Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Bird Box: A Ciegas”, filme de reciente estreno en Netflix con un rotundo éxito, posee elementos muy similares a “Un lugar en Silencio” (Krasinski, E.U., 2018), pues ambas cuentan la historia de una familia forjada en un contexto desolador producto de una invasión ajena a nuestro entender, donde un aspecto primordial debe sacrificarse para sobrevivir. En el caso de “Un lugar…”, la voz o facultad de emitir sonidos y en “Bird Box…”, la vista, pues ésta es el conducto mediante el cual criaturas jamás especificadas en naturaleza o contexto producen terribles alucinaciones en los personajes, orillándolos a cometer horrendos actos homicidas o suicidas. Y es desde aquí cuando esta película protagonizada por Sandra Bullock y dirigida por la danesa Susanne Bier (“Después de la Boda”, “En un Mundo mejor”) se derrumba, ya que la insubstancial amenaza sólo es un pretexto para la confección de escenas emocionalmente angustiantes que, sin algún fundamento o base racional, sólo desean producir estrés en el espectador al colocar en peligro constante a sus protagonistas, los que incluyen mujeres embarazadas, personas de la tercera edad y minorías étnicas sin tejer una psicología estable entre ellos, motivaciones válidas o siquiera rasgos que los trasciendan más allá de sus débiles caracteres.

La historia se narra en base a analepsis y prolepsis, es decir, el pasado y el presente. Primero identificamos a Bullock como una artista plástica embarazada que duda sobre sus facultades maternas, tan sólo para verse inmersa en un mundo enloquecido por las razones descritas y terminando enclaustrada en una casa con otros sobrevivientes muy disímbolos tales como una joven policía, un cajero de supermercado que casualmente escribe un libro sobre el apocalipsis, un joven adicto atolondrado y el irascible e intolerante vecino del dueño de la residencia interpretado por John Malkovich, entre otros. En un lapso de cinco años veremos cómo se desarrolla su historia juntos, a la vez que atestiguamos el escape de Bullock por un turbulento río en compañía de dos pequeños niños. Ambas temporalidades pretenden contar redondamente una historia donde, en realidad, se cuenta nada, pues todo se desarrolla episódicamente sin que los personajes se vean tratados con relevancia. Exceptuando a la protagonista, por supuesto, y aun así, su manejo es muy pobre, pues encarar el fin del mundo por entidades abstractas cuyo fin es vago o su presencia jamás se explica sólo para que pueda sensibilizarse como madre, y nada más.

Esta es una de esas películas que requieren tanto un set de reglas para no considerar las faltas narrativas como pereza de los guionistas (¿por qué las criaturas invisibles no pueden afectar a los humanos dentro de edificios o casas? ¿Cuál es el propósito de enloquecerlos? ¿Por qué hay quienes sí logran verlas y fascinarse con ellas/ellos? Y un largo etcétera.) como personajes mejor diseñados, pues al final no importa quiénes vivan o mueran al presentársenos como meros arquetipos sin peso o valor. Al final, todo se percibe como una fábula moralina pero brutal sobre la necesidad de las mujeres por ajustarse a sus roles como progenitoras y ya por eso, sin contar la acostumbrada actuación debilucha de Bullock, los personajes de segunda, la brutalidad mal entendida como cauce dramático y los abismos negros en la trama, el espectador debería tomar la única lección sabia de esta cinta: ponerse una venda en los ojos y mejor no verla.

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