68. Estadio Victoria

J. Jesús López García

Prepararse en tiempos de paz para la guerra, era uno de los motivos para propiciar eventos que en honor a los dioses del Olimpo, los griegos empleaban de alguna manera como disuasión o como mecanismo para medir la capacidad de sus ciudadanos en caso de un conflicto con los pueblos de la Hélade; no por nada el buen desempeño en lanzamiento de jabalina o disco, la lucha olímpica –ahora llamada grecorromana–, en salto y en la carrera –stadion–, recuerdan las habilidades deseables de un guerrero.

Aquellas antiguas justas inscritas entre los juegos panhelénicos: Juegos Olímpicos –particularmente deportes–, Juegos Píticos –competencias poéticas–, Juegos Nemeos –enfrentamiento de jinetes en honor a Hera–, y los Juegos Hereos –llevados a cabo por las mujeres– tenían una dignidad que la mercadotecnia se ha esmerado en reducir, dando a cambio espectacularidad. Se celebraban sin gran fasto pero sí con una enorme carga de sentido, ya que la mente y el cuerpo, como unidad indivisible, revestían toda una visión cosmológica.

Considerando los juegos, los pueblos helénicos se reconocían y convenían como agrupación. Las piezas líricas de Píndaro han servido para marcar en el tiempo esa actividad atlética; para señalarla en el espacio estaba la arquitectura.

En los mundos griego y romano de la antigüedad, se reconocen múltiples edificaciones dedicadas al ejercicio físico. El stadion era, por ejemplo, un largo terraplén delimitado por taludes para permitir una buena vista de los espectadores, con esa palabra arquitectónica se designó a la carrera más prestigiosa de los juegos olímpicos, más el repertorio constructivo no paró ahí, los gimnasios eran centros donde se instruían los deportes, así como las artes y las ciencias –Mens sana in corpore sano– y a ello se fueron uniendo estructuras que además de permitir el buen desarrollo de las actividades atléticas y las competencias derivadas de ellas, posibilitaban la apreciación expectante del público general.

La arquitectura deportiva antigua tiene manifestaciones en prácticamente toda cultura humana; en nuestro país, los espacios del elaborado juego de pelota mesoamericano muestran en su trazo y sistema, la misma sofisticación y complejidad abstracta que la actividad deportiva que en ellos transcurría.

Con la invención de más modalidades atléticas, los espacios que les siguieron han propiciado diversas maneras de desarrollar tales deportes, y del modo en que son demostrados a contingentes de espectadores cada vez mayores, sean éstos asistentes físicos o virtuales.

Los edificios, hoy en día, dedicados al juego son cada vez más impresionantes, mostrando estructuras sorprendentes y una muy esmerada manera de organizar actividades periféricas como cafeterías, comercios, salas de prensa, vestidores, baños y estacionamientos, entre otros.

Sin embargo, a la par de esa carga funcional y mecánica totalmente contemporánea, los edificios dedicados al deporte siguen fungiendo como centros de convivencia social que va desde la generada por un gimnasio o un club deportivo local, hasta la enorme concentración que un estadio moderno puede propiciar, incluso algunos de estos espacios pueden llegar a ser foco de atención planetaria vía la celebración de los epígonos actuales de los viejos juegos panhelénicos.

El impacto de esta clase de conjuntos de escala aplastante se manifiesta en su entorno inmediato dinamizando la vida del sitio y en la comunidad a la que responde; es útil lo mismo como una válvula de presión social y como uno de sus atributos de identificación comunitaria, por lo que el diseño y edificación de un coliseo es un proyecto arquitectónico con una gran carga representativa.

Como antes lo hacían los centros ceremoniales o de peregrinación, los estadios son actualmente espacios laicos de comunión social, en tanto la preocupación actual por una salud y apariencia físicas, propicia posibilidades de crear gimnasios con cada vez más atributos funcionales aparejados con el confort y comodidades de toda clase, para hacer del esfuerzo natural de la actividad, un evento agradable.

El cultivo de la buena forma física es importante, no cabe duda; la identificación de una comunidad con un seleccionado deportivo también lo es, pero se daría más brillo a todo ello si como en la antigüedad, la población viese la creación de espacios para la buena forma intelectual, como parte igualmente importante, del sistema arquitectónico de nuestra ciudad acalitana. Un cuerpo sano en que se desarrolla una mente sana, traducido ello a nivel urbano, implica una vigorosa propuesta deportiva conviviendo con una reposada arquitectura creada para ejercitar el pensamiento, tal como se pensó en Grecia hace más de dos mil años, al ser concebidos los primeros gimnasios.