Luis Muñoz Fernández

No era mucho lo que cabía en cada valija, pero en cada una cabía un mundo. Chueca, destartalada, atada con cordones o mal cerrada por herrajes quejumbrosos, cada valija era como todas, pero igual a ninguna

Los hombres y las mujeres llegados desde lejos se dejaban llevar, como sus valijas, de fila en fila, y se amontonaban, como ellas, esperando. Venían de aldeas invisibles en el mapa… (*)

No son libres, en cambio, los caminos del éxodo humano. En inmensas caravanas, marchan los fugitivos de la vida imposible. Viajan desde el sur hacia el norte y desde el sol naciente hacia el poniente. Les han robado su lugar en el mundo. Han sido despojados de sus trabajos y sus tierras. Muchos huyen de las guerras, pero muchos más huyen de los salarios exterminados y de los sueños arrasados. Los náufragos de la globalización peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas… Algunos consiguen colarse. Otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre que yacen bajo tierra en el otro mundo adonde querían llegar. (**)

 Eduardo Galeano. Los emigrantes, hace un siglo (*) y Los emigrantes, ahora (**). Bocas del tiempo, 2005.

Radical (“partidario de reformas extremas; extremoso, tajante, intransigente”) es una palabra que suele infundir temor en los espíritus conservadores. Sin embargo, en su sentido elemental significa “perteneciente o relativo a la raíz; fundamental, esencial; total o completo”. El adjetivo ha sido adjudicado más de una vez, con mayor o menor fortuna, al ganador de las recientes elecciones presidenciales.

Él mismo ha utilizado la palabra en relación con algunas de las transformaciones que pretende implementar. Por ejemplo, propone un cambio radical en la forma de enfrentar el problema migratorio de México y Centroamérica. Se refiere a cambiar el enfoque para empezar a resolver esta acuciante cuestión: pasar de la criminalización y el maltrato a los migrantes (o de la construcción de muros) a mejorar las condiciones socioeconómicas de sus lugares de origen para que no tengan que abandonarlos en busca de un mejor futuro. Un buen ejemplo de solución radical, que va a la raíz del problema.

No hay que ser un experto en el tema para comprender que la mayoría de los que emigran lo hacen a la fuerza, porque no les queda más remedio para salvar su vida y la de su familia y para encontrar más y mejores oportunidades que las que le ofrece su propio país. Son las paupérrimas condiciones de vida las que empujan a los migrantes.

Aunque nosotros emigramos a Aguascalientes hace 42 años, nuestras condiciones fueron distintas. En nuestro caso se trató de una oferta laboral que le hicieron a mi padre y que abría nuevos horizontes de bienestar para la familia. Nosotros emigramos por gusto, pues nuestros padres conocían México y sabían que aquí podríamos vivir mejor que en España. No se equivocaron. Aquí seguimos y casi seguro que, como es el caso de nuestros padres y nuestro abuelo materno, nosotros también abonaremos en su momento esta generosa tierra.

El abuelo materno, del que obtuve mi nombre que también lleva mi hijo, era gallego. Siempre había vivido con nosotros hasta que nos mudamos a Aguascalientes. Dejó pasar dos años y, tras algunas idas y venidas, decidió acompañarnos y aquí se quedó. No fue su primera experiencia americana. Nacido en Sandiás, una pequeña aldea de la provincia de Ourense, en la Galicia profunda, emigró a Cuba a los trece años. Allí permaneció unos quince años, donde se casó y nacieron dos de sus tres hijos, incluida mi madre.

Documentándome para un trabajo sobre el movimiento en contra de la vacunación, me acordé de mi abuelo. Yo sólo estuve una vez en su aldea natal hace más o menos 47 años. No he olvidado el chirriar de las carretas con ruedas macizas de madera tiradas por bueyes. Tampoco he olvidado el ambiente un tanto oscuro y opresivo de la casa en donde pasó su infancia, que contrastaba con la jovialidad y simpatía de su robusto hermano Antonio. Y ahora, al leer las primeras páginas de A flor de piel (Seix Barral, 2015), la novela de Javier Moro sobre la hermosa gesta de la llegada a México de la vacuna contra la viruela a principios del siglo XIX, entendí porqué mi abuelo emigró a Cuba. Fueron las difíciles condiciones de vida en la Galicia de aquellos años las que lo obligaron a abandonar su hogar. Condiciones que, a mi juicio, Javier Moro retrata a la perfección:

Isabel paseó la mirada por su casa, que ni siquiera disponía de chimenea. El techo, las paredes y las vigas estaban negras de hollín. Sobre la cocina de leña se apilaban un par de cazos, un montón de platos, cucharones de madera y un cesto con ciruelas; dos cántaros, una silla y multitud de aperos y herramientas estaban desperdigados por el suelo, donde una cría de cerdo y varios polluelos deambulaban a su antojo. Isabel reparó en la rueca apoyada contra la cocina, esa rueca para hilar lino que no faltaba en las casas de Galicia […]. Debía ocuparse de los sobrinos, la casa, los animales y el campo. Según las estaciones, también debía segar con la guadaña y trillar el trigo, recoger ajos y cebollas, empuñar el arado, sembrar berzas, habas, repollos y coles, podar los carvallos y cortar leña, cosechar el mijo, quitar las malas hierbas, ir con una hoz a recoger tojo al monte para hacer el lecho de las vacas del amo, preparar la tierra para la siembra del lino, hacer estopa, hilar…, una lista tan interminable como variada. […..] Aquella vida precaria era muy sensible a cualquier desequilibrio, por pequeño que fuese. Que lloviese más de la cuenta o que hubiera una sequía bastaba para que volvieran las penurias, el espectro del hambre y las epidemias.

 

Ramón Andrés nos dice que a esa labor de pesadumbre, a esa vida de esclavitud atada a numerosas tareas que se hacen una y otra vez como una condena, se refería Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la Lengua castellana o española (1611): “que se repite hoy y mañana y siempre como hace la bestia del atahona [el molino del trigo], que siempre anda unos mismos pasos y los vuelve a repetir infinitas veces”.  

Condiciones de vida tan duras se reproducen en todos los países de los que salen los emigrantes. Y son ellas en las que hay que trabajar. A la par que exigimos respeto a nuestros compatriotas en los Estados Unidos, es nuestro deber contribuir a que dichas condiciones desaparezcan hasta que ya no sea necesario que nos preocupemos por el trato que reciben los mexicanos en el extranjero.

Soluciones radicales cuya consecución no se logrará en seis años, pero cuyo inicio no debemos postergar más. Abolir la necesidad de la migración forzosa nos dignificará frente a frente al mundo y, sobre todo, frente a nosotros mismos. Y, por favor, castiguemos con dureza a quienes atracan a nuestros propios paisanos cuando vienen de visita en navidad. Ir a la raíz y hablar claro.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com

¡Participa con tu opinión!