Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

El nombre “Quincy Jones” tal vez resuene tan solo a aquellos melómanos pendientes de la música jazz y rhythm and blues al haberse codeado y ejecutado tales ritmos con algunos de los nombres más importantes de la única expresión armónica y musical de valor surgida en las entrañas de la Norteamérica segregada. Esos mismos melómanos también señalarán su aporte como productor, letrista y conductor de varias piezas que adornaron diversas películas durante los 60’s y 70’s o de diversos álbumes que sentaron récords de ventas. Pero lo que muchos tal vez no han apreciado es que en el proceso de desarrollar su actividad musical contribuyó a la forja de íconos culturales tanto acústicos como presenciales, escribiendo canciones que permearían el folclor urbano y descubriendo artistas que rebasaron la popularidad para transformarse en mitos. Tal vez se perciba grandilocuente o pomposo, pero de eso se trata la vida de Quincy Jones, una historia que fascina por su trasfondo social y la relevancia adquirida a nivel mundial tras varias décadas de labor. Esto es lo que muestra el nuevo documental producido por Netflix titulado simplemente “Quincy”, un trabajo que media entre la desmitificación y la glorificación para mostrar a un hombre que vive para lo que ama: la música.
La cinta comienza con una entrevista radial actual hecha por el famoso rapero Dr. Dre a Quincy, donde pone de manifiesto la importancia de su trabajo y el legado que permanece en todos los ámbitos de la producción musical. Este emparejamiento generacional abre adecuadamente una revisión cronológica de la vida de Jones, alternando entre los diversos capítulos que conforman su pasado como su infancia en un hogar resquebrajado por una madre esquizofrénica y un padre ausente, sus inicios como trombonista o sus matrimonios fallidos conforme su popularidad y actividad lo absorben y la inminente inauguración del Museo Afroamericano Smithsoniano, del cual producirá el espectáculo de apertura. La combinación de ambas líneas temporales abren un panorama muy amplio sobre la identidad de este hombre al que vimos sonreír varias veces frente a las cámaras detrás de cantantes y figuras del espectáculo tan reconocidas como Michael Jackson o Will Smith, pero de quien realmente desconocíamos su trasfondo o el porqué de su notoriedad. El relato que cuidadosamente se teje mediante anécdotas narradas por el propio Quincy revela a un hombre con demonios internos producto de la malograda crianza ya mencionada y un amor desmedido a la música que logró arrebatarle presente y vínculos emocionales con mujeres y familia contrarrestados por alcohol y abandono. Entre capítulos amargos se nos muestra también a un brillante hombre de negocios con enorme capacidad creativa y genuino entendimiento de su arte que logró colarse a la estratósfera de la composición musical trabajando con sus ídolos como Ray Charles –de quien terminaría siendo uno de sus más grandes colegas y amigos- , Charlie “Bird” Parker, Dizzy Gillespie, CountBasie y Frank Sinatra, entre muchos otros, a la vez de reconocer el talento en figuras como Michael Jackson a quien lo amparó hasta transformarlo en la estrella dela música pop más importante del Siglo XX.
El atractivo de este documental no yace solamente en su cuidada revisión histórica que sirve como relato sociocultural, sino en el genuino aprecio que expresa por su personaje central sin que se forcé una narrativa compasiva a costa de su fama. Esto probablemente se deba a que el proyecto es codirigido por Rashida Jones, actriz e hija del mismo Quincy quien logra balancear la humanización de su padre en pantalla sin arrastrarlo por el fango de la desacralización barata o efectista. El conjunto resulta, por ende, maduro, reflexivo y por demás aleccionador, sobre todo para aquellos que permanecemos relativamente al margen del espectro musical pero que en base a lo mostrado en este bien ejecutado documental aviva la curiosidad musicómana.

Correo: [email protected]