Juan Pablo Martínez Zúñiga

En teoría, no debería resultar tan complicado para los estudios cinematográficos occidentales adaptar mangas o animes japoneses, pues los núcleos narrativos de éstos suelen ser sencillos y muy universales en cuanto a su tratamiento argumental (romances, enfrentamientos maniqueos, melodramas, etc.) aún si se encuentran revestidos de aparatosa parafernalia visual, exóticas locaciones y personajes cuya caracterización parece inspirada en carnavales. En el fondo, el tratamiento básico de una historia codificable para cualquier cultura permanece intacto, de ahí su aceptación global, por lo que siempre resulta desconcertante ver cómo esto se atrofia cada vez que Hollywood pretende adaptarlo a su contexto sociocultural creando productos lamentables y poco perdurables (“Fist Of The North Star”, “Dragon Ball” y “Ghost In The Shell”, por mencionar algunos ejemplos), pues las producciones estadounidenses padecen de una agnosia crónica que les impide reconocer los aspectos más básicos de la gramática narrativa japonesa. “Death Note”, producción de Netflix que lleva al mercado anglosajón la famosa creación de Tsigumi Ohba y Takeshi Obata, es un caso muy peculiar, ya que el proceso de traslado en cuanto a trama y elementos visuales es muy respetuosa del material fuente, pero ahora la problemática estriba en un guión poco articulado que corretea todo el proceso al punto del colapso, pues maneja una enorme cantidad de ideas, conceptos y subtramas imposibles de desarrollar adecuadamente en tan solo una hora cuarenta minutos de duración.
La premisa es fascinante: un joven adolescente llamado Light Turner (Nat Wolff) se topa misteriosamente con una libreta de aspecto gastado, páginas repletas de nombres y dibujos y una deteriorada cubierta de piel donde se encuentran grabadas las palabras “Death Note” (“Nota de Muerte”). Al inicio se detallan incontables reglas sobre cómo utilizar el cuaderno, todas enfocadas al empleo de este misterioso artículo: la muerte teledirigida, pues basta con escribir el nombre de una persona en una de sus hojas y recordar su rostro para que ésta fallezca. Al principio, Light y una porrista marginal llamada Mia Sutton de quien él gusta (Margaret Qualley), comienzan una cruzada por librar al mundo de criminales de toda índole, asesinando mediante la libreta a ladrones, dictadores, esposos abusivos y otras lacras mediante la guía de Ryuk (voz de Willem Dafoe), un dios de la muerte que sólo Light puede ver y quien puso la “Death Note” a su alcance para que hiciera su homicida voluntad. Las muertes se apilan y el padre de Light, un detective de la policía (Shea Wigham) debe aliarse con un audaz y enigmático detective también adolescente llamado simplemente “L” para detener la ola de defunciones, iniciando un tenso juego del gato y el ratón.
La trama posee muchos elementos a su favor, pues las dislocaciones morales que plantea el aniquilar enemigos sociales a placer sin considerar siquiera la justa aplicación de tan mortal admonición aún si él medio es una libreta mágica, genera consideraciones reflexivas. Por otro lado, la entidad sobrenatural llamada Ryuk, la cual gusta de realizar comentarios sarcásticos y degustar manzanas –obvia alusión al pecado original–, es un personaje interesante por su impasible disposición hacia el drama que desata cada vez que pone en manos de un humano el letal cuaderno pero fascinado por la manera en que cada individuo la emplea, vinculando su motivación con el de los antiguos dioses griegos. Incluso las actuaciones son sólidas, ya que todo el reparto muestra compromiso e interés por sus papeles permitiendo que éstos resulten incluso empáticos aún si todos son detestables por su lesivo comportamiento en aras de aquello que creen justo. Mas todo se va al traste debido a un guión más preocupado por llegar a los eventos principales que tomarse el respectivo tiempo en explorar y razonar situaciones, personajes y elementos, de los cuales hay bastantes para que el público apenas y logre digerirlos. Podemos especular que el ritmo frenético es justificación del estudio para no permitir ni un segundo de cavilación sobre la ambigüedad moral ya mencionada, pues probablemente el sensible espectador norteamericano creerá que puede ponerse del lado de un sociópata asesino serial a distancia. Por ello tampoco podemos culpar al director Adam Wingard (“Tú Eres el Próximo”, “The Guest”), quien tiene el talento técnico y la mirada provocadora para producir un relato visualmente eficaz, pero con pocas herramientas narrativas con las cuales trabajar en base a un libreto que mete pie a fondo en el acelerador argumental. “Death Note” es lo más cercano que hemos visto a una adaptación decorosa de un manga, pero parece que aún falta mucho camino por recorrer.

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