Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

34 años después el Karate Kid aún tiene balance.
Mirando en el retrovisor de la nostalgia, el verano de 1984 fue uno de los más gloriosos en lo que a entretenimiento cinematográfico se refiere, pues la historia se ha encargado de validar y perpetuar el arraigo cultural y cinéfilo de varias producciones estrenadas aquel mítico año, pues aún se habla, alaba e incluso se alude constantemente a “Indiana Jones y El Templo de la Perdición”, “Érase una vez en América”, “Los Cazafantasmas”, “Gremlins” o “La Venganza de los Nerds” . Incluso filmes menos exitosos como “El último Guerrero Espacial”, “Calles de Fuego”, “Los Muppets Toman Nueva York” e incluso “C.H.U.D.” han sido alojados con estima y devoción por las legiones cultistas que aún suspiramos con su mera mención por ser filmes genuinamente producto de una era irrepetible. Mas, hubo una cinta que sin contar con aparatosos efectos especiales o un reparto multiestelar, logró colarse con fuerza al gusto popular y triunfar en taquilla y con la crítica hasta consolidarse como uno de los referentes obligados del cine ochentero: El “Karate Kid”, película dirigida por el experimentado John G. Avildsen quien retomó su fórmula ya probada y aprobada por el gran público en “Rocky” (Avildsen, E.U., 1976) sobre un individuo que tiene todas las de perder sólo para triunfar gracias a la guía y empuje necesarios, elementos traspolados a un adolescente enclenque llamado Daniel LaRusso (Ralph Macchio) quien se muda a regañadientes al valle californiano junto con su madre. Ahí conocerá al Sr. Miyagi (Noriyuki “Pat” Morita), quien lo educará en el camino del balance existencial, mental y físico a través del karate para así contrarrestar los ataques de un grupo de jóvenes liderados por el petulante y agresivo Johnny Lawrence (William Zabka) instruidos en las artes marciales por un cruel ex soldado llamado John Kreese (Martin Kove) en su dojo bautizado “Cobra Kai” donde se sigue la filosofía de la “no piedad”. La trama gana sin problema la atención de la audiencia al mostrarnos personajes bien armados, empáticos y casi reales en situaciones emocionantes y dramáticas que se tornan fascinantes, como el adiestramiento poco ortodoxo de Miyagi (“Quitar cera, poner cera”) y la dinámica entre los protagonistas, muy rica y serena. Con el paso de los años sus diálogos, diversas escenas y puesta en escena se han filtrado en la cultura popular manteniendo su vigencia, y ahora una serie original de YouTube Red ha decidido que la historia no terminó en las anteriores cintas y que aún queda mucho por contar sobre estos karatecas suburbanos que buscan el balance en sus vidas. “Cobra Kai” es el título de este proyecto y resulta sorprendente el manejo tan concreto, fluido e incluso inteligente que un total de 19 nombres en la producción (incluyendo a Will Smith y sus dos actores principales) le han dotado a esta historia que, siendo franco, me parecía una receta fácil de YouTube para obtener unos cuantos dólares rápidos. Mi incredulidad se vio disipada con el primer episodio, donde vemos a Johnny (Zabka) y a Daniel (Macchio) 30 años después de su enfrentamiento -y mítico desenlace gracias a cierta patada de grulla imitada hasta el cansancio por cualquiera, incluyéndome- en el Torneo de Artes Marciales del Valle. Por un lado vemos a Lawrence abatido por un cúmulo de malas decisiones que incluyen el alcohol, actitud agresiva y desvinculación emocional, tanto de su pareja como de un hijo adolescente, Robby (Tanner Buchanan), por lo que vive casi como indigente y al día. Por el otro vemos a LaRusso como un exitoso comerciante de autos, dueño de sus concesionarias las cuales publicita apoyado de su fama como otrora artemarcialista y viviendo feliz en su lujosa morada junto a su bella esposa Amanda (Courtney Henggeler), comprensiva y cariñosa, y sus dos hijos, la mayor llamada Samantha (Mary Mouser), apegada a su familia, inteligente y con talento para el karate y el menor, un chiquillo malcriado, obeso y nada interesado en las actividades de su padre. Los caminos de ambos se cruzarán cuando Johnny decide reabrir el dojo de “Cobra Kai” motivado por un joven hispano llamado Miguel (Xolo Maridueña) quien busca aprender la autodefensa para librarse de unos bullies en su escuela. Daniel no se quedará de brazos cruzados y tratará por varios medios de frenar a su antiguo némesis.
Aun si su premisa es lineal, la historia encuentra varios ángulos con cuales enriquecerse, como la nutrida gama de personajes secundarios que, gracias a su buen trazo, expanden el potencial narrativo mediante la dinámica ágil y entretenida que construyen mientras interactúan, estableciendo situaciones atractivas que involucran romance, lealtad y conflicto, acentuándose conforme el reparto comienza a involucrarse con mayor estrechez. Esto funciona cuando los aspectos clave de la historia se activan, como el romance entre Samantha y Miguel, el cual alcanza tintes shakespeareanos por tratarse de una relación que incomoda a su padre, o las relaciones fracturadas de Daniel y Johnny con sus respectivos hijos, lo que a su vez los cataliza a recuperar tanto su paternidad perdida como sus truncas figuras familiares (ambos tuvieron mentores que suplieron a sus padres reales) mediante el karate, pues mientras el primero acepta a Robby como pupilo instruyéndolo en la vía meditativa y zen de las artes marciales, el segundo ve en Miguel una oportunidad de redención, a la vez que instruye con su peculiar método a un grupo de inadaptados para que adquieran una personalidad ruda, transfigurando a Johnny en una versión retorcida de Miyagi, erogando en momentos tanto cómicos como intensos. Y ésta es precisamente otra de las bondades de la serie: su delicado balance entre el humor y el drama, consolidando ambos con inteligencia y tino contraponiendo la seriedad, madurez y sentido del honor que posee LaRusso con el desparpajado, soez y políticamente incorrecto proceder del bravucón Johnny, logrando una dosificación exacta entre estos componentes sin que se abuse del recurso o se torne insufrible y meloso.
Entre constantes guiños tanto a la saga original como a la cultura de los 80’s en general, “Cobra Kai” logra conectar una patada al rostro de las expectativas y los convencionalismos y entrega una decena de capítulos bien contados, estupendamente actuados e inteligentemente dirigidos para honrar tanto la memoria de una cinta que es indudablemente un clásico moderno (en una vena de entretenimiento puro, claro) como a quienes crecimos tratando de cazar moscas con palillos chinos ¡Banzai!
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