérica, involucione la naturaleza sociocultural de sus habitantes debido a un presidente mamarracho y facha, sólo impele a que se realicen cintas como ésta, motorizadas por la necesidad tanto de una observación detenida ante este fenómeno en la inmediata regurgitación de su discurso en pantalla grande. A la postre, y conforme avance el cuatrienio del susodicho mamarracho, surgirán obras célebres que marcarán generacional e ideológicamente esa transformación mediante incisivos análisis y reflexiones de esta condición identitaria. “Suburbicón: Bienvenidos al Paraíso”, aspira a ser una de ellas tratando de abrir brecha luego que su argumento aborda suficientes estratos de insuficiencia civil para considerarse metáforas sobre el tiempo que se vive en el país del norte, pero ninguna buena intención termina por compensar un guión que infortunadamente no localiza centro narrativo y que a pesar de un arranque prometedor, el desarrollo se desploma como el nivel de aceptación de Trump en E.U.
La película marca el regreso del actor George Clooney a la silla de director tomando como base un libreto original de Ethan y Joel Coen, quienes lo escribieron hace 30 años con el fin de realizarlo en algún punto de su carrera. Al empolvarse por relego, Clooney decidió tomar acción y trasladarlo a la pantalla con el fin de concretar una alusión certera y mordaz sobre las inequidades emergentes en su nación en cuanto a raza y distribución de capital, pero el proyecto parece no ajustarse necesariamente a las probadas habilidades en la confección de tramas del histrión (prueba de ello son las excelentes “Confesiones de una mente peligrosa”, “Buenas noches, buena suerte” y “Poder y traición”) y deja a su suerte varios elementos narrativos que hubieran requerido un ajuste en cuanto a ritmo y contenido. La cinta siempre está así de cerca de ser un filme ejemplar pero no basta con tener un guión firmado por los Coen para que el resultado esté a la altura.
La película, ambientada a finales de los 50’s, maneja dos tramas paralelas que ocasionalmente se intersectan. Por un lado tenemos una idílica comunidad llamada Suburbicón, la cual manifiesta desde el inicio de la cinta ser un conglomerado de dicha y tolerancia pues se integra por familias provenientes de diversos estados del país, así que tenemos a caucásicos neoyorquinos, caucásicos de Iowa o caucásicos de Florida. Las cosas se descontrolan cuando se instala la familia Mayer, afroamericanos. La xenofobia comunal comienza a aflorar manifestándola sin empacho, mostrando repudio absoluto por su llegada y obstaculizando su vida protestando cacofónicamente cada noche a la entrada de su jardín o elevando drásticamente los precios de los alimentos que pretenden adquirir en el mercado local. Por el otro, tenemos a la familia Lodge, vecinos de los Mayer e integrado por el patriarca Gardner (Matt Damon), su esposa Rose (Julianne Moore), su hermana gemela Margaret (también Moore) y su pequeño hijo Nicky (Noah Jupe). Su vida se trastoca cuando unos intrusos irrumpen en su hogar con el aparente fin de atracar y provocando la muerte de Rose. Conforme la realidad de dicha irrupción comienza a revelarse, la trama comenzará su descenso en una espiral de traición, ruina y decepción registrada mediante los inocentes ojos de Nicky.
Indudablemente Clooney sabe dónde colocar la cámara y crear atmósferas convincentes enrarecidas por la presencia de estos gringos megalómanos que se comportan como lunáticos cuando la desesperanza o su insuficiencia humanitaria los pone ante eventos que creen no pueden controlar (racismo, fraudes, infidelidad, etc.) y que no quisiera abordar con mayor claridad al tratarse de puntos nodales en la trama, pero aun así la dirección no encuentra los elementos clave que debieran producirse orgánicamente, por enfocarse en las cualidades más bizarras del guión y no profundizar más en los personajes. La familia Mayer, por ejemplo, deja de funcionar como un instrumento de narración para traducirse en un símbolo de la aberrante intolerancia que permea (y seguirá permeando) la conciencia de los norteamericanos, algo que desemboca en la obviedad argumental cuando Clooney no hace más que mostrarlos como objetos que canalizan la abominación conductual y no como seres humanos que procrean un coherente arco dramático. Por otro lado, debemos contentarnos con la exposición de los Lodge como humanos anómalos que bordean la monstruosidad (la escena climática entre Gardner y su hijo lo expone muy bien) pero sin un claro sustento para su proceder, tan solo propulsados por impulsos que requieren una exploración más a fondo. Constantes son las señales con las que nosotros espectadores podemos rastrear el ADN de los Coen en los fundamentos de la historia (desacralización de instituciones básicas estadounidenses, la fauna suburbana satirizada a través de sus conformistas e ignorantes modelos de conducta, rechazo a la burguesía, humor negro chapopote, etc.), y aun así no alcanza para darnos una obra que perdure, que trascienda sus propias pretensiones y logre establecerse como un discurso universal que exponga en el microscopio cinematográfico las fallas o carencias de la norteamérica trumpista, como seguramente los Coen hubieran hecho. “Suburbicón” se deja ver, pues las actuaciones funcionan -en particular el pequeño Noah Jupe, actorcito aplicado con un futuro interesante- y la mano de Clooney no titubea en cuanto a su empleo de la técnica fílmica, pero ahora deja ver que lo suyo es la formalidad narrativa y no la alegoría oscura. Esta vez no funcionó, pero nos quedamos con el beneficio de la duda para su siguiente proyecto como director.

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