Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Fue el año pasado cuando tuvimos oportunidad de ver en cines nacionales la disertación /meditación/crítica al sistema y fondo de la comercialización del arte contemporáneo del director sueco, Ruben Östlund, mediante su mesmerizante ejercicio ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes “The Square: La Farsa del Arte” (2017). En esa cinta se discurre mediante un lenguaje claro y profundo la desarticulación del propósito detrás de la creación artística mostrándose mediante lujosos aparadores como instrumentos diseñados por ideologías cuajadas en la posmodernidad más abyecta, apareando la petulancia con el extravío creativo. El discurso manejado en el filme se percibe oportuno y necesario en la era de las redes sociales como coladera ideológica y tal vez por ello, el cineasta californiano Dan Gilroy ha decidido mostrar con todo el grafismo posible, en “Velvet Buzzsaw”, su más reciente producción estrenada este mes en Netflix, aquello que Östlund sólo sugiere. Por fortuna, Gilroy parece consciente de sus alcances como narrador y modula su relato a niveles de farsa que se sostiene mediante un empleo de agudo humor negro, con horror remitente a la sangrienta psicodelia de Dario Argento.
Jake Gyllenhaal vuelve a colaborar con Gilroy después de su afortunada dupla en “Primicia Mortal” (2014) para interpretar a Morf Vandewalt, un gesticulante e influyente crítico que evalúa toda obra plástica notable en la ciudad de Los Ángeles, bajo el auspicio de Rohonda Haze (Rene Russo), manipuladora capitalista del arte, y su asistente Josephine (Zawe Ashton), quien mantiene una tórrida relación carnal con el bisexual Morf. Esta última, ambiciosa y deseosa por crecer en el selecto circuito de la representación artística, se topa con el trabajo pictórico de un vecino recién fallecido en su edificio de departamentos llamado Ventril Dease. Sus pinturas, saturadas de angustia y tonos sombríos, como si se tratara de una amalgama entre el Expresionismo alemán y la sensibilidad oscura de Francis Bacon, terminan por fascinar a quienquiera que las observe, incluyendo a la gerente del Museo de Rohona, Gretchen (Toni Collette), y al artista en decadencia Piers (John Malkovich), quien sólo quiere recuperar los muros de tan prestigiosa galería para hacerse de un nombre otra vez. Todos ellos se verán involucrados en una serie de eventos sobrenaturales que involucran a los cuadros de Dease, quien al parecer ha transferido su espíritu a los lienzos y asesina cruel y violentamente a quienes tratan a su obra como objetos de comercio.
Así como Gilroy se sumergió en la cloaca que expone la identidad oportunista y mórbida de los medios de comunicación informativos en “Primicia Mortal”, ahora se adentra en los abismos de la mercantilización despiadada del arte, mostrando a sus sofisticados y vacuos tenderos como seres desprovistos de motivación, que dislocaron su propósito en el mundo de la exhibición artística para convertirse en meros traficantes con ínfulas influencers. En este punto la película brilla, pues los explícitos ataques producto de la obra embrujada logran superar el efectismo y se suman a las cualidades simbólicas (mesuradas, claro está) de esta cinta que discursa con agrado sobre este universo donde ningún personaje es héroe, tan solo humanos retomando identidad a través del talento ajeno.
“Velvet Buzzsaw” es un trabajo honesto y claro que verá detractores en las filas de espectadores que la encuentren o pretenciosa (la audiencia de “The Square”, tal vez) o tan abstracta que no encuentran el horror a menos que se les presente al estilo de James Wan y sus “conjuros” (la audiencia de “Mirreyes vs. Godínez”, probablemente). Lo que excluye cualquier duda es que se trata de una cinta fresca, bien trazada y sobre todo muy bien interpretada que, al igual que cualquier pieza en un museo, requiere una observación más a fondo y no el fugaz vistazo.
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