Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

El cine antológico rara vez logra un punto de cohesión tal que permita percibir todos los relatos que conforman la película como un ejercicio discursivo uniforme que distribuya correctamente la estructura narrativa estándar: Inicio – punto argumental – desarrollo – clímax y desenlace para delinear un discurso plural con redondez y concreción. Este formato, tan en boga durante los 80’s y 90’s, no había visto un representante digno para este siglo con excepción de maravillas aisladas como “Relatos Salvajes” (Szifrón, Argentina, 2014) y ahora, gracias a la sabiduría prosista de los hermanos Ethan y Joel Coen, tenemos una de las más acabadas y propositivas tal vez en la historia del género con “La Balada de Buster Scruggs”, donde seis relatos ambientados en el Viejo Oeste crean un viaje cronotópico que nos lleva desde momentos que nacen de la más pura hilaridad hasta los horizontes sombríos que solo la mirada antropocéntrica característica de estos agudos cineastas puede proveer, todo vertebrado por esa condición existencial que les ha fascinado desde “Simplemente Sangre” (1984), su ópera prima: la muerte.
Este proyecto inició como una serie televisiva para la compañía de streaming Netflix, pero al percatarse de sus posibilidades discursivas, los Coen decidieron configurar los relatos al modo cinematográfico que mejor conocen y trabajan, dando como resultado un trabajo que embelesa tanto por su exquisita representación de este período histórico clave en la formación perceptual de estos directores observadores y analistas de la cronología de su nación y sus procesos socioculturales, como de los juegos lingüísticos que emplean para llevarnos de lo más anecdótico a los simbólico, empleando recursos propios del realismo mágico, el drama más abyecto y la fatalidad, todos estos elementos distintivos de su probado y fascinante idiolecto.
La cinta inicia con Buster Scruggs (Tim Blake Nelson), baladista misántropo (aunque el personaje no esté de acuerdo) cuya trova conglomera magistralmente los puntos narrativos a explorar en la cinta, a la vez que se muestra como un pistolero de pulcra apariencia y puntería sobrenatural que mostrará las consecuencias del narcicismo mientras rompe a placer la cuarta pared. El segundo relato muestra a un forajido (James Franco) cuya mala suerte solo se verá contrarrestada en sus últimos momentos cuando se le obsequia la contemplación de una bella dama (¿La muerte’) en un gesto argumental de suculenta ironía. El filme prosigue con un enfrentamiento alegórico entre la sublimación espiritual que otorga el arte y el pensamiento ante la humanidad agreste en la forma de un recitador sin brazos y piernas (Harry Melling) como símbolo del corazón que habla desde sí mismo sin necesidad de otras extremidades, recorriendo pueblos miserables, intercambiando sus palabras por monedas, asistido por un silvestre hombrón (Liam Neeson) que es la antítesis de su discapacitado compañero. Posteriormente se nos narran andanzas de un gambusino (Tom Waits), quien en la soledad de su andar tratando de hallar una fabulada veta de oro, encuentra lo que busca, pero a un precio: su humanidad. La quinta historia, tal vez la más abundante en cuanto a recursos narrativos, se centra en una jovencita (Zoe Kazan) que pierde a su hermano enfermo mientras viajan por caravana, quedando a merced de una cuantiosa deuda y, posteriormente, del desamparo cuando unos indios atacan al grupo. El colofón es una pieza de introspección psicológica y grupal donde cinco extraños en una carreta que transporta un cadáver, intercambian palabras que muestran atisbos a las incongruencias que definen nuestra experiencia como humanos, todas ellas vanas, egoístas, pueriles o simplemente nihilistas.
El vigor y entrega con que los Coen tejen este tramado de ficción humanista es extraordinario, llevándonos a los espectadores de la mano por unas llanuras, desiertos y construcciones de madera distantes pero extrañamente familiares, dotadas de un aura preternatural gracias a la magnífica fotografía de Bruno Delbonnel, quien repite labor con los Coen para matizar estas historias campiranas con una puesta en escena rebosante de inquietudes plásticas y compositivas. El abundante reparto no solo se muestra aplicado, pues gracias al experimentado trabajo de esta dupla creativa con sus actores, logran una mimetización única que transfiere a sus papeles un plano sensible, conmovedor y hasta pavoroso, dando un resultado coral sublime.
“La Balada de Buster Scruggs”, como ocurre con otras propuestas de los Coen que tocan una vena tanatológica apareada con un lirismo sardónico marinado en ironía (“Barton Fink”, “Fargo”, “Sin Lugar Para Los Débiles”), es una cinta que requiere una lectura a profundidad y paciente, pero la deconstrucción y posterior armado del western como instrumento de inducción metafísica y poética al espectador valdrá la pena. Este es, sin duda, uno de los mejores trabajos de estos hermanos cineastas.

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