Juan Pablo Martínez Zúñiga

El pasado domingo 4 de febrero, mientras los aficionados al futbol americano alrededor del mundo fagocitaban sus uñas ante lo cerrado del encuentro entre Patriotas de Nueva Inglaterra y las Águilas de Filadelfia, ocurrió algo muy peculiar: inesperadamente surgió un avance durante un corte comercial de la más reciente cinta producida por J. J. Abrams sobre su universo “Cloverfield”, de la cual nada se sabía y que sorpresivamente tendría su estreno no en cines, sino en el servicio de streaming más popular (Netflix) justo al término del Súper Tazón. Una vez procesado el asombro, la maniobra no causó extrañeza en el respetable, pues forma parte de este juego promocional que Abrams ha mantenido desde el estreno de “Cloverfield: Monstruo” (2008) al guardar el mayor secretismo sobre la trama hasta su estreno hace diez años. La película, una verdadera decepción en cuanto a historia, personajes y recursos visuales por abuso del vacuo recurso de la cámara en mano, generó ingresos aceptables en taquilla, lo que aunado a un final abierto auguraba secuelas inmediatas. Mas su estrategia se vio postergada al tomar el mando primero de la reestructuración cinematográfica de “Viaje a las Estrellas” y posteriormente de la nueva trilogía sobre “La Guerra de las Galaxias” aún en curso. Es así que en el 2016 estrenó el siguiente ”episodio” o componente a este rompecabezas que permanece inconcluso con “Avenida Cloverfield 10”, la cual se produjo en secreto y cuya promoción arrancó a pocas semanas previas de su estreno. Esta cinta, sobre una chica (Mary-Elizabeth Winstead) que despierta cautiva en un búnker subterráneo después de un accidente en auto por un rotundo hombre maduro (John Goodman) quien argumenta mantenerla a salvo de una plaga destructiva que ha asolado a la humanidad, resultó más redonda y efectiva en términos dramáticos e histriónicos, hasta ese horrendo final que gira la tuerca hasta la inverosimilitud.

Es así llegamos a “La Paradoja Cloverfield”, cinta enclavada temporalmente al inicio de esta microsaga tratando de esclarecer varias de las incógnitas planteadas en las dos cintas anteriores. Y lo hace… de la forma más inconexa, sosa y predecible posible. Ahora comprendemos porqué la Paramount, estudio que respaldó financiando y distribuyendo a sus predecesoras, decidió estrenarla directamente en Netflix, pues así nadie se sentiría terriblemente estafado por la atmósfera de ganga que produce el revisar filmes mediante streaming, a la vez que sortearían lo que indudablemente fuera un fracaso estrepitoso en taquilla de haber tenido corrida comercial, pues hablamos de la cinta más floja en esta serie y probablemente de la peor película con el sello Abrams hasta la fecha.

“La Paradoja Cloverfield” se ubica en un futuro no muy lejano donde la crisis energética se ha agravado al punto de orillar a varias naciones al borde de una guerra mundial. La solución toma forma de un acelerador de partículas que, de funcionar exitosamente, podría proveer energía limpia y duradera al planeta, más los riesgos que implican sus pruebas son altos, así que se monta un equipo de especialistas para llevar la máquina al espacio y allá conducir todos los ensayos. Corte a dos años después y la tripulación de la estación espacial, conformada por la capitana Hamilton (GuguMbtaha-Raw), el comandante Schmidt (Daniel Brühl), una científica china llamada Tam (Zhang Zhiyi), el técnico ruso especialista en electrónica Volkov (Aksel Hennie), el médico brasileño Monk (Axel Ortiz), un chalán irlandés apodado “Mundy” (Chris O’Dowd) y Kiel (David Oyelowo), el supervisor norteamericano del proyecto, continúan con su labor, generando incontables intentos por hacer funcionar correctamente el colisionador de partículas (conocido como “Shepard”). Cuando por fin lo logran, se produce una discontinuidad espacio-tiempo que los transporta a una Tierra paralela o espejo en el espacio profundo donde las leyes de la física conocidas no se aplican. La misión ahora será regresar a casa, si logran sobrevivir la tetradimensionalidad a la que deben enfrentarse y antagonistas humanos producto de la desconfianza y el temor por su inusual situación.

La película marca el debut del productor y director de cortometrajes nigeriano Julius Onah en Hollywood y revela a un cineasta capaz de manejar adecuadamente la cámara y proponer una puesta en escena creativa para producir sensaciones específicas de forma correcta, a la vez que controla muy bien a un reparto tan ecléctico en estilo y etnias como éste. Es una lástima que le tocó un guión que peca de pobreza argumental y desarrollo de personajes ínfimo, pues todos los eventos en pantalla tienen el tufo del refrito ya que podemos rastrear sin problemas el origen fílmico de varias escenas, desde “Alien” (Scott, E.U. 1979) hasta “Event Horizon” (Anderson, G.B./E.U., 1997), sin que se conjure algún elemento memorable o siquiera interesante. Es lamentable además la interacción entre personajes, pues nada importante se revela de ellos entre la numerosa jerga seudo científica o sus incontables quejas por la condición en que se encuentran limitando su dinámica a responder como autómatas las agresiones, peticiones u órdenes de unos a otros. Cualquier atisbo a elementos creativos o atractivos (la escena cuando “Mundy” pierde su brazo ante el desdoblamiento dimensional y éste cobra vida propia o el personaje de Jensen [Elizabeth Debicki] enigmática mujer encontrada casi fusionada entre los cables de la nave después del primer salto cuántico y que jamás aporta algo más significativo que adversidad gratuita) son desechados con rapidez, produciendo numerosas preguntas en el espectador que jamás son resueltas. Pero el colmo es ese clímax absurdo muy en línea con lo visto en “Avenida Cloverfield 10” donde todo el desarrollo de la cinta, de por sí fallido, se va al caño por una sola toma final tan banal y forzada que ya no quedan ganas por ver otra continuación, la cual amenazan ahora sí en distribuirla en cines. Si el camino a seguir de los grandes estudios va a ser tirar al streaming lo que sea que consideren basura, entonces prefiero volver a pagar la carísima entrada a los complejos cinematográficos y recuperar el ritual de ver churros en una sala oscura junto a varias personas igualmente decepcionadas, algo que nos ha funcionado por generaciones, pues la gratificación de consumir algo por un costo módico no alivia la sensación de haber perdido hora y media de nuestras vidas, aun si se trata de aparatosos espectáculos como “La Paradoja Cloverfield”.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

¡Participa con tu opinión!