José María León Lara

Libres al fin! ¡Libres al fin! ¡Gracias a Dios Todopoderoso! ¡Somos libres al fin! De esa manera concluía en 1963, Martín Luther King su famoso discurso desde la escalinata del Memorial a Abraham Lincoln, “Tengo un sueño”; justamente cien años después de que el décimo sexto presidente de los Estados Unidos, hiciera la Proclamación de Emancipación, tomando la valiente decisión de acabar con la esclavitud negra en los Estados Confederados.

Tuvo que pasar un siglo de –libertad-, para que el activismo afroamericano pudiera levantar la voz, a través de líderes como Rosa Parks, Malcolm X y Luther King, denunciando la segregación, la discriminación, y la injusticia. Acabar con la esclavitud no terminó con el racismo, pues la emancipación no significó igualdad, ni reconocimiento automático de derechos civiles, así como tampoco significo que fuesen verdaderamente libres.

Ciudadanos de segunda clase, forzados a vivir alejados por el simple hecho del color de su piel; desde sanitarios exclusivos para ellos, como zonas especiales en los bares y restaurantes, como estar obligados a usar los asientos traseros de los autobuses, pues los delanteros estaban reservados para los blancos. Son solo algunos de los muchos ejemplos vergonzosos y humillantes, por los que tenían que pasar a diario los estadounidenses de raza negra.

Al cumplirse cincuenta años de la muerte del Dr. King, el mundo recuerda a aquel pastor protestante que decidió alzar la voz, para unificar tanto a negros y blancos, como a judíos y cristianos, como a católicos y protestantes en una sola nación. Su memoria, permanece presente, quizás, más viva que nunca, ya que la lucha que representa lamentablemente aún no concluye, y sus fines aún no han sido del todo alcanzados.

Y es precisamente esa permanente lucha, lo que ha permitido grandes avances en materia racial en aquel país; por ejemplo: Lo que parecía hace algunos pocos años como imposible, en el dos mil ocho, un afroamericano fue electo presidente de aquella nación. Sin embargo, el camino por recorrer es inmenso, pues, aunque las leyes digan una cosa, el racismo permanece arraigado en lo más profundo de las entrañas históricas y culturales de los Estados Unidos.

Basta con recordar lo frecuente que es, leer, ver o escuchar en las noticias, que un oficial de policía blanco, mata a un joven afroamericano, haciendo uso de la fuerza letal, por suponer que el chico estaba armado. De acuerdo a cifras de “The Washington Post”, en 2017, 987 personas fueron asesinadas por la policía, de las cuales 223 eran afroamericanos, es decir un 23% de las víctimas mortales.

Mucha de esta violencia, es producto de los estereotipos raciales que se han construido alrededor de la comunidad negra: violencia familiar, drogadicción, bajas expectativas en empleo y salario, padres que abandonan a sus hijos, obesidad, pobreza, entre otros. Y aunque supuestamente, los estereotipos tengan carácter de inmutables, no son otra cosa que una etiqueta social, que la colectividad construye para identificar las diferencias entre un pueblo y otro. Se trata de juicios, que llegan a poner en peligro hasta la misma vida.

A un siglo de la partida de Martin Luther King Jr, su memoria debe permanecer vigente como lo que es, un símbolo de libertad, y no como un emblema oficialista para justificar los raquíticos avances en materia social del gobierno estadounidense; pues nuestros hermanos latinos están viviendo hoy en día el yugo del desprecio, la humillación y el racismo.

“Sueño que mis cuatro pequeños hijos, vivirán algún día en una nación, donde no habrán de ser juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad”. (Martin Luther King).