Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Son muchas variantes las que nos ha presentado el cine los últimos 35 años respecto a las parejas disparejas de oficio policial, que deben resolver sus diferencias por un bien mayor, entre jocosas y divertidas interacciones, persecuciones varias y los obligados intercambios de puñetazos, consolidando su hermandad para el clímax del filme y estableciendo un lazo heterosexual socialmente aceptable. Estos filmes, denominados buddy cop films, siempre han gozado del favor de la audiencia, desde que Nick Nolte hiciera dupla con Eddie Murphy (cuando un emparejamiento interracial aún era tabú) en “48 Horas” (Walter Hill, E. U. 1982) inspirando a varios creativos a sumárseles con películas ya enclavadas en la cultura popular como la serie “Arma Mortal” (1987-1998) o dúos improbables como un detective y una caricatura (“¿Quién Engañó a Roger Rabbit?”) o un curtido agente de la ley y un alienígena (“Misión Alien”), saturando el mercado con tramas que establecieron fórmulas muy definidas hasta que el público se agotó de ellas, dejándonos con refritos desgastados como las rutinarias “Una Pareja Explosiva” (1998-2007) o “Dos Policías Rebeldes” (1995 / 2003). Han sido tantas las variantes y mezclas que parece increíble que nunca se realizara una cinta sobre un policía y un personaje mitológico (aunque aquella rareza dirigida por el finado Stan Winston titulada “Gnomo Cop” se acerca bastante), y esa carencia es la que procura subsanar “Bright”, el más reciente trabajo del director David Ayer (“Corazones de Hierro”, “Escuadrón Suicida”), repitiendo mancuerna con Will Smith para contarnos una historia ubicada en cierta ucronía donde los seres de fantasía tales como hadas, dragones y elfos conviven con los humanos en un contexto urbano cotidiano. La verdad sea dicha, esta premisa despierta interés y resulta descorazonador ver cómo todo el potencial de una trama donde criaturas de leyenda y mortales conviven se reduce a otro ejercicio escapista donde la prioridad no es el explorar este rico mundo, sino cuantas balas pueden disparar decenas de uzis en una escena.
Nos encontramos en la ciudad de Los Ángeles en la época actual, y un policía llamado Daryl Ward (Will Smith) recién se reincorpora a sus deberes después de una prolongada rehabilitación médica debido a un orco que lo atacó con arma de fuego. Su compañero, también un orco llamado Nick Jakoby (Joel Edgerton bajo densas capas de maquillaje), siente constante presión tanto por no haberlo apoyado ese fatídico día como por ser el primero de su raza en incorporarse a la fuerza policial, lo que le acarrea constantes abusos verbales y ostracismo, incluso de Ward, quien repetidamente le expresa su desagrado y le reprocha el no cuidarle las espaldas. Su dinámica se complicará aún más cuando se topan con una elfa llamada Tikka (Lucy Fry), quien tiene en su poder una fabulada varita mágica, la cual posee incalculable poder (o como señala Nick: “Una bomba atómica que concede deseos”). El artilugio es deseado por todos, incluyendo la versión mágica del FBI, la misma policía -la cual planea asesinarlos para adueñarse de la vara- y demás entidades místicas, incluyendo la hermana de Tikka, Leilah (Noomi Rapace), elfa despiadada que no duda en asesinar a sangre fría para recuperar el maravilloso instrumento, pues lo requiere para invocar a un durmiente dios oscuro que borrará toda existencia y sólo aquellos que puedan detentar la varita (denominados “Bright”) lograrán detenerlo. Adivinen quién será uno de ellos.
Si algo se le concede a Ayer es que sabe cómo dirigir secuencias de persecución, y “Bright” tiene bastantes. Afortunadamente éstas son muy ágiles y su coreografía es medida, así como las escenas de pelea (en particular aquellas donde Noomi Rapace hace de las suyas) que no dudan en tomar prestadas la plástica y ritmo de “John Wick” o “Atómica” para imprimir un dinamismo y vigor a la predecible historia. Will Smith hace lo suyo, repitiendo el mismo personaje que le hemos visto hasta el sacio, por lo que es Edgerton quien nos mantiene despiertos gracias a una empática y sobria interpretación como un orco acomplejado pero noble, capaz de equilibrar la balanza moral en una ciudad atiborrada de pandilleros, drogadictos y desnudistas. El trabajo de Roman Vasyanov, fotógrafo de cabecera de Ayer, sienta adecuadamente las bases estéticas para un universo lleno de atmósfera noir que deja entrever un arco iris cromático oscuro y frío cuando los seres mágicos toman el control, por lo que visualmente es interesante. Pero las bondades de la cinta llegan hasta ese punto, pues la trama jamás logra profundizar en los aspectos dramáticos o míticos que aquí sólo llegan de modo alusivo o a modo de constantes “profecías” que supuestamente deben rellenar los huecos narrativos, y no basta. Lo más desconcertante (y, para el final de la cinta, irritante) es que la alegoría sobre la intolerancia étnica ni siquiera cuaja porque las minorías genuinas (latinos, afroamericanos) aquí adquieren trascendencia e incluso presentándose como antagonistas, negando semánticamente lo que en un inicio el filme pretende semidenunciar y anulando cualquier posibilidad dramática genuina.
“Bright” tenía todos los elementos para evolucionar en esa franquicia que evidentemente pide a gritos ser, pero si una cinta que tiene entre sus intrigantes imágenes a un policía centauro no logra atrapar completamente la atención del espectador por un guión flojo y un protagonista que ya es más caricatura que ser humano, entonces no es tan “brillante” como presume.
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