Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Ciencia ficción para iniciados.

La naturaleza especulativa de la ciencia ficción le ha servido de acceso al cine por muchos años para la elucubración de todo tipo de reflexiones sobre la condición / naturaleza humana, su rumbo en términos comunitarios y diseminar en términos generalmente no muy halagüeños la idea, a veces a modo de sermón, otras de forma exhortativa y casi siempre con tintes fatalistas, de que nuestra especie está condenada a algún tipo de extinción, ya sea intelectual , emocional, social o biológica, condensando toda su narrativa en una suerte de admonición sobre los riesgos del libre albedrío, pues si no frenamos nuestro modus vivendi, terminaremos como el pájaro Dodo (v.g. cualquier cinta futurista-distócica [“Cuando el Destino Nos Alcance”, “Blade Runner”, “Akira”, etc.] o sobre avances científicos o tecnológicos de cualquier índole [múltiples variantes homólogas al Dr. Frankenstein o relatos cyberpunk]). Como parte integral de esta desalentadora exploración sobre los nocivos efectos de nuestra presencia en el planeta, se encuentra también la inserción de algún elemento externo que clarifique dicho punto al evidenciar el daño que los humanos provocamos en nuestro entorno ecosistémico, social y cultural. En “2001: Odisea del Espacio”, Stanley Kubrick muestra al hombre como un enano intelectual en contraste con la supercomputadora HAL 9000, la cual cuestiona mediante una programación nihilista y pragmática la relevancia de seres de carne y hueso en el gran orden de las cosas, por lo que eliminar a la tripulación de la nave espacial donde se encuentran confinados no resulta mayor problema, todo para que en la mítica escena final el protagonista humano deba reencontrarse con el fin (y génesis) del entendimiento universal sintetizado en un despliegue psicodélico de imaginería cósmica. Bien, pues de una premisa similar parte la tesis de “Aniquilación”, la más reciente cinta del nuevo wünderkind de la ciencia ficción Alex Garland, quien impresionara a más de uno con su anterior cinta “Ex – Machina” (en lo personal, dicha cinta me parece inflada y predecible por su manejo algo pobre y sobrado en pedantería sobre la inteligencia artificial con el virginal rostro de Alicia Vikander y un personaje masculino algo atarantado que se enamora de ella / eso) y que gracias a su éxito logró financiar esta adaptación a la exitosa novela de James VanDermeer a cargo del mismo director. El problema es que Garland no es Kubrick y toda cavilación con aspiraciones de profundidad filosófica e incluso metafísica sobre la identidad, el destino y la esencia del humano como tal no pasa de las buenas intenciones, confeccionando un relato innecesariamente pesado que se siente como plomo en escenas clave por su empecinamiento en morder más de lo que puede masticar.
Natalie Portman es la indiscutible protagonista interpretando a Lena, una bióloga que plantea los elementos clave en el argumento manifestando que la humanidad solo existe para autodestruirse o aniquilar lo que toca, conoce o desea. La primera escena del filme muestra a una célula en plena mitosis con su voz en off explicando los procesos naturales que llevan a la vida y a la muerte. Esta misma dualidad existencial permea su cotidiano pues su esposo (Óscar Isaac), un militar, lleva desaparecido casi un año sin que ella sepa dónde siquiera fue su evanescencia. Su vida progresa con la tristeza que conlleva la soledad a cuestas hasta que él aparece en su casa, sin recuerdo del lugar donde se encontraba y con su salud deteriorada. Dispuesta a resolver el misterio, Lena descubre que su marido y un contingente de soldados fueron a una zona en el noroeste norteamericano aquejado por una particularidad física / dimensional denominada “la brillantez”, una especie de frontera transparente y multicolor gestada en un faro cerca de la costa. La peculiaridad de este fenómeno es que en su interior las leyes de la física y la biología se tuercen, por lo que es prioritario su inspección. La idea es que Lena se sume al equipo expedicionario, el cual estará integrado exclusivamente por mujeres bajo la premisa de que los medios tecnológicos y humanos -exclusivamente masculinos- jamás regresan, exceptuando al marido de la protagonista.
Empleando el recurso del tiempo psicológico a través de flashbakcs, Lena realiza un recuento a las autoridades de contención biológica correspondientes sobre lo sucedido en la “brillantez” y las pavorosas experiencias que sus compañeras de equipo, guiadas por la doctora Ventress (Jennifer Jason Leigh), tuvieron ahí, las cuales incluyen encuentros con fauna monstruosa y agresiva capaces de replicar la voz humana, flora única en el planeta y la fragmentación de sus propias personalidades, pues según las hipótesis de Lena, la zona es en realidad una refracción prismática a nivel dimensional que desgaja las propiedades moleculares, emocionales y existenciales de aquello que lo habite, o en este caso, de sus visitantes, por lo que las mujeres comienzan a padecer trastornos psicológicos y perceptuales al punto que el espectador deberá cuestionarse si lo que ve es realidad o una deformación de la realidad filtrada por los ojos de estos personajes. La respuesta será una muy similar al del relato de Arthur C. Clarke cuando Lena encuentre el faro y descubra más de ella misma de lo que jamás soñó sin necesidad de que todo esté lleno de estrellas.
Alex Garland es un director bien intencionado que procura manejar la rica trama con mesura y escenas bien armadas tanto en plástica como en ritmo, pero las posibilidades narrativas en relación a los planteamientos metafísicos que genera la historia simplemente no aterrizan en los lugares deseados ante la falta de pericia de este director en estas lides, pues la falta de tablas discursivas y su claro empeño por producir efectos muy precisos en el espectador diluyen cualquier intento de reflexión honesta, por lo que “Aniquilación” confundirá a muchos, frustrará a otros o, como en el caso de su servidor, simplemente decepcionará ante la afluencias de recursos visuales pero relativa ligereza en el argumento. Esperemos la siguiente de Garland sea aquella que logre cimentar sus evidentes talentos, aún en desarrollo.

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