La fiesta de las tinieblas

El cineasta francoargentino Gaspar Noé pertenece a esa rara cepa de realizadores que contempla al público y sus necesidades como lo último en su lista de prioridades creativas, pues cada cinta que ha creado postula un desdén por la impostación de modelos ya probados e inoculados en la conciencia popular por el Hollywood hipodérmico, creando imágenes y trazando historias que ya son culto obligado o referente necesario para entender que el cine no se circunscribe tan solo a los designios del marketing. Y en eso ha edificado todo un idiolecto el señor Noé, provocador por antonomasia, quien lejos pero inspirado en la imaginería subversiva de Buñuel o las visceralidades exquisitas de Argento, atenta contra todo lineamiento conformista y burgués para conjurar cintas que parten de una postura humanista pero en el camino se la lleva por las rutas más severas y oscuras de la narrativa fílmica. Y eso siempre será motivo de regocijo.
Su más reciente película, “Clímax”, tuvo un paso relampagueante por la cartelera aguasalentense, así que también es fortuna que Netflix la tenga ya en su catálogo para contrarrestar la pestilente presencia de incontables comedias románticas o mamotretos protagonizados por Adam Sandler con los que el gigante del streaming tiene a bien saturar su menú de opciones. Y vaya que esta producción del año pasado es el antídoto, pues no sólo posee las características plásticas y temáticas del controvertido director, también es su obra de mayor autocontención a la vez que se aprecia como un ejercicio maduro en cuanto a sus observaciones sobre las relaciones humanas y éstas como detonante para la fatalidad.
Al igual que “Erase Una Vez…En Hollywood” de Tarantino, no existe una historia per se, sino el seguimiento a varios personajes -en este caso un grupo de danza que celebra su próxima gira artística- en un salón cerrado durante una noche de invierno del año 1996. La estructura que aplica aquí Noé es la de Dante y su Divina Comedia pero a la inversa, pues iniciamos con el Paraíso cuando todos los chicos demuestran tanto su prodigioso talento para el baile mediante extensas y fascinantes secuencias dancísticas en cenital como los niveles de amistad que entre ellos surgen, para de ahí pasar al Purgatorio revelado mediante diversas secuencias de charlas entre ellos que sirven para exponer sus motivaciones, psique y tonos emocionales que los texturicen como personajes. De pronto, alguien tiene la puntada de aderezar la sangría que beben con LSD y de este modo nos adentramos en el Infierno, pues la mayoría del grupo sucumbe a la demencia que se verá exacerbada con base en las fobias, debilidades o sociopatías de cada uno, generando un declive hacia la animalidad más abyecta. Cada punto de vista es valioso en esta cinta, pero sobresale el de Selva (Sofía Boutella – “Kingsman, El Servicio Secreto”), quien desde el inicio se nos presenta como la guía en esta fauna artística sólo para culminar en un arrebato similar al que padece Isabelle Adjani en la escena del metro de esa maravilla que es “Posesión” (Zulawski, 1981). La película logra despojarse de cualquier desvarío visceral para adentrarnos en un muestrario de locura y desenfreno donde ocurre de todo, incluyendo la muerte fuera de cámara de un niño, para lograr una orgía carnal y simbólica que discursa sobre la mente humana y su fragilidad ante los límites de la sensorialidad. Y eso es lo que torna rico y trascendente a este proyecto, pues estamos ante un trabajo que en manos de otro no sería más que un “Señor de las Moscas” al modo de Pasolini, pero que la visión policromática de Noé la hacen un trabajo sin apologías o concesiones, simplemente la visualización honesta y clara de lo que él entiende por cine. Y funciona. Tal vez el espectador promedio requiera de un período de ajuste ante el avasallamiento de tomas o encuadres sicalípticos y apocalípticos o los constantes juegos narrativos que aplica en su dinámico montaje, pero funciona. “Clímax” es justamente eso después del constante coitus interruptus al que nos sometió toda la producción hollywoodense este verano en cartelera, y sólo por eso hay que verla.

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